Brassaï: aprender a mirar la ciudad cuando se apagan las luces

Bras­saï nació como Gyu­la Halász en Brașov, en la entonces Hun­gría, en 1899, y acabó adop­tan­do París como patria fotográ­fi­ca has­ta su muerte en 1984. No se con­for­mó con pasear la ciu­dad de día, pre­fir­ió perder­se por sus calles mojadas de madru­ga­da, cuan­do las faro­las son más fuertes que los edi­fi­cios, los ado­quines bril­lan y el humo sale de algún lugar que nun­ca ter­mi­nas de ver. Mien­tras otros fotó­grafos de su gen­eración se lan­z­a­ban a cap­turar el instante deci­si­vo con cámaras lig­eras, él asum­ió sin com­ple­jo el trípode, las exposi­ciones largas y una cier­ta teatral­i­dad en cada esce­na. Esa obsesión por fijar el movimien­to, más que por atra­parlo al vue­lo, le llevó a con­stru­ir imá­genes donde todo parece detenido en un segun­do eter­no, como si alguien hubiera detenido el reloj jus­to antes de que pasara algo impor­tante. Esa sen­sación de pausa, de res­piración con­teni­da, es jus­to lo que hace que sus fotos noc­tur­nas fun­cio­nen como pequeños fotogra­mas de una pelícu­la que nun­ca se rodó.

Su libro más céle­bre, «Paris de nuit» de 1933, se con­vir­tió ráp­i­da­mente en un catál­o­go visu­al de esa ciu­dad que vive cuan­do casi todo el mun­do duerme. En sus pági­nas apare­cen puentes envuel­tos en niebla, esquinas vacías donde una úni­ca faro­la mantiene la esce­na a flote, pare­jas abrazadas en la penum­bra de los cafés y bar­rios mar­ginales donde los per­son­ajes pare­cen sali­dos de una nov­ela de detec­tives. Lo intere­sante es que, en lugar de perseguir el exo­tismo o el escán­da­lo, Bras­saï mira­ba ese lado noc­turno con cier­ta ter­nu­ra, casi con curiosi­dad antropológ­i­ca, como si cada figu­ra bor­rosa mere­ciese un capí­tu­lo entero. Esa mez­cla de empatía y dis­tan­cia, de prox­im­i­dad y mis­te­rio, es uno de los ingre­di­entes que puedes robar­le sin remordimien­tos para tu propia for­ma de fotografi­ar la ciu­dad, el tren o lo que se pon­ga por delante.

Escenas como storyboard: farolas, niebla y encuadres dentro del encuadre

Una de las cosas que más me fasci­na de Bras­saï es que sus fotos noc­tur­nas fun­cio­nan casi como viñe­tas de un sto­ry­board, con una direc­ción de esce­na muy con­sciente. No se lim­ita­ba a doc­u­men­tar lo que encon­tra­ba, le gusta­ba recrear esce­nas vis­tas o imag­i­nadas, tra­ba­jar con mod­e­los o ami­gos y colo­car­los den­tro de la ciu­dad como quien colo­ca actores en un esce­nario. La faro­la no está ahí por casu­al­i­dad, está donde le intere­sa para recor­tar silue­tas, ten­sar som­bras y mar­car el eje de aten­ción de la ima­gen. A veces una figu­ra se apoya con­tra una pared, otras una pare­ja se pierde en un por­tal, pero siem­pre hay una relación clara entre luces, cuer­pos y líneas arqui­tec­tóni­cas.

Esa for­ma de ilu­mi­nar con lo que había, sin flash­es potentes ni arti­fi­cios aparatosos, se parece bas­tante a lo que hace­mos cuan­do nos plan­ta­mos de noche en una estación o un paso a niv­el con un tren que depende de unos cuan­tos focos, señales y las luces del pro­pio con­voy. En ambos casos se tra­ta de leer primero la luz disponible, enten­der qué som­bras crea, qué refle­jos gen­era en el sue­lo húme­do o en un cristal, y a par­tir de ahí con­stru­ir un encuadre donde la luz no solo ilu­mine, sino que narre. Bras­saï juga­ba mucho con los refle­jos en char­cos, escaparates o super­fi­cies metáli­cas, dupli­can­do esce­nas y cre­an­do encuadres den­tro del encuadre que añaden capas de lec­tura a la foto. Ese recur­so enca­ja de mar­avil­la con la fotografía fer­roviaria noc­tur­na, donde los raíles, las ven­tanas y los pan­e­les metáli­cos del tren se con­vierten en espe­jos ines­per­a­dos.

Cuan­do miras sus imá­genes con cal­ma, ves que el humo y la niebla no son sim­ple atmós­fera, son autén­ti­cos actores secun­dar­ios. La niebla diluye fon­dos, sim­pli­fi­ca man­chas de luz y deja en primer plano solo lo que real­mente le intere­sa mostrar; el humo de un cig­a­r­ro, de una alcan­tar­il­la o de un café crea veladuras que suavizan los con­tornos, vuel­ven ambiguas las fig­uras y hacen que la esce­na parez­ca un recuer­do más que un doc­u­men­to. Téc­ni­ca­mente esto impli­ca acep­tar que el con­traste no siem­pre tiene que ser bru­tal, que a veces una gradación suave de gris­es dice más sobre el ambi­ente noc­turno que un blan­co y negro extremo. Sin embar­go, cuan­do decide subir el con­traste, lo hace a con­cien­cia, mar­can­do líneas, acen­tuan­do bril­los y dejan­do que las som­bras se vuel­van casi sól­i­das, tan den­sas que da miedo mirar den­tro.

