Tu barrio también merece una cámara

Hay una tram­pa en la que cae­mos casi todos los que lle­va­mos una cámara enci­ma: la de guardar­la para la ocasión espe­cial. Para el via­je a Japón, para la boda del pri­mo, para ese atarde­cer espec­tac­u­lar que quizás llegue el próx­i­mo otoño. Mien­tras tan­to, la vida ocurre. El café de las ocho de la mañana humea sobre la mesa, la veci­na cruza el por­tal con su per­ro ren­queante, la luz de noviem­bre entra oblicua por la ven­tana del come­dor. Todo eso desa­parece sin que nadie lo reg­istre.

La trampa de la gran foto

Existe una idea muy arraiga­da —y bas­tante dañi­na— de que fotografi­ar vale la pena solo cuan­do hay algo extra­or­di­nario que cap­turar. Que la cámara merece salir de la bol­sa úni­ca­mente ante paisajes de postal o even­tos mar­ca­dos en rojo en el cal­en­dario. Esta lóg­i­ca tiene un prob­le­ma fun­da­men­tal: con­vierte la fotografía en algo reac­ti­vo, en un refle­jo condi­ciona­do que se acti­va solo ante el estí­mu­lo obvio. Y lo obvio, casi siem­pre, pro­duce fotos pre­vis­i­bles.

La fotografía cotid­i­ana fun­ciona exac­ta­mente al revés. No espera que algo impre­sio­n­ante suce­da; con­struye la capaci­dad de encon­trar lo impre­sio­n­ante donde nadie más mira. Es un entre­namien­to de la aten­ción, una dis­ci­plina de la mira­da que, como cualquier mús­cu­lo, se atrofia si no se usa a diario. Lo saben bien los fotó­grafos que lle­van décadas tra­ba­jan­do en la calle: la téc­ni­ca se aprende rápi­do, pero apren­der a ver lle­va toda una vida.

La mirada que se educa en lo pequeño

Hen­ri Carti­er-Bres­son entendió antes que nadie que cada acción cotid­i­ana con­tiene su pro­pio instante deci­si­vo. No hace fal­ta que algo extra­or­di­nario suce­da para que exista ese pun­to exac­to en que la geometría, la luz y el gesto con­ver­gen en una ima­gen ver­dadera. La per­sona que ajus­ta su zap­a­to ante un escaparate, el niño que mira hacia arri­ba en el mer­ca­do, el hom­bre que lee el per­iódi­co mien­tras el mun­do gira a su alrede­dor. Todo eso es mate­ria pri­ma de primer orden.

Lo intere­sante de tra­ba­jar en lo cotid­i­ano es que obliga a depu­rar el ojo. Cuan­do no tienes un vol­cán en erup­ción ni una man­i­festación mul­ti­tu­di­nar­ia delante, tienes que agudizar los sen­ti­dos para encon­trar la ima­gen. Eso gen­era un tipo de fotó­grafo difer­ente: uno que no depende del espec­tácu­lo exte­ri­or, sino que lle­va el espec­tácu­lo den­tro. Salir a pasear con la cámara por un bar­rio que cono­ces de memo­ria puede ser más exi­gente —y más rev­e­lador— que un via­je a un des­ti­no exóti­co donde todo resul­ta novedad visu­al.

Elliott Erwitt lo expresa­ba con su habit­u­al pre­cisión iróni­ca: fotografi­ar no es más que reac­cionar a lo que ves, sin ideas pre­con­ce­bidas. Solo hay que pre­ocu­parse por lo que rodea a uno y ten­er en con­sid­eración la humanidad. Su archi­vo per­son­al —décadas de imá­genes cotid­i­anas llenas de humor y ter­nu­ra— demues­tra que lo ver­dadera­mente extra­or­di­nario no nece­si­ta pas­aporte.

Los grandes maestros de lo anónimo

Hay un caso que ilus­tra esta idea mejor que ningún argu­men­to teóri­co. Vivian Maier pasó cua­tro décadas recor­rien­do las calles de Chica­go y Nue­va York con su Rollei­flex col­ga­da al cuel­lo. Era niñera de pro­fe­sión; fotó­grafa, de vocación abso­lu­ta. Cap­tura­ba gestos tan pequeños como el de una mujer ajustán­dose el tacón frente a un escaparate, esce­nas tan ordi­nar­ias que cualquier transeúnte las hubiera igno­ra­do sin pes­tañear. Real­izó más de 120.000 fotografías que no enseñó a nadie. Murió en 2009 sin saber que su obra ter­mi­naría expues­ta en museos de todo el mun­do, com­para­da con los grandes de la his­to­ria del medio.​

Nan Goldin con­struyó su obra des­de un ángu­lo todavía más cer­cano: el diario ínti­mo. Su tra­ba­jo más recono­ci­do es una pre­sentación de dia­pos­i­ti­vas —«The Bal­lad of Sex­u­al Depen­den­cy»— que doc­u­men­ta décadas de vida cotid­i­ana propia y aje­na, con una hon­esti­dad que a veces resul­ta difí­cil de sosten­er. Dijo algo que resume per­fec­ta­mente la filosofía del reg­istro cotid­i­ano: ella no fotografi­a­ba momen­tos que tenía en la cabeza, sino que vivía momen­tos que se con­vertían en imá­genes. Ahí está la difer­en­cia entre esper­ar la gran foto y con­stru­ir­la des­de aden­tro.

