De los 36 disparos al ráfaga eterna

El día que dejamos de contar disparos

Recuer­do per­fec­ta­mente cuán­do dejé de con­tar dis­paros. No fue un momen­to épi­co, solo una tarde cualquiera con una com­pacta dig­i­tal de las primeras que hubo la Casio QV10 con la que abro este artícu­lo, una tar­je­ta de 64 MB y cero respeto por el botón de dis­paro. De repente, el tic men­tal de “me quedan 12 fotos de car­rete” desa­pare­ció. Podía repe­tir, rec­ti­ficar, pro­bar encuadres absur­dos y bor­rar sin remordimien­tos. La fotografía ya no era esa mez­cla de emo­ción y cál­cu­lo que había apren­di­do con los car­retes de 36 exposi­ciones; era un cam­po de prue­bas casi infini­to, un patio de recreo donde equiv­o­carse salía gratis.

Ese cam­bio aparente­mente pequeño mar­ca­ba algo enorme: la fotografía deja­ba de ser un recur­so lim­i­ta­do y pasa­ba a ser un flu­jo con­tin­uo de imá­genes. Con las primeras dig­i­tales de con­sumo el coste por foto se desplomó y cualquiera podía dis­parar cien­tos de imá­genes en una tarde sin oír la caja reg­istrado­ra en la cabeza. El límite ya no era el car­rete ni el mon­edero, era la pacien­cia para revis­ar luego seme­jante mon­taña de archivos. Ese día dejamos de pen­sar en fotografías sueltas y empezamos a pen­sar en series, ráfa­gas, inten­tos. Y, claro, tam­bién empezamos a llenar dis­cos duros a un rit­mo grotesco.​

Mien­tras tan­to, las cámaras se mul­ti­plic­a­ban por mil­lones, des­de com­pactas has­ta réflex acce­si­bles que dieron a muchísi­ma gente la sen­sación de “poder hac­er fotos de ver­dad” sin pasar por la bar­rera téc­ni­ca y económi­ca de la era quími­ca. Por primera vez, el salto entre el afi­ciona­do curioso y el equipo “serio” parecía alcan­z­able con un poco de ahor­ro y mucha curiosi­dad. El resul­ta­do fue una autén­ti­ca explosión de imá­genes, de esti­los, de prue­bas. Y tam­bién una cier­ta sen­sación de que, si todo el mun­do podía hac­er fotos, quizá la fotografía deja­ba de ser tan espe­cial.​

Sin embar­go, esa democ­ra­ti­zación no fue un fenó­meno ais­la­do de móviles. Llegó antes y más despa­cio con las cámaras dig­i­tales ded­i­cadas, las com­pactas de via­je, las bridge con zoom imposi­bles, las primeras réflex dig­i­tales que acabaron con­qui­s­tan­do el fotope­ri­odis­mo y luego al afi­ciona­do exi­gente. Mucho antes de que el móvil se quedara con el pas­tel, ya esta­ba cam­bian­do para siem­pre la relación entre dis­parar y pen­sar la ima­gen. Quizá, sin darnos cuen­ta, empezábamos a perder algo de la cal­ma y el rit­u­al que imponía el car­rete, inclu­so mien­tras ganábamos lib­er­tad cre­ati­va.​

La vieja liturgia del carrete

Si cre­ciste con car­rete, sabes que fotografi­ar era casi un pequeño acto cer­e­mo­ni­al. Com­prar pelícu­la, ele­gir sen­si­bil­i­dad, car­gar la cámara evi­tan­do velar el rol­lo, ano­tar men­tal­mente qué ibas hacien­do en cada esce­na, como si tuvieras una especie de hoja de con­tac­tos invis­i­ble en la cabeza. Cada dis­paro llev­a­ba una microde­cisión: ¿merece la pena que­mar una foto aquí? Esa escasez daba peso a cada encuadre, inclu­so cuan­do estabas hacien­do el típi­co retra­to famil­iar mal ilu­mi­na­do en la coci­na.