Escenas nocturnas: qué me llevo de Brassaï a mi fotografía

Si pien­sas en una esce­na clási­ca de Bras­saï, con una faro­la soli­taria ilu­mi­nan­do una esquina empe­dra­da, es fácil trasladar men­tal­mente esa lóg­i­ca a cualquier rincón de la ciu­dad. La idea es siem­pre la mis­ma: una fuente fuerte, local­iza­da, que crea islas de luz en medio de un mar de som­bra. En tu fotografía noc­tur­na puedes apo­yarte en ese prin­ci­pio para decidir dónde quieres que ocur­ra la acción: una plaza medio desier­ta, una calle lat­er­al envuelta en niebla, un por­tal donde solo entra luz des­de el exte­ri­or. En lugar de inten­tar ilu­mi­nar toda la esce­na, se tra­ta de acep­tar, como hacía Bras­saï, que la oscuri­dad tam­bién es parte de la com­posi­ción y puede ocu­par la may­or parte del encuadre.

Otra lec­ción direc­ta es su for­ma de tra­ba­jar con el tiem­po. Bras­saï no perseguía el movimien­to trep­i­dante, prefer­ía “inmov­i­lizar­lo”, dejar que las largas exposi­ciones vacia­ran las calles o dejaran solo ras­tros mín­i­mos, como si la ciu­dad se hubiese queda­do sola un instante. En fotografía noc­tur­na urbana esto se tra­duce en deci­siones muy conc­re­tas: usar el trípode, bajar el ISO para ganar cal­i­dad, cer­rar un poco el diafrag­ma y asumir exposi­ciones largas que con­vierten a los peatones en fan­tas­mas mien­tras los edi­fi­cios, faro­las y mobil­iario urbano per­manecen níti­dos. Ese con­traste entre ele­men­tos estáti­cos y fig­uras bor­rosas enca­ja muy bien con el tono melancóli­co y nar­ra­ti­vo que tienen muchas de sus imá­genes parisi­nas.

Además, su for­ma de mezclar géneros te da per­miso para hac­er lo mis­mo con tu propia fotografía noc­tur­na. Bras­saï nun­ca se quedó en un solo reg­istro: retra­to, calle, paisaje urbano, inte­ri­ores de cafés, grafi­tis, todo con­vivía den­tro de una mis­ma mira­da. Del mis­mo modo, puedes per­mi­tir que las per­sonas, la arqui­tec­tura, los coches aparca­dos, los rótu­los lumi­nosos y las som­bras pro­fun­das se repar­tan el pro­tag­o­nis­mo den­tro de un mis­mo encuadre. Esa mez­cla de ele­men­tos hace que las fotos cuenten his­to­rias más com­ple­jas, menos pre­vis­i­bles que la típi­ca esce­na noc­tur­na plana y exce­si­va­mente cor­rec­ta.

Cómo traducir su lenguaje a tu forma de fotografiar

A niv­el prác­ti­co, mirar a Bras­saï sirve como recorda­to­rio de que la noche nece­si­ta cal­ma, plan­i­fi­cación y una cier­ta dosis de dra­matur­gia. No se tra­ta de ir dis­paran­do a ISO dis­parata­dos para con­ge­lar cualquier movimien­to, sino de deten­erse, mirar dónde caen las luces, pre­v­er qué puede entrar en el encuadre y decidir qué quieres sug­erir y qué quieres ocul­tar. En ese sen­ti­do, su enfoque enca­ja muy bien con un modo de tra­ba­jo pau­sa­do, donde el trípode es casi un com­pañero de con­ver­sación y cada encuadre se prue­ba y se ajus­ta como si fueras el direc­tor de fotografía de tu propia pelícu­la.

Tam­bién te ani­ma a asumir más ries­go cre­ati­vo en las esce­nas noc­tur­nas. En lugar de bus­car solo el suje­to claro y evi­dente, puedes jugar con silue­tas recor­tadas con­tra fuentes de luz, refle­jos defor­ma­dos en ven­tanas de vagones, som­bras muy mar­cadas proyec­tadas por los focos del tren o las luces de la ciu­dad. La clave está en pen­sar en capas: fon­do, medio y primer plano, y cómo la luz va sep­a­ran­do o fusio­n­an­do esas capas para guiar la mira­da. Bras­saï dom­ina­ba ese juego al mezclar diag­o­nales de calles, volúmenes de edi­fi­cios y fig­uras humanas colo­cadas en pun­tos estratégi­cos del encuadre.

Al final, lo que más apetece copi­ar­le no es una rec­eta téc­ni­ca, sino una acti­tud. Mirar la ciu­dad de noche como un esce­nario que se está mon­tan­do para ti y para nadie más, donde cada faro­la es un foco, cada char­co es un fil­tro, cada ráfa­ga de niebla es un efec­to espe­cial gra­tu­ito. Lle­var esa mira­da a las vías, esta­ciones y trenes que ya sue­les fotografi­ar puede abrir un ter­ri­to­rio nue­vo entre la fotografía urbana y la fer­roviaria, mucho más cer­cano a ese uni­ver­so de cien­cia fic­ción y atmós­feras raras que te gus­ta leer que al típi­co postalón noc­turno de libro de téc­ni­ca.

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