Cristina García Rodero: meterse en la fiesta para contarla

Hay fotó­grafas que lle­van la cámara como quien lle­va una nava­ja suiza: lista para todo, disc­re­ta, sin alardes. Cristi­na Gar­cía Rodero es una de ellas. Nació en Puer­tol­lano en 1949 y estudió Bel­las Artes en la Com­plutense. A prin­ci­p­ios de los seten­ta ganó una beca de la Fun­dación Juan March que cam­bió el rum­bo de todo. Com­pró una Asahi Pen­tax de 35 mm, subió a auto­bus­es de línea y empezó a perder­se por la España más descono­ci­da. No bus­ca­ba paisajes. Bus­ca­ba gente en trance, en pro­ce­sión, en éxta­sis etíli­co o en ple­na devo­ción colec­ti­va. Bus­ca­ba, bási­ca­mente, algo que nadie había queri­do mirar todavía con deten­imien­to.

El resul­ta­do de quince años de via­jes y de miles de car­retes fue «España ocul­ta», pub­li­ca­do en 1989. Cuan­do Gar­cía Rodero pre­sen­tó el tra­ba­jo al Min­is­te­rio de Cul­tura, hubo ret­i­cen­cias. España quería proyec­tar entonces una ima­gen mod­er­na y cos­mopoli­ta; la Movi­da era la mar­ca del país. Sus fotos mostra­ban otra cosa: nazarenos bebi­en­do vino, curas adormi­la­dos en con­fe­sion­ar­ios al aire libre, niñas saltan­do sobre tum­bas. Una España car­petovetóni­ca, sí, pero tam­bién viva, extraña y abso­lu­ta­mente irrepetible.

La España que nadie quería mirar

Empezar en 1973 fue, en cier­to modo, una decisión invol­un­taria. Gar­cía Rodero no sal­ió con un plan edi­to­r­i­al bajo el bra­zo. Sal­ió con curiosi­dad y con la intu­ición de que aque­l­lo que veía no iba a durar. España cam­bi­a­ba a mar­chas forzadas tras la muerte de Fran­co. Los ritos pop­u­lares, las pro­ce­siones de pueblo, los car­navales de aldea: todo aque­l­lo tenía fecha de caduci­dad. Había que doc­u­men­tar­lo o desa­pare­cería.

El tra­ba­jo duró quince años porque cada vez encon­tra­ba algo más intere­sante y sen­tía que aún qued­a­ban cosas por des­cubrir. No es que fuera per­fec­cionista; es que el tema se lo per­mitía. La geografía españo­la era —y sigue sien­do— un reser­vo­rio inagotable de con­tradic­ciones, humor invol­un­tario y sim­bolis­mo des­bor­dante. El pról­o­go de «España ocul­ta» lo escribió el antropól­o­go Julio Caro Baro­ja. No es casu­al­i­dad: en esas fotografías hay tan­ta etno­grafía como instin­to visu­al. Hay quien fotografía para ilus­trar; ella fotografi­a­ba para des­cubrir.

La edi­ción orig­i­nal recoge 126 fotografías en blan­co y negro. La elec­ción del monocro­mo no fue nos­tal­gia ni fetichis­mo analógi­co. Gar­cía Rodero lo explicó con fran­queza: el col­or dis­traía. Quita­ba la posi­bil­i­dad de mis­te­rio y de poesía. La sen­sación de que lo que ves podría haber ocur­ri­do hace un siglo o den­tro de diez años. El blan­co y negro ale­ja de la real­i­dad inmedi­a­ta y abre el cam­po a la imag­i­nación del espec­ta­dor. Es una dis­tan­cia cal­cu­la­da. Además, obliga a que la ima­gen sea bue­na de por sí. No hay tram­pa cromáti­ca que te salve.

El arte de colarse sin que te vean

Gar­cía Rodero tiene estatu­ra pequeña. Ella mis­ma lo con­vir­tió en ven­ta­ja téc­ni­ca y psi­cológ­i­ca. Des­de aba­jo, el ángu­lo es más intere­sante: los cuer­pos ganan mon­u­men­tal­i­dad, el cielo entra en cuadro, la esce­na se drama­ti­za de for­ma nat­ur­al. Además, moverse entre mul­ti­tudes es más sen­cil­lo cuan­do no desta­cas por enci­ma de los hom­bros de la gente. Y lle­gar al sue­lo es más rápi­do. Ella mis­ma lo dijo: “tar­do menos en pon­erme de rodil­las para fotografi­ar esce­nas cer­ca del sue­lo”. Sus propias lim­ita­ciones físi­cas le con­struyeron un esti­lo pro­pio.

Su obje­ti­vo de ref­er­en­cia durante los primeros años fue el 35 mm. Con el tiem­po fue pasan­do a angu­lares más extremos, porque la prox­im­i­dad físi­ca y psíquica al suje­to se con­vir­tió en necesi­dad. No es lo mis­mo fotografi­ar una pro­ce­sión des­de la acera que meterse en la pro­ce­sión. Gar­cía Rodero se metía. Usa­ba la nat­u­ral­i­dad y el respeto como méto­do de aprox­i­mación: “la mejor for­ma de acer­carse es pen­sar que es como tú, con los mis­mos miedos”. No había estrate­gia elab­o­ra­da. Había pres­en­cia con­stante, has­ta que la gente deja­ba de percibir la cámara.

Eso expli­ca algo que sor­prende en sus fotos: los suje­tos miran a cámara y no tienen ten­sión en los ojos. No hay alar­ma ni pose con­sciente. La intro­misión de Gar­cía Rodero en la esce­na es tan orgáni­ca que pasa a ser parte del paisaje. Y cuan­do alguien se cola­ba en el encuadre, lo aprovech­a­ba: “a veces su intro­misión da agili­dad a la com­posi­ción”. Con­vir­tió el rui­do en infor­ma­ción. Hay una lec­ción ahí que muchos fotó­grafos tar­dan años en apren­der.