Después venía la parte que aho­ra sue­na a cuen­to: rebobi­nar el car­rete, lle­var­lo al lab­o­ra­to­rio o encer­rarte en un cuar­to oscuro de ver­dad, con sus ban­de­jas, su olor a quími­co y ese silen­cio un poco rev­er­en­cial. No veías la ima­gen al instante; veías la prome­sa de la ima­gen. Había fal­los, exposi­ciones hor­ri­bles, fotos movi­das, pero tam­bién el plac­er de encon­trar, entre los neg­a­tivos, esa esce­na que sí habías clava­do, un pequeño tesoro mere­ci­do por la espera. Era un pro­ce­so lento, pero esa lenti­tud te edu­ca­ba la mira­da de una for­ma muy par­tic­u­lar.​

Esa espera cre­a­ba una relación casi físi­ca con las fotografías. Tocabas los neg­a­tivos, reconocías los agu­jeros del 35 mm, dis­tin­guías con los dedos un car­rete de dia­pos­i­ti­va de uno de blan­co y negro. La fotografía no era solo la ima­gen final; era todo el camino, des­de la car­ga has­ta el seca­do del neg­a­ti­vo sobre una cuer­da, con las gotas res­ba­lan­do como si fuer­an el últi­mo fil­tro. Había errores irre­versibles, claro, pero esa irre­versibil­i­dad tam­bién aguz­a­ba el sen­ti­do del cuida­do. Uno no dis­para­ba por dis­parar; dis­para­ba porque había una inten­ción, aunque fuera difusa.

El lab­o­ra­to­rio pro­fe­sion­al añadía otra capa de rit­u­al. Lle­var car­retes, hablar con el téc­ni­co, ele­gir si querías copias en bril­lo o mate, recoger el sobre unos días después y abrir­lo casi como si fuera una car­ta impor­tante. Era un sis­tema con bar­reras: costa­ba dinero, requería tiem­po y un mín­i­mo de conocimien­to. Pero esa fric­ción tam­bién actu­a­ba como fil­tro. Te oblig­a­ba a pen­sar en el proyec­to antes de pul­sar el dis­parador. Hoy, con la tar­je­ta SD esperan­do en la ranu­ra, esa for­ma de pen­sar casi parece arque­ología.

Y, sin embar­go, no se tra­ta de decir que antes éramos mejores fotó­grafos solo por usar pelícu­la. Muchos dis­parábamos hor­rores sobre­ex­puestos, pési­mos encuadres y retratos que nadie quiere ver aho­ra. Pero todo el pro­ce­so nos daba una especie de mar­co men­tal, una man­era de asumir que dis­parar implic­a­ba ries­go, com­pro­miso y un poco de humil­dad. Quizá por eso, cuan­do hablam­os de lo “román­ti­co” de la fotografía analóg­i­ca, no hablam­os solo del gra­no o del col­or: hablam­os de una for­ma de rela­cionarnos con la ima­gen que tenía mucho de pacien­cia y de renun­cia.

Contactos en blanco y negro: la hoja de ruta

Si los car­retes eran el mis­te­rio, los con­tac­tos eran la rev­elación orga­ni­za­da. Hac­er una hoja de con­tac­tos en blan­co y negro era casi como sen­tarse a hablar con tus propias fotos con un café delante. Colo­cabas los neg­a­tivos sobre el papel foto­sen­si­ble, los cubrías con un cristal, dabas una exposi­ción cor­ta bajo la luz del ampli­ador y luego pasabas esa lámi­na al rit­u­al de ban­de­jas, como cualquier copia nor­mal. Al final tenías una cuadrícu­la de miniat­uras, 36 pequeñas ven­tanas a lo que habías inten­ta­do cap­turar.​

Esa hoja era mucho más que un resumen; era un mapa de tu for­ma de mirar. Veías cómo habías ido acer­cán­dote a un moti­vo, cómo habías repeti­do un encuadre tres o cua­tro veces, qué momen­to exac­to habías elegi­do como “bueno”. Con un lápiz gra­so mar­cabas cruces, cír­cu­los, notas críp­ti­cas. Esas mar­cas eran la primera edi­ción seria de tu tra­ba­jo, una con­ver­sación hon­es­ta entre el entu­si­as­mo del dis­paro y la real­i­dad de lo que había queda­do en el neg­a­ti­vo. No había his­togra­mas ni zoom al 100%, solo tu ojo enfrenta­do a la pági­na.

