Flashback ONE35: fotografía lenta revolucionaria

2025-11-28

La frustración como característica de diseño

Hay algo pro­fun­da­mente iróni­co en que dos uni­ver­si­tar­ios aus­tralianos hayan con­segui­do recau­dar 800.000 dólares en Kick­starter ven­di­en­do la idea de que la fotografía debería ser más lenta, más lim­i­ta­da y más frus­trante. En ple­na era de la grat­i­fi­cación instan­tánea, donde hace­mos quinien­tas fotos de un pla­to de pas­ta antes de subir­la a Insta­gram, Kel­ric Mullen y Macken­zie Sal­is­bury pro­po­nen exac­ta­mente lo con­trario: una cámara dig­i­tal que te obliga a esper­ar un día entero para ver tus fotografías, que te limi­ta a 27 dis­paros antes de ten­er que «rev­e­lar» el car­rete vir­tu­al, y que no tiene abso­lu­ta­mente ningu­na pan­talla donde com­pro­bar si esa foto sal­ió bien o malísi­ma. Bien­venidos al uni­ver­so de Flash­back, donde el futuro de la fotografía con­siste paradóji­ca­mente en volver al pasa­do, pero sin los resid­u­os plás­ti­cos ni los gas­tos des­or­bita­dos del rev­e­la­do quími­co.

La his­to­ria arran­ca en 2022, cuan­do estos dos ami­gos se dieron cuen­ta de algo tan obvio como depri­mente: nadie se lo pasa­ba bien en las fies­tas porque todo el mun­do esta­ba pega­do a su telé­fono. Tras meses de trasnochar en un gara­je aus­traliano con­struyen­do pro­toti­pos que prob­a­ble­mente parecían sali­dos de un episo­dio de «El Gara­je de Char­lie», crearon la primera ver­sión de la Flash­back ONE35. El con­cep­to era tan sen­cil­lo como rad­i­cal: imi­tar la expe­ri­en­cia com­ple­ta de usar una cámara desech­able analóg­i­ca, pero sin des­perdi­ciar plás­ti­co ni ten­er que gas­tarte una for­tu­na en car­retes y rev­e­la­do. En mayo de 2023 lan­zaron su cam­paña en Kick­starter y alcan­zaron los 80.000 dólares en los primeros trece min­u­tos. Para cuan­do cer­raron la cam­paña habían super­a­do el medio mil­lón. Actual­mente han ven­di­do más de 50.000 cámaras que han via­ja­do a 68 país­es difer­entes, y sus usuar­ios han cap­tura­do más de 10 mil­lones de fotografías.

Lo fasci­nante del asun­to no es tan­to el pro­duc­to en sí —que bási­ca­mente con­siste en meter un sen­sor dig­i­tal de 13 megapíx­e­les den­tro de una car­casa que parece saca­da de 1998— sino el fenó­meno soci­ológi­co que rep­re­sen­ta. Porque la Flash­back ONE35 no com­pite real­mente con tu iPhone 16 Pro Max ni con ningu­na cámara dig­i­tal con­ven­cional. Com­pite con la ansiedad, con el sín­drome del dedo en el gatil­lo fotográ­fi­co, con esa com­pul­sión mod­er­na de doc­u­men­tar abso­lu­ta­mente todo para luego no mirar nun­ca esas 47.000 fotos que tienes alma­ce­nadas en la nube. La prop­ues­ta de Flash­back es delib­er­ada­mente incó­mo­da: te obliga a pen­sar antes de dis­parar porque sólo tienes 27 fotos por «car­rete», te impi­de revis­ar obsesi­va­mente el resul­ta­do porque no hay pan­talla, y te hace esper­ar 24 horas antes de poder ver qué has cap­tura­do porque las imá­genes tienen que «rev­e­larse» en sus servi­dores. Es como si alguien hubiera dis­eña­do una cámara especí­fi­ca­mente para sacarte de tu zona de con­fort dig­i­tal.