Robert Frank hizo algo pare­ci­do a escala con­ti­nen­tal. Entre 1955 y 1956 recor­rió los Esta­dos Unidos con una Leica y una beca Guggen­heim, fotografian­do gaso­lin­eras, juke­box­es, funerales, auto­bus­es. Lo que sal­ió de ahí fue «The Amer­i­cans», ochen­ta y tres fotografías en blan­co y negro que cam­biaron para siem­pre la man­era de enten­der la fotografía doc­u­men­tal. Frank no esperó los grandes momen­tos de la his­to­ria amer­i­cana; los encon­tró en sus esquinas más banales y más humanas.

El diario visual como práctica

Una de las for­mas más hon­es­tas de tra­ba­jar la fotografía cotid­i­ana es el proyec­to de 365 días: una ima­gen cada jor­na­da durante un año com­ple­to. No impor­ta si el día es gris o si no has sali­do de casa. La restric­ción es el motor. Cuan­do sabes que tienes que hac­er una foto hoy, empiezas a mirar difer­ente des­de que te lev­an­tas. El desayuno, la tex­tu­ra del asfal­to moja­do, las som­bras que proyec­ta la per­siana a las tres de la tarde. Todo entra en el plano de lo posi­ble.

Este tipo de proyec­tos tienen una vir­tud adi­cional que no siem­pre se men­ciona: con­struyen una memo­ria visu­al extra­or­di­nar­i­a­mente pre­cisa de un perío­do de la vida. Volver a esas imá­genes años después es como releer un diario ínti­mo, pero con toda la infor­ma­ción sen­so­r­i­al que las pal­abras no pueden con­tener. La luz de ese invier­no especí­fi­co, el esta­do de áni­mo refle­ja­do en los encuadres, las obse­siones temáti­cas que fueron apare­cien­do sin que uno se diera cuen­ta. La fotografía cotid­i­ana es, tam­bién, una for­ma de auto­conocimien­to.

El cere­bro tiene una ten­den­cia per­ver­sa a bor­rar lo famil­iar. Lo que vemos cada día deja de lla­mar nues­tra aten­ción porque el sis­tema nervioso lo ha cat­a­lo­ga­do como irrel­e­vante. La cámara rompe ese mecan­is­mo. Obliga a mirar de nue­vo, con ojos de primera vez, lo que lle­va años delante. Es la lla­ma­da «mira­da de niño» que men­cio­nan muchos fotó­grafos de calle: esa aper­tu­ra curiosa ante el mun­do que los adul­tos perdemos por cos­tum­bre y que la fotografía puede devolver, al menos durante el rato que dura el paseo con la cámara al cuel­lo.

La cámara sin excusas

Hay una obje­ción recur­rente: que sin una cámara bue­na, sin un obje­ti­vo lumi­noso, sin tiem­po libre sufi­ciente, no vale la pena inten­tar­lo. Es una excusa cómo­da, pero es solo eso. Vivian Maier usa­ba una cámara de doble obje­ti­vo que hoy vendería cualquier mer­cadil­lo por diez euros. Carti­er-Bres­son defendió toda su vida el for­ma­to de 35mm porque le per­mitía ser invis­i­ble, moverse con nat­u­ral­i­dad entre la gente. El equipo impor­ta menos que la dis­posi­ción men­tal de salir a bus­car imá­genes donde otros solo ven la ruti­na.

Lo cotid­i­ano tiene una ven­ta­ja enorme sobre los esce­nar­ios espec­tac­u­lares: está disponible siem­pre. No hay que reser­var vue­lo ni esper­ar la tem­po­ra­da de llu­vias. Está en el mer­ca­do del bar­rio, en el par­que donde sacan a los per­ros, en la cafetería donde se sien­tan los mis­mos cua­tro jubi­la­dos cada mañana. Esos esce­nar­ios pueden resul­tar invis­i­bles pre­cisa­mente por su disponi­bil­i­dad. Pero cuan­do uno empieza a tra­ba­jar­los con reg­u­lar­i­dad, apare­cen capas de sig­nifi­ca­do que no esta­ban ahí antes. O sí esta­ban, pero nadie había tenido la pacien­cia de esper­ar a que la luz cay­era en el ángu­lo cor­rec­to.

La fotografía cotid­i­ana es, en el fon­do, una declaración de prin­ci­p­ios: el pre­sente merece aten­ción. No hay que esper­ar a que la vida se vuel­va más intere­sante para doc­u­men­tar­la. Ya es intere­sante. Solo hay que apren­der a ver­la.

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