Lo intere­sante es que los con­tac­tos tam­bién democ­ra­ti­z­a­ban, a su man­era, el pro­ce­so de edi­ción. No hacía fal­ta un gran equipo para revis­ar un rol­lo com­ple­to; basta­ban un ampli­ador modesto y ganas de man­charte los dedos. Cualquier afi­ciona­do con acce­so a un lab­o­ra­to­rio com­par­tido podía con­stru­ir su pro­pio sis­tema de eval­u­ación, apren­der de sus errores, enten­der qué fun­ciona­ba y qué no. Era una her­ramien­ta humilde, pero tremen­da­mente potente, que hoy seguimos imi­tan­do con pan­e­les de miniat­uras en Light­room o en cualquier otro pro­gra­ma de edi­ción.​

La difer­en­cia, claro, está en la relación físi­ca y tem­po­ral con esa hoja. Un con­tac­to de pelícu­la era algo que con­serv­abas, que podías revis­ar años después y enten­der cómo pens­abas entonces. Tenía ano­ta­ciones, fechas, a veces un número de car­rete escrito a toda prisa. Era una memo­ria visu­al en bru­to, pero tam­bién un peda­zo de tu biografía. Hoy en día seguimos hacien­do “con­tac­tos dig­i­tales”, pero pasan de largo en la pan­talla, se pier­den entre miles de archivos y rara vez les dedicamos el mis­mo tipo de aten­ción sosteni­da que exigía aque­l­la hoja moja­da que col­ga­ba para secar.

Diapositivas: luz proyectada y paciencia infinita

Luego esta­ban las dia­pos­i­ti­vas, ese for­ma­to que hoy sue­na a capri­cho vin­tage pero que durante décadas fue la for­ma seria de enseñar col­or. Rev­e­lar dia­pos­i­ti­vas era casi subir de niv­el: tenías que clavar la exposi­ción porque el mar­gen de error era estre­cho, y el resul­ta­do se veía direc­ta­mente, sin inter­me­di­ar­ios, en esos pequeños mar­cos de plás­ti­co o cartón. No había copia de lab­o­ra­to­rio que “arreglara” las cosas; si la dia­pos­i­ti­va esta­ba mal, esta­ba mal para siem­pre. Pero cuan­do esta­ba bien, la sen­sación de ver­la con­tra la luz era pura magia con­cen­tra­da.​

La expe­ri­en­cia se mul­ti­plic­a­ba cuan­do sacabas el proyec­tor. Apa­gar luces, escuchar el ven­ti­lador del apara­to, el “clac” del car­rusel pasan­do de una dia­pos­i­ti­va a otra, las inevita­bles dia­pos­i­ti­vas tor­ci­das y alguien prote­s­tando des­de el sofá. Era lento, sí, pero tam­bién era un even­to. Mostrar fotos implic­a­ba reunir per­sonas, com­par­tir tiem­po, con­tar his­to­rias en voz alta. Esa for­ma de enseñar imá­genes tenía un com­po­nente social que aho­ra se ha dilu­i­do entre scrolls rápi­dos e his­to­rias de diez segun­dos que desa­pare­cen antes de que te des cuen­ta.

Las dia­pos­i­ti­vas tam­bién tenían algo de obje­tivi­dad bru­tal. Lo que veías era la luz que había atrav­es­a­do la esce­na orig­i­nal y qued­a­ba fija­da en esa pelícu­la trans­par­ente. No había fil­tros fáciles ni ajustes glob­ales a golpe de ratón. Claro, se podían hac­er dupli­ca­dos, más­caras, tru­cos de lab­o­ra­to­rio, pero el están­dar era otro: la diapo bue­na era la que salía bien en cámara. Esa exi­gen­cia educó a gen­era­ciones enteras de fotó­grafos en la dis­ci­plina de medir, com­pon­er, esper­ar la luz ade­cua­da. Democráti­co no era, pero sí for­ma­ti­vo de una man­era fer­oz.