La estéti­ca de la Flash­back ONE35 es puro fetichis­mo nos­tál­gi­co. Parece exac­ta­mente lo que es: una cámara desech­able de las que com­prábamos en cualquier gaso­lin­era para lle­varnos de excur­sión a finales de los noven­ta. Tiene un visor ópti­co dimin­u­to, un flash de xenón que se acti­va con un pequeño inter­rup­tor lat­er­al, una ruedecita mecáni­ca para «avan­zar el car­rete» que hace un clac sat­is­fac­to­rio cada vez que la giras, y abso­lu­ta­mente ningún con­trol más allá del botón del obtu­rador. Viene en ocho col­ores difer­entes, incluyen­do dos ver­siones translú­ci­das en naran­ja y turque­sa que dejan ver las tri­pas elec­tróni­cas del apara­to. No pesa prác­ti­ca­mente nada, cabe per­fec­ta­mente en un bol­sil­lo, y si no fuera porque se car­ga por USB‑C podrías per­fec­ta­mente con­fundirla con una reliquia autén­ti­ca de la era pre-dig­i­tal.

Pero donde la cosa se pone real­mente intere­sante es en el flu­jo de tra­ba­jo, que los fun­dadores lla­man «la expe­ri­en­cia com­ple­ta de la pelícu­la analóg­i­ca». Primero tienes que descar­gar la apli­cación de Flash­back en tu móvil y empare­jar­la con la cámara vía Wi-Fi o Blue­tooth. Luego «car­gas» un car­rete vir­tu­al eligien­do entre difer­entes emu­la­ciones de pelícu­la: hay una ver­sión en col­or, otra en blan­co y negro, y recien­te­mente han aña­di­do fil­tros inspi­ra­dos en pelícu­las Lomo turque­sa e infrar­ro­jo. A par­tir de ahí tienes exac­ta­mente 27 dis­paros, igual que un car­rete con­ven­cional de 35mm. Cada vez que haces una foto tienes que girar man­ual­mente la rue­da de avance del car­rete, lo cual no tiene abso­lu­ta­mente ningu­na fun­ción téc­ni­ca pero añade esa sen­sación tác­til que te recuer­da que estás usan­do algo difer­ente. Cuan­do ter­mi­nas tu «car­rete» —o cuan­do decides que has acaba­do aunque no hayas gas­ta­do las 27 exposi­ciones— tienes que «descar­gar­lo» de la cámara a la apli­cación, que después envía las imá­genes a los servi­dores de Flash­back para su «rev­e­la­do».​​

Y aquí viene la parte que o te parece bril­lante o te parece una idiotez mon­u­men­tal, depen­di­en­do de tu tol­er­an­cia a la grat­i­fi­cación diferi­da: en el modo Clas­sic tienes que esper­ar 24 horas para ver tus fotos. Durante ese tiem­po las imá­genes están sien­do «proce­sadas» en la nube, donde el soft­ware de Flash­back les apli­ca las emu­la­ciones de gra­no, el ran­go dinámi­co y las aber­ra­ciones cromáti­cas propias de la pelícu­la analóg­i­ca que hayas elegi­do. La idea, según sus creadores, es recrear esa sen­sación de antic­i­pación que exper­i­men­tábamos cuan­do dejábamos un car­rete en la tien­da de rev­e­la­do y teníamos que volver al día sigu­iente sin saber si las fotos habían sali­do bien o eran un desas­tre bor­roso. Es delib­er­ada­mente molesto, inten­cionada­mente lento, y pre­cisa­mente por eso fun­ciona como con­tra­ve­neno a la inmedi­atez dig­i­tal que nos tiene a todos medio neuróti­cos.

Claro que si la espera te parece inso­portable —o si sim­ple­mente tienes prisa por saber si cap­taste ese momen­to efímero— la ver­sión 2 de la cámara ha incor­po­ra­do el modo Digi­cam que te per­mite ver las fotos inmedi­ata­mente después de trans­ferir­las a la apli­cación. Este modo tam­bién está disponible para los usuar­ios de la ver­sión orig­i­nal medi­ante actu­al­ización de soft­ware, lo cual dice mucho sobre cómo Flash­back ha ido adap­tán­dose al feed­back de sus más de 50.000 clientes. Porque resul­ta que no todo el mun­do está dis­puesto a sopor­tar el roman­ti­cis­mo del pro­ce­so analógi­co cuan­do lo que quieres es sim­ple­mente com­pro­bar que la foto de grupo de tu cumpleaños no ha sali­do con todo el mun­do parpade­an­do.

