Berenice Abbott, la ciudad contra el olvido

Nue­va York parece sól­i­da has­ta que alguien empieza a der­rib­ar­la. Una esquina desa­parece, una línea ele­va­da deja de fun­cionar y un escaparate pierde sus letras. Después lle­ga otro edi­fi­cio, más alto y más limpio, como si siem­pre hubiera esta­do allí. Berenice Abbott entendió pron­to que la ciu­dad no con­ser­va memo­ria por cortesía. Hay que con­stru­ir­la. Su cámara fue una her­ramien­ta con­tra esa amne­sia, pero tam­bién con­tra otra for­ma de ceguera. Primero fotografió aque­l­lo que esta­ba desa­pare­cien­do. Años después buscó imá­genes para fenó­menos que ningún ojo podía com­pren­der sin ayu­da.

Esa con­tinuidad resul­ta más intere­sante que una biografía orde­na­da. Abbott no cam­bió de tema al pasar de las calles a la físi­ca. Cam­bió de escala. En Nue­va York observó cómo el tiem­po alter­a­ba fachadas, com­er­cios, puentes y bar­rios enteros. En el lab­o­ra­to­rio con­vir­tió ondas, trayec­to­rias y cam­pos mag­néti­cos en for­mas vis­i­bles. Entre ambos mun­dos aparece la mis­ma pre­gun­ta. ¿Cómo puede la fotografía rev­e­lar una real­i­dad antes de que se pier­da o per­manez­ca ocul­ta?

Una ciudad que avanzaba demasiado deprisa

Abbott regresó a Nue­va York en enero de 1929, tras ocho años en Europa. El via­je iba a ser breve. La ciu­dad decidió otra cosa. Encon­tró ras­ca­cie­los, trá­fi­co, trenes ele­va­dos y bar­rios someti­dos a una trans­for­ma­ción fer­oz. Recor­rió las calles con una cámara mane­jable y reunió 266 pequeñas copias en un álbum de trein­ta y dos pági­nas. Eran apuntes visuales, agru­pa­dos por lugares y asun­tos. Aquel cuader­no fue el ensayo gen­er­al de una obra mucho más ambi­ciosa.

Su expe­ri­en­cia parisi­na había comen­za­do lejos de la fotografía urbana. Tra­ba­jó como ayu­dante de Man Ray y abrió después un estu­dio de retra­to. Por su cámara pasaron escritores, artis­tas y fig­uras de la van­guardia. Sin embar­go, Nue­va York pedía otro rit­mo. El retra­to con­tro­la el fon­do y espera un gesto. La calle obliga a nego­ciar con la luz, el trá­fi­co, la per­spec­ti­va y los per­misos. Tam­bién exige volver. Un edi­fi­cio puede seguir allí por la mañana y con­ver­tirse en escom­bros pocas sem­anas después.

Abbott empezó el proyec­to con recur­sos pro­pios durante los peo­res años de la Gran Depre­sión. En 1935 obtu­vo apoyo del Fed­er­al Art Project, inte­gra­do en la Works Progress Admin­is­tra­tion. Esa finan­ciación le per­mi­tió tra­ba­jar con asis­tentes, inves­ti­gar local­iza­ciones y ampli­ar el alcance del archi­vo. Entre 1935 y 1938 real­izó la parte prin­ci­pal de «Chang­ing New York». La ver­sión defin­i­ti­va quedó for­ma­da por 302 imá­genes, aunque el con­jun­to de prue­bas y vari­antes fue mucho may­or. El libro apare­ció en 1939 con tex­tos de Eliz­a­beth McCaus­land.

La ciu­dad de Abbott no es una colec­ción de mon­u­men­tos bien peina­dos. Sus fotografías bus­can fric­ción. Una igle­sia que­da enca­ja­da entre tor­res financieras. Las vivien­das bajas apare­cen bajo puentes, via­duc­tos y estruc­turas fer­roviarias. Los escaparates hablan con la arqui­tec­tura, mien­tras las som­bras con­vierten una calle en un cañón. Lo antiguo y lo nue­vo no ocu­pan capí­tu­los sep­a­ra­dos. Com­parten encuadre y se estor­ban. Esa ten­sión per­mite com­pren­der la mod­ern­ización mejor que cualquier fotografía ais­la­da de un ras­ca­cie­los impeca­ble.

