El hombre que robó el tiempo: Edwin Land y la fotografía instantánea

Hay inven­tos que nacen en lab­o­ra­to­rios, entre ecua­ciones y finan­ciación mil­lonar­ia. Otros nacen de una pre­gun­ta de tres años. Edwin Her­bert Land pertenece a la segun­da cat­e­goría. Un hom­bre que dejó Har­vard antes de grad­uarse, que dor­mía poco y pens­a­ba demasi­a­do, que acu­muló más de 530 patentes a lo largo de su vida, solo super­a­do por Thomas Edi­son. Su his­to­ria es la de alguien que nun­ca se con­for­mó con lo que ya existía, y que por eso cam­bió para siem­pre la man­era en que guardamos la memo­ria.

Land nació el 7 de mayo de 1909 en Bridge­port, Con­necti­cut, hijo de un chatar­rero ucra­ni­ano que había emi­gra­do a Esta­dos Unidos. Des­de niño desmonta­ba relo­jes, quema­ba fusibles por acci­dente y prometía a su padre que nada ni nadie podría deten­er­le en sus exper­i­men­tos. Estudió físi­ca en Har­vard, pero la acad­e­mia le resultó demasi­a­do lenta. Se fue a Nue­va York, se encer­ró en la Bib­liote­ca Públi­ca y comen­zó a estu­di­ar por su cuen­ta las propiedades de la luz polar­iza­da. No tenía lab­o­ra­to­rio, ni dinero, ni títu­lo. Tenía curiosi­dad, y eso le bastó.

La luz que no deslumbra

En 1932, después de años de inves­ti­gación inde­pen­di­ente, Land con­sigu­ió alin­ear micro­cristales de sulfa­to de yodoquin­i­na den­tro de una lámi­na de plás­ti­co. El resul­ta­do era un fil­tro polar­izador sin­téti­co que elim­ina­ba los refle­jos y el deslum­bramien­to. Nadie lo había logra­do de for­ma prác­ti­ca y bara­ta antes. Jun­to a George Wheel­wright III, un instruc­tor de físi­ca de Har­vard, fundó los Lab­o­ra­to­rios Land-Wheel­wright en Boston ese mis­mo año. Cin­co años después, la empre­sa tomó un nom­bre nue­vo: Polaroid Cor­po­ra­tion.

El nego­cio ini­cial no era de cámaras. Eran gafas de sol, fil­tros para automóviles, visores para la indus­tria cin­e­matográ­fi­ca. Durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, los mil­itares esta­dounidens­es se con­virtieron en el cliente prin­ci­pal. Land desar­rol­ló instru­men­tos ópti­cos para reconocimien­to aéreo y tra­ba­jó como asesor en tec­nología de mis­iles guia­dos. Polaroid pros­peró, pero el gran inven­to todavía no había lle­ga­do. Y cuan­do lo hizo, empezó, como tan­tas cosas impor­tantes, con una pre­gun­ta de niño.

Una tarde en Santa Fe

En diciem­bre de 1943, Land esta­ba de vaca­ciones en San­ta Fe con su famil­ia. Sacó fotos de su hija Jen­nifer, de tres años, con su Rollei­flex. La niña quiso ver las imá­genes de inmedi­a­to. Land le explicó que había que esper­ar: rev­e­lar el neg­a­ti­vo, hac­er las copias, var­ios días de pro­ce­so. Jen­nifer no entendió por qué. Su padre tam­poco supo respon­der­le bien. Sal­ió a cam­i­nar por las calles de San­ta Fe al atarde­cer, con esa pre­gun­ta dan­do vueltas en la cabeza: ¿por qué no aho­ra mis­mo? En pocas horas había dis­eña­do men­tal­mente el sis­tema com­ple­to. Encon­tró a su abo­ga­do de patentes en el hotel y le dic­tó los fun­da­men­tos del pro­ce­so. De la pre­gun­ta a la solu­ción: unas seis horas.

Lo que Land con­cibió era rad­i­cal: com­prim­ir el cuar­to oscuro entero den­tro de un neg­a­ti­vo de pelícu­la. Una hoja foto­sen­si­ble que, al salir de la cámara y pasar por unos rodil­los, activa­ba un paque­te de reac­tivos quími­cos que rev­e­la­ban y fija­ban la ima­gen en menos de sesen­ta segun­dos. El neg­a­ti­vo se despe­ga­ba y lo que qued­a­ba era la fotografía, sin más pasos, sin más espera. Cua­tro años tardó en hac­er­lo fun­cionar de man­era fiable.

El asombro de febrero del 47

El 21 de febrero de 1947, Land subió al esce­nario de la reunión de la Sociedad Ópti­ca de Améri­ca en Nue­va York. Se fotografió a sí mis­mo, esperó un min­u­to y mostró la ima­gen resul­tante. El públi­co tardó un instante en reac­cionar. Luego lle­garon los aplau­sos y los jadeos de asom­bro. Los per­iódi­cos lla­maron al inven­to «rev­olu­cionario». La revista Life pub­licó el retra­to de Land como «fotografía de la sem­ana». La fotografía instan­tánea había lle­ga­do al mun­do, aunque todavía habría que esper­ar un año más para que cualquiera pudiera com­prar una cámara.

