La frustración como característica de diseño
Hay algo profundamente irónico en que dos universitarios australianos hayan conseguido recaudar 800.000 dólares en Kickstarter vendiendo la idea de que la fotografía debería ser más lenta, más limitada y más frustrante. En plena era de la gratificación instantánea, donde hacemos quinientas fotos de un plato de pasta antes de subirla a Instagram, Kelric Mullen y Mackenzie Salisbury proponen exactamente lo contrario: una cámara digital que te obliga a esperar un día entero para ver tus fotografías, que te limita a 27 disparos antes de tener que «revelar» el carrete virtual, y que no tiene absolutamente ninguna pantalla donde comprobar si esa foto salió bien o malísima. Bienvenidos al universo de Flashback, donde el futuro de la fotografía consiste paradójicamente en volver al pasado, pero sin los residuos plásticos ni los gastos desorbitados del revelado químico.
La historia arranca en 2022, cuando estos dos amigos se dieron cuenta de algo tan obvio como deprimente: nadie se lo pasaba bien en las fiestas porque todo el mundo estaba pegado a su teléfono. Tras meses de trasnochar en un garaje australiano construyendo prototipos que probablemente parecían salidos de un episodio de «El Garaje de Charlie», crearon la primera versión de la Flashback ONE35. El concepto era tan sencillo como radical: imitar la experiencia completa de usar una cámara desechable analógica, pero sin desperdiciar plástico ni tener que gastarte una fortuna en carretes y revelado. En mayo de 2023 lanzaron su campaña en Kickstarter y alcanzaron los 80.000 dólares en los primeros trece minutos. Para cuando cerraron la campaña habían superado el medio millón. Actualmente han vendido más de 50.000 cámaras que han viajado a 68 países diferentes, y sus usuarios han capturado más de 10 millones de fotografías.
Lo fascinante del asunto no es tanto el producto en sí —que básicamente consiste en meter un sensor digital de 13 megapíxeles dentro de una carcasa que parece sacada de 1998— sino el fenómeno sociológico que representa. Porque la Flashback ONE35 no compite realmente con tu iPhone 16 Pro Max ni con ninguna cámara digital convencional. Compite con la ansiedad, con el síndrome del dedo en el gatillo fotográfico, con esa compulsión moderna de documentar absolutamente todo para luego no mirar nunca esas 47.000 fotos que tienes almacenadas en la nube. La propuesta de Flashback es deliberadamente incómoda: te obliga a pensar antes de disparar porque sólo tienes 27 fotos por «carrete», te impide revisar obsesivamente el resultado porque no hay pantalla, y te hace esperar 24 horas antes de poder ver qué has capturado porque las imágenes tienen que «revelarse» en sus servidores. Es como si alguien hubiera diseñado una cámara específicamente para sacarte de tu zona de confort digital.
La estética de la Flashback ONE35 es puro fetichismo nostálgico. Parece exactamente lo que es: una cámara desechable de las que comprábamos en cualquier gasolinera para llevarnos de excursión a finales de los noventa. Tiene un visor óptico diminuto, un flash de xenón que se activa con un pequeño interruptor lateral, una ruedecita mecánica para «avanzar el carrete» que hace un clac satisfactorio cada vez que la giras, y absolutamente ningún control más allá del botón del obturador. Viene en ocho colores diferentes, incluyendo dos versiones translúcidas en naranja y turquesa que dejan ver las tripas electrónicas del aparato. No pesa prácticamente nada, cabe perfectamente en un bolsillo, y si no fuera porque se carga por USB‑C podrías perfectamente confundirla con una reliquia auténtica de la era pre-digital.
Pero donde la cosa se pone realmente interesante es en el flujo de trabajo, que los fundadores llaman «la experiencia completa de la película analógica». Primero tienes que descargar la aplicación de Flashback en tu móvil y emparejarla con la cámara vía Wi-Fi o Bluetooth. Luego «cargas» un carrete virtual eligiendo entre diferentes emulaciones de película: hay una versión en color, otra en blanco y negro, y recientemente han añadido filtros inspirados en películas Lomo turquesa e infrarrojo. A partir de ahí tienes exactamente 27 disparos, igual que un carrete convencional de 35mm. Cada vez que haces una foto tienes que girar manualmente la rueda de avance del carrete, lo cual no tiene absolutamente ninguna función técnica pero añade esa sensación táctil que te recuerda que estás usando algo diferente. Cuando terminas tu «carrete» —o cuando decides que has acabado aunque no hayas gastado las 27 exposiciones— tienes que «descargarlo» de la cámara a la aplicación, que después envía las imágenes a los servidores de Flashback para su «revelado».
Y aquí viene la parte que o te parece brillante o te parece una idiotez monumental, dependiendo de tu tolerancia a la gratificación diferida: en el modo Classic tienes que esperar 24 horas para ver tus fotos. Durante ese tiempo las imágenes están siendo «procesadas» en la nube, donde el software de Flashback les aplica las emulaciones de grano, el rango dinámico y las aberraciones cromáticas propias de la película analógica que hayas elegido. La idea, según sus creadores, es recrear esa sensación de anticipación que experimentábamos cuando dejábamos un carrete en la tienda de revelado y teníamos que volver al día siguiente sin saber si las fotos habían salido bien o eran un desastre borroso. Es deliberadamente molesto, intencionadamente lento, y precisamente por eso funciona como contraveneno a la inmediatez digital que nos tiene a todos medio neuróticos.