Tam­bién cam­bia con­stan­te­mente el pun­to de vista. Abbott mira des­de azoteas, ven­tanas, aceras y zonas ele­vadas. A veces lev­an­ta la cámara has­ta que la arqui­tec­tura parece una maquinar­ia ver­ti­cal. Otras veces obser­va des­de arri­ba y reduce al peatón a una figu­ra mín­i­ma. No uti­liza esas posi­ciones como acroba­cia. Cada altura expli­ca una relación dis­tin­ta entre cuer­pos, edi­fi­cios y poder. La ciu­dad mod­er­na crecía hacia arri­ba, pero seguía fun­cio­nan­do a ras de sue­lo. Su tra­ba­jo mantiene ambas dimen­siones en con­ver­sación.

La pre­cisión téc­ni­ca sostiene esa lec­tura. Abbott recur­rió a cámaras de gran for­ma­to cuan­do el proyec­to exigió detalle, con­trol de per­spec­ti­va y neg­a­tivos capaces de describir muchas capas. El pro­ced­imien­to era lento. Había que insta­lar el trípode, encuadrar bajo un paño y esper­ar una luz ade­cua­da. Esa lenti­tud no esta­ba reñi­da con la urgen­cia. Al con­trario. La cámara oblig­a­ba a decidir qué frag­men­to merecía quedar fija­do antes de desa­pare­cer. Cada pla­ca era una pequeña declaración sobre el futuro.

No hay nos­tal­gia blan­da en esas imá­genes. Abbott no pide que la ciu­dad deje de cam­biar. Tam­poco cel­e­bra cualquier novedad como pro­gre­so inevitable. Obser­va las con­se­cuen­cias. Esa posi­ción resul­ta espe­cial­mente mod­er­na porque evi­ta dos tram­pas fre­cuentes. La primera con­vierte el pasa­do en dec­o­ra­do pin­toresco. La segun­da fotografía lo nue­vo como pub­li­ci­dad. Abbott tra­ba­ja en la zona incó­mo­da donde una for­ma urbana nace mien­tras otra todavía con­ser­va habi­tantes, usos y señales.

Atget y la memoria que necesitaba ayuda

La mira­da de Abbott sobre Nue­va York no puede sep­a­rarse de Eugène Atget. Cono­ció su tra­ba­jo en París gra­cias a Man Ray. Atget llev­a­ba décadas fotografian­do calles, jar­dines, com­er­cios y edi­fi­cios de una cap­i­tal someti­da a pro­fun­dos cam­bios. Sus imá­genes no parecían ilus­tra­ciones de actu­al­i­dad. Eran inven­tar­ios pacientes, pre­cisos y extraña­mente abier­tos. Abbott recono­ció en ellas una man­era de unir doc­u­men­to y visión per­son­al sin cubrir la real­i­dad con efec­tos.

Tras la muerte de Atget en 1927, Abbott com­pró jun­to al galerista Julien Levy una parte deci­si­va de su archi­vo. El con­jun­to incluía aprox­i­mada­mente 8.000 copias y 1.500 neg­a­tivos de vidrio. Aque­l­lo suponía mucho más que alma­ce­nar cajas. Abbott real­izó nuevas copias, orga­nizó exposi­ciones, par­ticipó en pub­li­ca­ciones y defendió la rel­e­van­cia del fotó­grafo durante décadas. En 1930 apare­ció «Atget, pho­tographe de Paris», con Abbott como edi­to­ra fotográ­fi­ca. La difusión inter­na­cional de Atget quedó lig­a­da a esa per­se­ver­an­cia.