El 26 de noviem­bre de 1948, el Viernes Negro en Esta­dos Unidos, Polaroid puso a la ven­ta la primera cámara Land, el mod­e­lo 95, en los almacenes Jor­dan Marsh de Boston. Se agotó el mis­mo día. Durante los cin­co años sigu­ientes vendió 900.000 unidades. Era una cámara grande, de pelícu­la en blan­co y negro, con un pro­ce­so todavía algo engor­roso: había que pelar el neg­a­ti­vo a mano y aplicar un fijador quími­co sobre la copia. Pero daba lo que prometía: la foto esta­ba allí, lista, en un min­u­to.

La cumbre del SX-70

Durante los años cin­cuen­ta y sesen­ta, las cámaras Polaroid se fueron hacien­do más pequeñas, más baratas y más pop­u­lares. En 1963 llegó el Pola­col­or, la primera pelícu­la instan­tánea en col­or. El pro­ce­so era extra­or­di­nar­i­a­mente com­ple­jo: tres capas de emul­sión sen­si­bles al azul, al verde y al rojo, cada una con sus pro­pios col­orantes com­ple­men­tar­ios tra­ba­jan­do en per­fec­ta sin­cronía quími­ca. Fotó­grafos como Ansel Adams, Hel­mut New­ton o Andy Warhol empezaron a usar las cámaras Polaroid no por como­di­dad sino por plac­er estéti­co.

Pero la obra maes­tra de Land llegó en 1972 con la SX-70. Era una cámara réflex ple­gable de acero inox­id­able y cuero mar­rón que cabía en el bol­sil­lo de una cha­que­ta. En la pre­sentación ante los accionistas, Land la sacó del bol­sil­lo y en diez segun­dos hizo cin­co fotografías. Ningu­na cámara ante­ri­or podía hac­er eso. La ima­gen salía automáti­ca­mente, sin neg­a­ti­vo que pelar, sin quími­cos en los dedos, y se rev­e­la­ba sola, a ple­na luz, en diez min­u­tos. El peri­odista de Amer­i­can Pho­tog­ra­ph­er Sean Calla­han la llamó «el pro­duc­to de con­sumo más sofisti­ca­do e inno­vador de su tiem­po». La revista Time coin­cidió. Has­ta Charles y Ray Eames le dedi­caron un doc­u­men­tal por encar­go de Polaroid.

La empre­sa con­tro­la­ba dos ter­cios del mer­ca­do amer­i­cano de fotografía instan­tánea durante la déca­da de los seten­ta. Los ingre­sos no deja­ban de cre­cer. Pero pre­cisa­mente en ese momen­to de éxi­to máx­i­mo, Land cometió el error más cos­toso de su car­rera.

El desastre llamado Polavision

En 1977, con­ven­ci­do de que podía trasladar la magia de la ima­gen instan­tánea al vídeo domés­ti­co, Land lanzó la Polav­i­sion. Era un sis­tema de pelícu­la estrecha que per­mitía grabar y ver el resul­ta­do pocos min­u­tos después. El con­cep­to era bril­lante. La eje­cu­ción, no tan­to. La Polav­i­sion solo graba­ba dos min­u­tos y medio de vídeo, la ima­gen era oscu­ra y gran­u­la­da, no tenía sonido, y para ver­la nece­sitabas un apara­to visor conec­ta­do a la cor­ri­ente. Mien­tras tan­to, el VHS y el Beta­max ya llen­a­ban los com­er­cios con algo infini­ta­mente supe­ri­or. Los pro­pios inge­nieros de Polaroid habían adver­tido a Land que el mer­ca­do de Super 8 era demasi­a­do pequeño para absorber los costes de desar­rol­lo. Él no les hizo caso. La Polav­i­sion fue reti­ra­da del mer­ca­do en 1979, dos años después de su lan­za­mien­to. Las pér­di­das fueron enormes.

Ese fra­ca­so acel­eró la sal­i­da de Land de la empre­sa que había fun­da­do. En el ver­a­no de 1982, con 73 años, dejó Polaroid para siem­pre. Se fue sin ver el desen­lace de la deman­da que había inter­puesto con­tra Kodak en 1976 por infrac­ción de patentes de la pelícu­la en col­or instan­tánea. El fal­lo le daría la razón en 1985, obligan­do a Kodak a reti­rar sus pro­duc­tos del mer­ca­do mundi­al. Pero Land ya no esta­ba. Pasó sus últi­mos años en el Insti­tu­to Row­land de Har­vard, inves­ti­gan­do sobre per­cep­ción del col­or y teoría retinex, un cam­po cien­tí­fi­co que siem­pre le había fasci­na­do tan­to como la fotografía. Murió el 1 de mar­zo de 1991 en Cam­bridge, Mass­a­chu­setts.