Curiosa­mente, hoy que podemos proyec­tar con una cal­i­dad bru­tal des­de cualquier portátil, pocas veces repro­duci­mos esa cer­e­mo­nia pau­sa­da de las dia­pos­i­ti­vas. Enseñamos fotos en pan­tallas dimin­u­tas, rodeadas de noti­fi­ca­ciones y dis­trac­ciones. La democ­ra­ti­zación tec­nológ­i­ca ha hecho que mostrar imá­genes sea más fácil que nun­ca, pero tam­bién menos inten­cional. Antes preparar una sesión de dia­pos­i­ti­vas era casi edi­tar una exposi­ción; aho­ra bas­tan unos clics y cualquier cosa sale a la luz, aunque ni tú hayas tenido tiem­po de mirar­la con cal­ma.

La avalancha digital y la segunda democratización

Con la lle­ga­da de la fotografía dig­i­tal de con­sumo, todo este rit­u­al empezó a desmoronarse a cam­bio de algo muy seduc­tor: la inmedi­atez y la can­ti­dad. Las primeras com­pactas per­mitían ver el resul­ta­do en el acto, bor­rar, repe­tir, pro­bar sin miedo al coste por dis­paro. Luego lle­garon las réflex dig­i­tales y el salto de cal­i­dad hizo que muchos afi­ciona­dos pudier­an acced­er a presta­ciones que antes esta­ban reser­vadas a pro­fe­sion­ales con bol­sil­los pro­fun­dos. De pron­to, la bar­rera económi­ca se con­vir­tió en una pen­di­ente menos emp­ina­da.​

Esta “segun­da democ­ra­ti­zación” de la fotografía no se lim­itó a abaratar equipos; cam­bió com­ple­ta­mente la cade­na de pro­duc­ción de la ima­gen. Ya no hacía fal­ta pasar por el lab­o­ra­to­rio, ni depen­der de un edi­tor, ni siquiera imprim­ir para enseñar tus fotos. Podías dis­parar, edi­tar en un orde­nador rel­a­ti­va­mente modesto y com­par­tir en una web o una platafor­ma sin pedir per­miso a nadie. Los viejos guardianes del gus­to y la téc­ni­ca perdieron su monop­o­lio, y miles de voces visuales nuevas aparecieron de golpe. Era, y sigue sien­do, un panora­ma caóti­co, pero tam­bién tremen­da­mente vivo.

En esa época pre­via al reina­do abso­lu­to del móvil, las cámaras dig­i­tales ded­i­cadas vivieron su edad de oro. Mil­lones de com­pactas y réflex inun­daron el mer­ca­do, per­mi­tien­do que mucha gente se tomara la fotografía en serio por primera vez. Apren­der téc­ni­ca se volvió más sen­cil­lo: podías exper­i­men­tar, ver el resul­ta­do al momen­to, cor­re­gir al vue­lo. El miedo a equiv­o­carse se redu­jo tan­to que dis­parar en man­u­al dejó de ser una rareza y se con­vir­tió en un pequeño reto asum­i­ble. El pre­cio a pagar fue la pér­di­da de aque­l­la pausa forza­da que imponía el car­rete.​

El otro gran cam­bio fue el acce­so a la edi­ción dig­i­tal. Soft­ware como Pho­to­shop o, más tarde, Light­room, adop­tó muchos con­cep­tos del cuar­to oscuro clási­co, pero los llevó a un ter­reno donde las posi­bil­i­dades parecían infini­tas. Ya no se trata­ba solo de ajus­tar exposi­ción y con­traste, sino de manip­u­lar el pro­pio con­tenido de la ima­gen con una lib­er­tad que habría hecho tem­blar a cualquier purista del lab­o­ra­to­rio. Eso amplió las capaci­dades cre­ati­vas, pero tam­bién difuminó la fron­tera entre fotografía y ilus­tración. En cier­to sen­ti­do, democ­ra­tizó no solo el acto de dis­parar, sino tam­bién el de rein­ter­pre­tar la real­i­dad.