El episo­dio tam­bién plantea una cuestión incó­mo­da. Los archivos no sobre­viv­en solos. Nece­si­tan espa­cio, dinero, clasi­fi­cación, copias, com­pradores y per­sonas dis­pues­tas a insi­s­tir. Una obra puede exi­s­tir y per­manecer invis­i­ble. Abbott actuó como fotó­grafa, impre­so­ra, edi­to­ra y medi­ado­ra cul­tur­al. En 1968, el Muse­um of Mod­ern Art adquir­ió la colec­ción Abbott-Levy. Para entonces, aque­l­la defen­sa había con­tribui­do a situ­ar a Atget den­tro de la his­to­ria cen­tral de la fotografía mod­er­na.

La influ­en­cia no fue una sim­ple imitación estéti­ca. Atget enseñó a Abbott que una ciu­dad podía retratarse medi­ante series, repeti­ciones y aten­ción a ele­men­tos modestos. Ella trasladó esa lec­ción a una metrópoli dis­tin­ta. París mostra­ba estratos históri­cos acu­mu­la­dos. Nue­va York parecía destru­ir­los mien­tras lev­anta­ba otros a gran veloci­dad. Abbott añadió una energía geométri­ca propia del ras­ca­cie­los, los puentes y las redes de trans­porte. El méto­do hereda­do se con­vir­tió así en una respues­ta especí­fi­ca­mente esta­dounidense.

Hay algo cir­cu­lar en esta relación. Atget fotografió un París ame­naza­do por la mod­ern­ización. Abbott impidió que bue­na parte de ese tra­ba­jo se dis­per­sara. Después aplicó una lóg­i­ca seme­jante a Nue­va York. La memo­ria urbana pasó de una cámara a otra, pero no como rec­eta. Pasó como respon­s­abil­i­dad. Fotografi­ar sig­nifi­ca­ba prestar aten­ción a lo que el pre­sente con­sid­era demasi­a­do cotid­i­ano. Pre­cisa­mente ahí suele escon­der­se lo que mañana resul­tará irrepetible.

Hacer visible la física y nuestro barrio

Durante la déca­da de 1940, Abbott ori­en­tó bue­na parte de su inves­ti­gación hacia la fotografía cien­tí­fi­ca. Dis­eñó dis­pos­i­tivos, exper­i­men­tó con téc­ni­cas de ampliación y buscó for­mas claras de rep­re­sen­tar fenó­menos com­ple­jos. En 1947 abrió la House of Pho­tog­ra­phy, donde desar­rol­ló y com­er­cial­izó algunos equipos pro­pios. Aque­l­la aven­tu­ra empre­sar­i­al tuvo difi­cul­tades, pero mues­tra has­ta qué pun­to entendía la cámara como un instru­men­to mod­i­fi­ca­ble. Para ella, la téc­ni­ca no era una caja cer­ra­da entre­ga­da por el fab­ri­cante.

Su eta­pa cien­tí­fi­ca alcanzó espe­cial rel­e­van­cia a finales de los años cin­cuen­ta. Abbott colaboró con el Phys­i­cal Sci­ence Study Com­mit­tee, vin­cu­la­do al Mass­a­chu­setts Insti­tute of Tech­nol­o­gy. El pro­gra­ma ren­ov­a­ba la enseñan­za de la físi­ca en ple­na com­pe­ten­cia tec­nológ­i­ca pos­te­ri­or al Sput­nik. Sus imá­genes mostraron ondas, movimien­to, gravedad, mag­net­ismo y com­por­tamien­to de la luz. No dec­ora­ban un libro esco­lar. Con­struían demostra­ciones visuales donde el fenó­meno debía ser cor­rec­to, leg­i­ble y sor­pren­dente al mis­mo tiem­po.

Ese equi­lib­rio expli­ca la fuerza de fotografías como sus trayec­to­rias estro­boscópi­cas o las for­mas pro­duci­das por ondas. Abbott no embel­lecía la cien­cia después de com­pren­der­la. Prepara­ba la esce­na para que la ima­gen rev­e­lase una ley físi­ca. La fotografía volvía a fun­cionar con­tra el olvi­do, aunque aho­ra el ene­mi­go era la abstrac­ción. Una ecuación puede describir un movimien­to con exac­ti­tud. La cámara puede dar­le cuer­po, rit­mo y escala. De pron­to, una idea invis­i­ble ocu­pa el papel.