La cámara Flashback One35

La evolución hardware: de la novedad al producto maduro

La Flash­back ONE35 V2, lan­za­da en octubre de 2025, supone una revisión com­ple­ta del dis­eño orig­i­nal «des­de cero», según sus creadores. El sen­sor ha pasa­do de ten­er una res­olu­ción no especi­fi­ca­da a con­tar con 13 megapíx­e­les y may­or ran­go dinámi­co. Aho­ra tam­bién es posi­ble guardar las imá­genes en for­ma­to RAW (conc­re­ta­mente DNG), lo cual abre la puer­ta a edi­tar­las pos­te­ri­or­mente con más con­trol sobre el aspec­to final. La trans­fer­en­cia de fotos es el doble de ráp­i­da que en la primera ver­sión y se ha aña­di­do la posi­bil­i­dad de conec­tar la cámara direc­ta­mente a un orde­nador medi­ante cable USB‑C o Light­ning, sin pasar nece­sari­a­mente por la apli­cación del móvil. La batería, que se car­ga por USB‑C, dura supues­ta­mente dos meses con un uso nor­mal, aunque esto depende obvi­a­mente de cuán­to uses el flash. El pre­cio se ha man­tenido rel­a­ti­va­mente ase­quible: 119 dólares para la ver­sión 2, lo cual la sitúa muy por deba­jo del coste de usar cámaras desech­ables reales con­sideran­do el gas­to acu­mu­la­do en car­retes y rev­e­la­do.​​

Porque esa es quizá la clave del éxi­to com­er­cial de Flash­back: ofrece la expe­ri­en­cia estéti­ca y emo­cional de la fotografía analóg­i­ca sin su prin­ci­pal incon­ve­niente económi­co y ecológi­co. Una cámara desech­able con­ven­cional cues­ta entre 15 y 20 euros, te da entre 24 y 36 dis­paros, y luego tienes que pagar otros 10–15 euros por el rev­e­la­do y el escanea­do de las imá­genes. Si dis­paras un car­rete al mes estás gas­tan­do fácil­mente 300–400 euros al año. La Flash­back, por 119 dólares, te per­mite hac­er miles de fotos y el úni­co coste recur­rente es el tiem­po de espera si usas el modo Clas­sic. Además, al ser com­ple­ta­mente reuti­liz­able, elim­i­nas todo el resid­uo plás­ti­co que gen­er­an las desech­ables tradi­cionales. No es casu­al­i­dad que en 2024 la cámara ganara un Good Design Award en la cat­e­goría de dis­eño de pro­duc­to pre­cisa­mente por com­bi­nar inno­vación con sosteni­bil­i­dad.

Pero el fenó­meno Flash­back no puede enten­der­se ais­lada­mente. Es parte de una olea­da mucho más amplia de res­ur­rec­ción de la fotografía analóg­i­ca y las estéti­cas retro que está arrasan­do espe­cial­mente entre la Gen­eración Z y los mil­len­ni­als tardíos. En Insta­gram, hash­tags como #film­pho­tog­ra­phy o #35mmfilm acu­mu­lan mil­lones de pub­li­ca­ciones, y mar­cas como Kodak y Fuji­film han tenido que aumen­tar dramáti­ca­mente su pro­duc­ción de car­retes después de años de caí­da libre. A niv­el glob­al se vendieron más de 20 mil­lones de rol­los de pelícu­la fotográ­fi­ca en 2023, un aumen­to del 15% respec­to al año ante­ri­or. Fuji­film anun­ció en 2023 una inver­sión de 30 mil­lones de dólares para aumen­tar su pro­duc­ción de pelícu­la Instax en un 30%. Kodak, por su parte, ase­gu­ra que su insta­lación de Rochester —la úni­ca que les que­da oper­a­ti­va— es aho­ra la más efi­ciente que han tenido nun­ca y que téc­ni­ca­mente podría mul­ti­plicar por diez su pro­duc­ción si la deman­da sigu­iera cre­cien­do.