Dos fotografías, una sola lección

«El alma dormi­da» es quizás la ima­gen más emblemáti­ca de «España ocul­ta». La tomó en Saave­dra, Lugo, en 1981. Una niña da un salto en la puer­ta de un cemente­rio. Gar­cía Rodero la cap­tura en el instante exac­to en que flota en el aire. El fon­do negro del cemente­rio hace que la figu­ra blan­ca parez­ca un espec­tro escapa­do de una tum­ba. La com­posi­ción es sim­ple, casi esquemáti­ca. Pero lle­gar a ella requir­ió pacien­cia, instin­to y una veloci­dad de obtu­ración que con­gela la lev­itación sin con­ge­lar la emo­ción. Juan Manuel Cas­tro Pri­eto, el pos­i­ti­vador de sus copias, con­tó que tuvo que tapar la figu­ra durante el rev­e­la­do. Así con­seguía que quedara blan­ca y oscure­cer todo lo demás. La foto no nació sola; se con­struyó capa a capa.

«Las poten­cias del alma», toma­da en Puente Genil en 1976, es más com­ple­ja y más descon­cer­tante. Dos nazarenos posan en la calle durante una Sem­ana San­ta que no tiene nada de solemne. Uno por­ta una botel­la de vino y un vaso. El otro lle­va un globo ter­ráqueo; en su capirote se posa una palo­ma viva. A la izquier­da, un romano de pro­ce­sión fuma un cig­a­r­ril­lo apoy­a­do en su lan­za, con las pier­nas cruzadas, como quien espera el auto­bús. Gar­cía Rodero se ale­jó un poco de la esce­na para dejar a los tres per­son­ajes exac­ta­mente en el cen­tro. El resul­ta­do es un equi­lib­rio pre­ciso entre doc­u­men­to y absur­do. La com­posi­ción es simétri­ca, con los val­ores oscuros de los hábitos con­trar­resta­dos por el blan­co del sol­da­do. Y enci­ma, la palo­ma. Un acci­dente que con­vierte la foto en algo inex­plic­a­ble.

Cuando el caos tiene estructura

Tra­ba­jar en espa­cios abar­ro­ta­dos plantea un prob­le­ma muy con­cre­to. ¿Cómo mantienes al suje­to prin­ci­pal vis­i­ble y sig­ni­fica­ti­vo en medio del rui­do visu­al? Gar­cía Rodero resolvió esto de varias man­eras que se pueden apren­der obser­van­do su tra­ba­jo con aten­ción.

La primera es la posi­ción. Estar en primera línea, inclu­so por delante de los más altos, obliga a una prox­im­i­dad que selec­ciona sola los suje­tos. El gran angu­lar recoge con­tex­to, pero quien está cer­ca llena el fotogra­ma. La segun­da es el encuadre dinámi­co: sus com­posi­ciones no bus­can la simetría per­fec­ta ni el ter­cio canóni­co. Bus­can el gesto, la mira­da, el obje­to incon­gru­ente. La ter­cera es el tiem­po. Gar­cía Rodero no dis­para­ba y se iba. Per­manecía. Volvía al año sigu­iente. En Haití estu­vo siete años fotografian­do rit­uales de vudú, entre 1997 y 2003. No llegó a un fes­ti­val de tres días y se fue. Con­struyó una relación.

El tra­ba­jo haitiano es, quizás, el ejem­p­lo más claro de cómo su téc­ni­ca evolu­ciona cuan­do cam­bia el con­tex­to cul­tur­al. En las esce­nas de pos­esión espir­i­tu­al, los cuer­pos en trance se mueven de for­ma impre­deci­ble. La luz es escasa y vari­able: lla­mas, agua, bar­ro, oscuri­dad. Gar­cía Rodero llegó en analógi­co pero tuvo que pasarse al dig­i­tal. Los rit­uales noc­turnos exigían tra­ba­jar sin flash; los par­tic­i­pantes creían que la luz podía dejar­los en trance para siem­pre. Adap­tó el equipo al rit­u­al, no al revés. Ese prag­ma­tismo es tam­bién parte de su méto­do.

El resul­ta­do de aque­l­los años en Haití fue «Rit­uales en Haití». Fun­ciona como doc­u­men­to etno­grá­fi­co de primera mano sobre el sin­cretismo reli­gioso caribeño. Las fotos tienen una prox­im­i­dad bru­tal. El reg­istro es ágil, rev­e­lador y, según quienes la cono­cen, temer­ario. Se metió en el vór­tice del huracán porque era la úni­ca for­ma de estar ahí. Robert Capa lo dijo con otras pal­abras, pero ella lo prac­ticó en cada con­ti­nente. Y lo hizo sien­do, además, mujer, en entornos donde nadie la esper­a­ba.ar

Des­de 2009 es miem­bro de Mag­num Pho­tos, sien­do la primera españo­la en lograr­lo. No cam­bió su for­ma de tra­ba­jar. Sigue operan­do con la lóg­i­ca del autor inde­pen­di­ente que la guió des­de que se finan­cia­ba los via­jes con su suel­do de pro­fe­so­ra en la Com­plutense. A sus 76 años tra­ba­ja en «Entre el cielo y la tier­ra», un proyec­to sobre fes­ti­vales, músi­ca, sexo y ero­tismo que lle­va años gestán­dose. Mis­ma curiosi­dad. Mis­mo méto­do. Solo cam­bia el tema.

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