Entre una calle demol­i­da y una onda hay más relación de la esper­a­da. Ambas exi­gen ele­gir un pun­to de vista, ais­lar vari­ables y ordenar infor­ma­ción. Tam­bién nece­si­tan tiem­po. La ciu­dad cam­bia lenta­mente has­ta que una com­para­ción demues­tra lo con­trario. Un fenó­meno físi­co sucede demasi­a­do deprisa, o en una escala difí­cil de obser­var. Abbott uti­liza la fotografía para inter­rum­pir esas lim­ita­ciones. La ima­gen con­ser­va, com­para y expli­ca. Su mod­ernidad no depende del aspec­to futur­ista, sino de esa con­fi­an­za en el medio.

Su méto­do puede con­ver­tirse hoy en un ejer­ci­cio cer­cano. Bas­ta escoger varias local­iza­ciones de un bar­rio y fotografi­ar­las des­de posi­ciones fijas. Con­viene reg­is­trar la altura de la cámara, la focal, la ori­entación y la fecha. Tam­bién ayu­da incluir bor­des esta­bles, como una esquina, una faro­la o una línea de facha­da. La repeti­ción trimes­tral ya per­mite detec­tar cam­bios. Apare­cen per­sianas nuevas, árboles poda­dos, nego­cios cer­ra­dos, mobil­iario urbano y edi­fi­cios cubier­tos por andamios. El tiem­po empieza a dibu­jar.

La clave no con­siste en perseguir úni­ca­mente grandes demo­li­ciones. Una ciu­dad tam­bién cam­bia medi­ante detalles pequeños. Los rótu­los com­er­ciales rev­e­lan economías y lengua­jes grá­fi­cos. Las ter­razas alter­an el uso de las aceras. Los por­tales mues­tran mate­ri­ales, nor­mas de acce­so y for­mas de seguri­dad. Inclu­so los con­tene­dores expli­can deci­siones munic­i­pales. Una serie coher­ente con­vierte esas señales dis­per­sas en infor­ma­ción. Den­tro de diez años, la fotografía aparente­mente menos espec­tac­u­lar puede ser la más valiosa.

Con­viene man­ten­er cier­ta dis­ci­plina visu­al. Repe­tir encuadres per­mite com­parar, pero no obliga a renun­ciar a imá­genes más libres. Abbott com­binó méto­do y aten­ción. Esa mez­cla sigue sien­do útil. El archi­vo nece­si­ta con­sis­ten­cia para fun­cionar como doc­u­men­to. La fotografía nece­si­ta deci­siones para no con­ver­tirse en una inspec­ción sin mira­da. Un proyec­to de bar­rio puede incluir vis­tas per­iódi­cas y esce­nas encon­tradas. Ambas capas se enrique­cen cuan­do com­parten fechas, lugares y notas claras.

Tam­bién impor­ta con­ser­var bien los archivos. Los nom­bres automáti­cos de cámara dicen muy poco. Es preferi­ble añadir ubi­cación, fecha y una descrip­ción breve. Las copias deben exi­s­tir en más de un soporte, con una selec­ción expor­ta­da en for­matos duraderos. La memo­ria dig­i­tal parece infini­ta has­ta que fal­la un dis­co. Abbott tra­ba­jó con pla­cas, sobres, copias y fichas. Nosotros usamos metadatos y respal­dos. El prob­le­ma sigue sien­do idén­ti­co: una ima­gen sin con­tex­to puede sobre­vivir físi­ca­mente y perder su sig­nifi­ca­do.

Berenice Abbott no detu­vo Nue­va York. Tam­poco hizo vis­i­ble toda la físi­ca. Su logro fue más con­cre­to y más útil. Con­struyó imá­genes capaces de resi­s­tir la veloci­dad de las cosas. Algu­nas guardaron edi­fi­cios que ya no exis­ten. Otras enseñaron a mirar movimien­tos y fuerzas sin con­ver­tir­los en espec­tácu­lo vacío. Su obra recuer­da que fotografi­ar una ciu­dad no con­siste sola­mente en bus­car belleza. Con­siste en decidir qué merece lle­gar al futuro. A veces bas­ta una esquina repeti­da con pacien­cia.

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