La pre­gun­ta intere­sante es: ¿por qué? ¿Por qué una gen­eración que ha cre­ci­do con smart­phones capaces de hac­er fotografía com­puta­cional con inteligen­cia arti­fi­cial, que puede edi­tar imá­genes al instante con fil­tros infini­tos, que tiene acce­so ilim­i­ta­do a tuto­ri­ales de fotografía en YouTube, decide súbita­mente que lo que real­mente quiere es una cámara que hace fotos gran­u­ladas, desen­fo­cadas, con col­ores raros y sin ningún con­trol sobre el resul­ta­do final? Las expli­ca­ciones son múlti­ples y prob­a­ble­mente todas cier­tas simultánea­mente.

Está, en primer lugar, la reac­ción con­tra el per­fec­cionis­mo dig­i­tal. Las redes sociales han crea­do una cul­tura visu­al obse­sion­a­da con la per­fec­ción: encuadres mil­imétri­cos, pieles sin poros, sat­u­ra­ciones estu­di­adas al detalle. Frente a eso, la fotografía analóg­i­ca —o su sim­u­lación dig­i­tal— ofrece exac­ta­mente lo con­trario: lim­itación, sor­pre­sa, error. Con el car­rete hay menos fotos, lo cual obliga a pen­sar antes de dis­parar y otor­ga a cada ima­gen más impor­tan­cia. No se puede hac­er «foto­spam» cuan­do sólo tienes 27 dis­paros disponibles. Y el resul­ta­do, con su gra­no vis­i­ble, sus fugas de luz oca­sion­ales, su ran­go dinámi­co imper­fec­to, tiene una tex­tu­ra orgáni­ca que se siente más «real» y menos man­u­fac­tura­da que la clar­i­dad hiper­re­al­ista de los sen­sores dig­i­tales mod­er­nos.

Hay tam­bién un com­po­nente de nos­tal­gia gen­era­cional, aunque resul­ta paradóji­co hablar de nos­tal­gia en per­sonas que téc­ni­ca­mente nun­ca vivieron la era analóg­i­ca. La Gen­eración Z no tiene recuer­dos per­son­ales de lle­var car­retes a rev­e­lar en la far­ma­cia, pero sí ha hereda­do esa estéti­ca a través de las fotos de sus padres, de las pelícu­las de los noven­ta, de toda una icono­grafía visu­al aso­ci­a­da a una época pre-dig­i­tal que se percibe como más autén­ti­ca, más tan­gi­ble, más vivi­da. Es la mis­ma lóg­i­ca que expli­ca el resurgimien­to del vini­lo entre gente que nun­ca tuvo un tocadis­cos. No se tra­ta de volver lit­eral­mente al pasa­do sino de recu­per­ar cier­ta mate­ri­al­i­dad, cier­to peso, cier­ta expe­ri­en­cia sen­so­r­i­al que la dig­i­tal­ización ha des­ma­te­ri­al­iza­do has­ta hac­er­la invis­i­ble.

El software para "revelar" de la cámara Flashback One35

Velocidad, privacidad y la búsqueda de lo intencional

Y luego está la cuestión del tiem­po y la aten­ción, que es prob­a­ble­mente el motor más pro­fun­do de todo este movimien­to. Vivi­mos en una cul­tura de la instan­ta­nei­dad donde todo tiene que pasar ya, donde la grat­i­fi­cación debe ser inmedi­a­ta, donde el sim­ple hecho de esper­ar se percibe como un fal­lo del sis­tema. La fotografía dig­i­tal con smart­phone ha lle­va­do esto al extremo: haces la foto, la ves inmedi­ata­mente, la edi­tas sobre la mar­cha, la subes a Insta­gram en cuestión de segun­dos. El ciclo com­ple­to dura menos de un min­u­to. Y pre­cisa­mente por eso resul­ta tan fácil olvi­dar­la, porque no ha habido ningún pro­ce­so, ningu­na antic­i­pación, ningu­na impli­cación emo­cional más allá del impul­so ini­cial de doc­u­men­tar. La Flash­back ONE35 rompe delib­er­ada­mente ese ciclo inser­tan­do fric­ción en el pro­ce­so: tienes que pen­sar qué dis­parar porque los dis­paros son lim­i­ta­dos, no puedes revis­ar com­pul­si­va­mente el resul­ta­do porque no hay pan­talla, y tienes que esper­ar para ver el resul­ta­do final. Esa espera, lejos de ser un defec­to, es pre­cisa­mente lo que hace que las fotografías importen más.