Infinitas fotos, atención finita

Dis­parar casi sin límite tiene un efec­to colat­er­al curioso: empezamos a val­o­rar menos cada ima­gen indi­vid­ual. Cuan­do sabes que puedes hac­er veinte varia­ciones de una mis­ma esce­na sin gas­tar más que un poco de batería, la tentación es dis­parar­lo todo y ya decidirás en casa. El prob­le­ma es que esa decisión se pospone una y otra vez, has­ta que el dis­co duro se con­vierte en un cemente­rio de RAWs que casi nun­ca reciben una mira­da aten­ta. La abun­dan­cia de fotos choca de frente con la escasez de tiem­po para edi­tar­las y dis­fru­tar­las.

En la era del car­rete, el fil­tro esta­ba en el prin­ci­pio del pro­ce­so: dis­parabas menos porque costa­ba dinero, tiem­po y esfuer­zo. Aho­ra el fil­tro, cuan­do existe, está al final, en la edi­ción. Pero muchos fotó­grafos, afi­ciona­dos y pro­fe­sion­ales, aca­ban des­bor­da­dos por la can­ti­dad de mate­r­i­al que gen­er­an. Esa sat­u­ración hace que, paradóji­ca­mente, la democ­ra­ti­zación del dis­paro no siem­pre se traduz­ca en una democ­ra­ti­zación del ver. Hace­mos más fotos que nun­ca, pero quizá vemos con menos aten­ción que antes.

Además, la cul­tura del “com­par­tir ya” empu­ja a una edi­ción ráp­i­da, casi impul­si­va. Ajustes automáti­cos, fil­tros instan­tá­neos, pub­li­ca­ciones en cade­na. El hor­i­zonte tem­po­ral de la foto se ha acor­ta­do: dura lo que dura en la pan­talla del otro, unos pocos segun­dos. En con­traste, una copia en papel o una dia­pos­i­ti­va bien guarda­da podían acom­pañarte años, inclu­so décadas. No es que el papel sea intrínse­ca­mente supe­ri­or, pero exige otra relación con la ima­gen, más lenta y con­sciente. Hoy esa relación es minori­taria frente a la avalan­cha de píx­e­les fugaces.

La bue­na noti­cia es que, den­tro de este caos, tam­bién hay opor­tu­nidades. Nada impi­de recu­per­ar hábitos del pasa­do en clave dig­i­tal: hac­er selec­ciones estric­tas, crear hojas de con­tac­tos vir­tuales, imprim­ir series cor­tas bien pen­sadas. La tec­nología no obliga a mal­tratar las fotos; somos nosotros los que, muchas veces, opta­mos por la vía ráp­i­da. La democ­ra­ti­zación nos da her­ramien­tas, pero la respon­s­abil­i­dad de usar­las con cri­te­rio sigue sien­do per­son­al.

Contactos y diapos en versión pixel

Aunque parez­ca men­ti­ra, casi todo lo que hacíamos con con­tac­tos y dia­pos­i­ti­vas sigue existien­do, solo que trans­for­ma­do. Los visores de cuadrícu­la en pro­gra­mas de edi­ción no dejan de ser hojas de con­tac­tos dig­i­tales: pan­e­les de miniat­uras donde podemos com­parar, selec­cionar, descar­tar de man­era ráp­i­da. La difer­en­cia es que aho­ra las her­ramien­tas per­miten fil­trar por metadatos, mar­car con estrel­las, col­ores, eti­que­tas. Es una hoja de con­tac­tos con esteroides, sin man­chas de quími­co, pero tam­bién sin ese com­po­nente tác­til que hacía el pro­ce­so tan mem­o­rable.