El abismo digital

Polaroid sin Land sigu­ió fun­cio­nan­do durante una déca­da más. Los ingre­sos alcan­zaron su máx­i­mo históri­co de 3.000 mil­lones de dólares en 1991, el mis­mo año en que murió su fun­dador. Luego comen­zó la caí­da. Las cámaras dig­i­tales de Nikon y Canon gan­a­ban ter­reno. Los rol­los de 35mm eran más baratos y daban mejor cal­i­dad. El mod­e­lo de nego­cio de Polaroid —vender las cámaras bara­to y ganar con la pelícu­la— no tenía escap­a­to­ria frente a com­peti­dores que no nece­sita­ban pelícu­la. En octubre de 2001, Polaroid declaró la quiebra. La com­pró una sub­sidiaria de Bank One. El nue­vo dueño paró la fab­ri­cación del film instan­tá­neo alrede­dor de 2004, encar­gó stock sufi­ciente para durar has­ta 2013 y des­man­teló las máquinas que fab­ri­ca­ban los neg­a­tivos. En 2007 dejó de vender cámaras. En febrero de 2008 anun­ció el fin defin­i­ti­vo de la pelícu­la analóg­i­ca. Para entonces el propi­etario, Tom Pet­ters, acaba­ba de ser detenido por un esque­ma Ponzi mul­ti­mil­lonario. Polaroid parecía maldita.

El proyecto imposible

En los País­es Bajos, mien­tras cerra­ba la últi­ma fábri­ca de Polaroid en Enschede, el artista y empre­sario aus­tría­co Flo­ri­an Kaps cono­ció a André Bosman, un inge­niero que llev­a­ba tra­ba­jan­do con Polaroid des­de 1980. Ninguno de los dos podía acep­tar que aque­l­la tec­nología desa­pareciera para siem­pre. En 2008, con el empre­sario pola­co Sła­womir Smołkows­ki com­pran­do la fábri­ca por 3,1 mil­lones de dólares para man­ten­er­la viva, nació el Proyec­to Imposi­ble (The Impos­si­ble Project).

El nom­bre era lit­er­al. Las patentes del pro­ce­so quími­co no esta­ban inclu­idas en la com­pra. Los reac­tivos orig­i­nales ya no existían. Las fór­mu­las habían cam­bi­a­do. El equipo tuvo que rein­ven­tar prác­ti­ca­mente des­de cero la quími­ca de la pelícu­la instan­tánea. Los primeros car­tu­chos que sac­aron al mer­ca­do eran irreg­u­lares, sen­si­bles a la luz, impre­deci­bles. Pero la comu­nidad de afi­ciona­dos los com­pró igual­mente, los exper­i­men­tó, los colec­cionó. Había una deman­da real que nadie había sabido ver.

En 2017, el hijo del inver­sor pola­co, Oskar Smołkows­ki, adquir­ió la mar­ca Polaroid y creó Polaroid Orig­i­nals. En 2020, la trans­for­ma­ción se com­pletó: The Impos­si­ble Project se con­vir­tió ofi­cial­mente en Polaroid, pre­sen­tan­do la cámara Polaroid Now como primer mod­e­lo de la nue­va era. El cír­cu­lo se había cer­ra­do.

El regreso del cuadrado blanco

Lo que ha pasa­do des­de entonces resul­ta difí­cil de explicar solo con lóg­i­ca de mer­ca­do. El mer­ca­do glob­al de Polaroid esta­ba val­o­rado en aprox­i­mada­mente 2.930 mil­lones de dólares en 2024 y se espera que alcance los 5.720 mil­lones en 2033, con una tasa de crec­imien­to anu­al com­puesto del 8,3%. La gen­eración Z, que ha cre­ci­do rodea­da de pan­tallas, recla­ma obje­tos físi­cos, imper­fec­tos y úni­cos. Una fotografía dig­i­tal puede bor­rarse, edi­tarse, fil­trarse has­ta el infini­to. Una Polaroid no. Sale como sale, con sus dom­i­nantes de col­or ines­per­adas, su gra­no, su enmar­ca­do en blan­co. Y eso, en un mun­do de per­fec­ción algo­rít­mi­ca, tiene un val­or que ningu­na apli­cación puede fab­ricar.

Las cámaras actuales como la Polaroid Now+ Gen 2 inte­gran conec­tivi­dad Blue­tooth y fil­tros con­tro­lables des­de el móvil, sin renun­ciar a la pelícu­la físi­ca. Las edi­ciones lim­i­tadas en colab­o­ración con artis­tas y mar­cas se agotan en horas. Los fes­ti­vales de músi­ca, las bodas, los cumpleaños se llenan de ese incon­fundible sonido de motor expul­san­do una ima­gen en blan­co que lenta­mente se va llenan­do de col­or. Edwin Land nun­ca hubiera imag­i­na­do que su inven­to acabaría sien­do sub­ver­si­vo. Pero lo es: en 2026, fotografi­ar con una Polaroid es un acto de resisten­cia con­tra la veloci­dad.

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