El fotó­grafo Gar­ry Wino­grand llevó esta filosofía al extremo: cuan­do murió en 1984 dejó tras de sí aprox­i­mada­mente 2.500 rol­los de pelícu­la sin rev­e­lar, 4.100 rol­los rev­e­la­dos pero nun­ca pos­i­ti­va­dos, y otros 3.000 rol­los pos­i­ti­va­dos pero sin edi­tar. Su razon­amien­to era que nece­sita­ba dis­tan­cia tem­po­ral entre el momen­to de hac­er la fotografía y el de eval­u­ar­la, para elim­i­nar cualquier apego emo­cional al momen­to y poder juz­gar la ima­gen obje­ti­va­mente. La Flash­back ONE35 no lle­ga a tan­to, obvi­a­mente, pero el prin­ci­pio es sim­i­lar: sep­a­rar la cap­tura de la visu­al­ización para recu­per­ar algo de clar­i­dad sobre lo que real­mente impor­ta.

No todo el mun­do está con­ven­ci­do, claro. Las reseñas de la cámara oscilan entre el entu­si­as­mo y la per­ple­ji­dad irri­ta­da. Por un lado están los que cel­e­bran su sim­pli­ci­dad lib­er­ado­ra, la cal­i­dad de las emu­la­ciones de pelícu­la, y esa sen­sación gen­uina de estar usan­do algo espe­cial cada vez que sacas la cámara. Por otro lado están los que se que­jan de que el rendimien­to en baja luz es ter­ri­ble —cosa lóg­i­ca con­sideran­do que usa un sen­sor dimin­u­to y un obje­ti­vo fijo— de que la apli­cación es a veces erráti­ca, y sobre todo de que depen­der de los servi­dores de Flash­back para «rev­e­lar» las fotos plantea prob­le­mas tan­to de con­ve­nien­cia como de pri­vaci­dad. Porque efec­ti­va­mente, todas tus imá­genes pasan por sus servi­dores antes de lle­gar a tu telé­fono, lo cual sig­nifi­ca que téc­ni­ca­mente Flash­back tiene acce­so a cada foto que haces. Para algunos esto es un pre­cio acept­able por la expe­ri­en­cia com­ple­ta; para otros es un deal­break­er abso­lu­to.

Tam­bién existe un debate sobre si todo esto no es más que una moda pasajera des­ti­na­da a ago­tarse en cuan­to pase la novedad. Después de todo, el mer­ca­do ya está sat­u­ra­do de alter­na­ti­vas sim­i­lares: la Camp Snap, una cámara sin pan­talla de 8 megapíx­e­les dis­eña­da orig­i­nal­mente para cam­pa­men­tos de ver­a­no amer­i­canos donde no se per­miten dis­pos­i­tivos elec­tróni­cos; la Paper Shoot, con­stru­i­da con mate­ri­ales reci­clables y con car­casas inter­cam­bi­ables; el Echolens; y una infinidad de clones chi­nos que prom­e­ten la mis­ma expe­ri­en­cia por una frac­ción del pre­cio. Todas com­piten en el mis­mo nicho de «fotografía lo-fi dig­i­tal», todas prom­e­ten lib­er­arte de la tiranía de las pan­tallas, y todas se enfrentan al mis­mo dile­ma exis­ten­cial: ¿cuán­ta gente está real­mente dis­pues­ta a sac­ri­ficar cal­i­dad y con­ve­nien­cia a cam­bio de una expe­ri­en­cia más «autén­ti­ca»?