Proyec­tar fotografías tam­poco ha desa­pare­ci­do. Muchos fotó­grafos pre­sen­tan sus tra­ba­jos con proyec­tores de alta cal­i­dad o inclu­so con pan­tallas grandes que ofre­cen un niv­el de detalle impens­able en la era de la dia­pos­i­ti­va domés­ti­ca. Lo que ha cam­bi­a­do es el con­tex­to: ya no hace fal­ta con­vo­car a nadie en el salón; puedes emi­tir en stream­ing o subir un pase de dia­pos­i­ti­vas a una platafor­ma y lle­gar a gente de medio mun­do. Se ha dilu­i­do la intim­i­dad del proyec­tor en el salón, pero se ha ampli­a­do el alcance de la ima­gen a una escala que antes era cien­cia fic­ción.

Tam­bién han surgi­do nuevas for­mas de “con­tac­to” públi­co, como los feeds de redes donde enseñas el work in progress, las tomas descar­tadas o las prue­bas de ilu­mi­nación. En cier­to modo, la edi­ción se ha vuel­to más trans­par­ente, más com­par­ti­da. Aque­l­lo que antes qued­a­ba en la hoja de con­tac­tos pri­va­da aho­ra, a veces, for­ma parte del rela­to que cuen­tas sobre tu pro­ce­so. No es lo mis­mo que sen­tarse con un lápiz gra­so y mar­car cruces, pero es otra for­ma de diál­o­go entre el fotó­grafo, su archi­vo y su públi­co.

Lo intere­sante es que nada nos impi­de mezclar lo mejor de ambos mun­dos. Puedes seguir hacien­do hojas de con­tac­tos en papel, aunque dis­pares en dig­i­tal, o preparar sesiones de proyec­ción con cuida­do, dis­eñadas para ser vis­tas en un entorno cal­ma­do. La democ­ra­ti­zación tec­nológ­i­ca no obliga a renun­ciar al rit­u­al; sim­ple­mente lo hace opcional. El reto está en decidir qué rit­uales quer­e­mos con­ser­var y cuáles podemos dejar ir sin perder algo impor­tante de nues­tra for­ma de mirar.

Lo que ganamos, lo que perdimos

Lle­ga­dos a este pun­to, la con­clusión es menos tajante de lo que a veces apetece en una con­ver­sación de bar. La fotografía dig­i­tal, y su capaci­dad para dis­parar casi sin límite, ha abier­to la puer­ta a mil­lones de miradas que antes se habrían queda­do fuera por coste, por fal­ta de acce­so a lab­o­ra­to­rios o por pura intim­i­dación téc­ni­ca. Eso es un avance enorme, difí­cil de dis­cu­tir. Cualquiera puede explo­rar el lengua­je fotográ­fi­co sin arru­inarse a base de car­retes y copias de prue­ba.

Al mis­mo tiem­po, es evi­dente que hemos deja­do atrás una for­ma de hac­er y pen­sar fotografía car­ga­da de roman­ti­cis­mo, pero tam­bién de dis­ci­plina. La espera del rev­e­la­do, la prác­ti­ca de los con­tac­tos, la litur­gia de las dia­pos­i­ti­vas y el lab­o­ra­to­rio… todo eso imponía un rit­mo que favorecía cier­to tipo de mira­da con­cen­tra­da. No es que esa mira­da haya desa­pare­ci­do, pero aho­ra com­pite con un entorno donde la ima­gen es bara­ta, ubicua y con­stan­te­mente reem­plaz­able. La democ­ra­ti­zación trae rui­do, sí, pero tam­bién la posi­bil­i­dad de que, en medio de ese rui­do, aparez­can voces visuales sor­pren­dentes.​

La solu­ción, si es que hace fal­ta una, quizá no pasa por ide­alizar el pasa­do ni por abrazar sin críti­ca la avalan­cha dig­i­tal. Pasa por recu­per­ar con­scien­te­mente aque­l­las prác­ti­cas que nos ayud­a­ban a mirar mejor, adap­tadas al pre­sente: edi­tar con cal­ma, imprim­ir, revis­ar nue­stros archivos como si fuer­an hojas de con­tac­tos, com­par­tir proyec­tos pen­sa­dos y no solo ráfa­gas de pre­sente. La tec­nología nos ha dado dis­paros casi infini­tos; depende de nosotros que no se nos agote la aten­ción antes que la tar­je­ta.


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