La respues­ta, al menos por aho­ra, parece ser: bas­tante más de lo que cabría esper­ar. En noviem­bre de 2024, Mullen y Sal­is­bury aparecieron en Shark Tank Aus­tralia bus­can­do inver­sión. Pedían 500.000 dólares aus­tralianos a cam­bio del 7% de la empre­sa. Max­ine Horne, fun­dado­ra de Vita Group, les ofre­ció esa can­ti­dad pero por el 20% de la com­pañía. Después de nego­ciar lle­garon a un acuer­do por el 10%. David Fog­a­r­ty, otro de los tiburones del pro­gra­ma, cal­i­ficó la Flash­back como «el mejor pro­duc­to para regalar que he vis­to» y predi­jo que sus creadores acabarían sien­do mil­lonar­ios. Flash­back proyec­ta fac­turar 15 mil­lones de dólares en los próx­i­mos doce meses, impul­sa­dos prin­ci­pal­mente por las ven­tas navideñas. No está nada mal para un pro­duc­to que bási­ca­mente con­siste en hac­er que la fotografía sea más difí­cil de lo que ten­dría que ser.

Fotografía hoy, ve tus fotos mañana con la cámara Flashback One35

El síntoma de una generación harta de algoritmos

Al final, la his­to­ria de Flash­back ONE35 cuen­ta menos sobre tec­nología que sobre nue­stro momen­to cul­tur­al. Vivi­mos rodea­d­os de dis­pos­i­tivos que prom­e­ten hac­er­nos la vida más fácil, más ráp­i­da, más efi­ciente. Y sin embar­go cada vez más gente bus­ca exac­ta­mente lo con­trario: her­ramien­tas que intro­duz­can fric­ción, que nos oblig­uen a ir más despa­cio, que nos hagan pen­sar antes de actu­ar. Es el mis­mo impul­so que expli­ca el auge de los cuader­nos analógi­cos en la era de Notion, la pop­u­lar­i­dad de las máquinas de escribir mecáni­cas entre escritores jóvenes, o el resurgimien­to de los relo­jes de cuer­da man­u­al cuan­do todos lle­va­mos en el bol­sil­lo un cronómetro atómi­co sin­croniza­do con satélites. No se tra­ta de rec­haz­ar la tec­nología sino de recu­per­ar cier­ta inten­cional­i­dad, cier­to peso, cier­ta pres­en­cia que la efi­cien­cia dig­i­tal ha dis­uel­to.

La Flash­back ONE35 no es obje­ti­va­mente mejor que tu smart­phone para hac­er fotografías. Su sen­sor es minús­cu­lo, su ópti­ca es mediocre, no tiene ningún con­trol man­u­al, y el resul­ta­do final depende de algo­rit­mos de proce­samien­to en servi­dores remo­tos. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que te obliga a salir del automa­tismo, a prestar aten­ción, a estar real­mente pre­sente en el momen­to que estás fotografian­do en lugar de vivir­lo a través de una pan­talla. Y cuan­do final­mente ves las fotos —ya sea inmedi­ata­mente o después de 24 horas de espera— tienen ese gra­no car­ac­terís­ti­co, esos col­ores lig­era­mente desvi­a­dos, esas imper­fec­ciones delib­er­adas que hacen que se parez­can a recuer­dos reales en lugar de a ren­ders dig­i­tales per­fec­ciona­dos.

Quizá den­tro de cin­co años todo esto nos parez­ca una rareza, una moda absur­da de medi­a­dos de los 2020 que desa­pare­ció tan ráp­i­da­mente como llegó. O quizá, por el con­trario, esta­mos vien­do el ini­cio de un cam­bio más pro­fun­do en nues­tra relación con la tec­nología, donde volve­mos a val­o­rar lo lento sobre lo rápi­do, lo lim­i­ta­do sobre lo infini­to, lo imper­fec­to sobre lo puli­do. Kel­ric Mullen y Macken­zie Sal­is­bury no tienen una respues­ta defin­i­ti­va, pero mien­tras tan­to siguen ven­di­en­do cámaras a un rit­mo que ni ellos mis­mos esper­a­ban. Porque resul­ta que en pleno 2025, cuan­do puedes hac­er fotografía com­puta­cional con inteligen­cia arti­fi­cial des­de tu telé­fono, hay muchísi­ma gente que lo que real­mente quiere es sim­ple­mente volver a ese momen­to en que hac­er una foto era espe­cial, lim­i­ta­do, y requería pen­sar antes de apre­tar el botón. Y si eso impli­ca esper­ar 24 horas para ver el resul­ta­do, pues que así sea.