Claro que si la espera te parece insoportable —o si simplemente tienes prisa por saber si captaste ese momento efímero— la versión 2 de la cámara ha incorporado el modo Digicam que te permite ver las fotos inmediatamente después de transferirlas a la aplicación. Este modo también está disponible para los usuarios de la versión original mediante actualización de software, lo cual dice mucho sobre cómo Flashback ha ido adaptándose al feedback de sus más de 50.000 clientes. Porque resulta que no todo el mundo está dispuesto a soportar el romanticismo del proceso analógico cuando lo que quieres es simplemente comprobar que la foto de grupo de tu cumpleaños no ha salido con todo el mundo parpadeando.

La evolución hardware: de la novedad al producto maduro
La Flashback ONE35 V2, lanzada en octubre de 2025, supone una revisión completa del diseño original «desde cero», según sus creadores. El sensor ha pasado de tener una resolución no especificada a contar con 13 megapíxeles y mayor rango dinámico. Ahora también es posible guardar las imágenes en formato RAW (concretamente DNG), lo cual abre la puerta a editarlas posteriormente con más control sobre el aspecto final. La transferencia de fotos es el doble de rápida que en la primera versión y se ha añadido la posibilidad de conectar la cámara directamente a un ordenador mediante cable USB‑C o Lightning, sin pasar necesariamente por la aplicación del móvil. La batería, que se carga por USB‑C, dura supuestamente dos meses con un uso normal, aunque esto depende obviamente de cuánto uses el flash. El precio se ha mantenido relativamente asequible: 119 dólares para la versión 2, lo cual la sitúa muy por debajo del coste de usar cámaras desechables reales considerando el gasto acumulado en carretes y revelado.
Porque esa es quizá la clave del éxito comercial de Flashback: ofrece la experiencia estética y emocional de la fotografía analógica sin su principal inconveniente económico y ecológico. Una cámara desechable convencional cuesta entre 15 y 20 euros, te da entre 24 y 36 disparos, y luego tienes que pagar otros 10–15 euros por el revelado y el escaneado de las imágenes. Si disparas un carrete al mes estás gastando fácilmente 300–400 euros al año. La Flashback, por 119 dólares, te permite hacer miles de fotos y el único coste recurrente es el tiempo de espera si usas el modo Classic. Además, al ser completamente reutilizable, eliminas todo el residuo plástico que generan las desechables tradicionales. No es casualidad que en 2024 la cámara ganara un Good Design Award en la categoría de diseño de producto precisamente por combinar innovación con sostenibilidad.
Pero el fenómeno Flashback no puede entenderse aisladamente. Es parte de una oleada mucho más amplia de resurrección de la fotografía analógica y las estéticas retro que está arrasando especialmente entre la Generación Z y los millennials tardíos. En Instagram, hashtags como #filmphotography o #35mmfilm acumulan millones de publicaciones, y marcas como Kodak y Fujifilm han tenido que aumentar dramáticamente su producción de carretes después de años de caída libre. A nivel global se vendieron más de 20 millones de rollos de película fotográfica en 2023, un aumento del 15% respecto al año anterior. Fujifilm anunció en 2023 una inversión de 30 millones de dólares para aumentar su producción de película Instax en un 30%. Kodak, por su parte, asegura que su instalación de Rochester —la única que les queda operativa— es ahora la más eficiente que han tenido nunca y que técnicamente podría multiplicar por diez su producción si la demanda siguiera creciendo.
La pregunta interesante es: ¿por qué? ¿Por qué una generación que ha crecido con smartphones capaces de hacer fotografía computacional con inteligencia artificial, que puede editar imágenes al instante con filtros infinitos, que tiene acceso ilimitado a tutoriales de fotografía en YouTube, decide súbitamente que lo que realmente quiere es una cámara que hace fotos granuladas, desenfocadas, con colores raros y sin ningún control sobre el resultado final? Las explicaciones son múltiples y probablemente todas ciertas simultáneamente.
Está, en primer lugar, la reacción contra el perfeccionismo digital. Las redes sociales han creado una cultura visual obsesionada con la perfección: encuadres milimétricos, pieles sin poros, saturaciones estudiadas al detalle. Frente a eso, la fotografía analógica —o su simulación digital— ofrece exactamente lo contrario: limitación, sorpresa, error. Con el carrete hay menos fotos, lo cual obliga a pensar antes de disparar y otorga a cada imagen más importancia. No se puede hacer «fotospam» cuando sólo tienes 27 disparos disponibles. Y el resultado, con su grano visible, sus fugas de luz ocasionales, su rango dinámico imperfecto, tiene una textura orgánica que se siente más «real» y menos manufacturada que la claridad hiperrealista de los sensores digitales modernos.
Hay también un componente de nostalgia generacional, aunque resulta paradójico hablar de nostalgia en personas que técnicamente nunca vivieron la era analógica. La Generación Z no tiene recuerdos personales de llevar carretes a revelar en la farmacia, pero sí ha heredado esa estética a través de las fotos de sus padres, de las películas de los noventa, de toda una iconografía visual asociada a una época pre-digital que se percibe como más auténtica, más tangible, más vivida. Es la misma lógica que explica el resurgimiento del vinilo entre gente que nunca tuvo un tocadiscos. No se trata de volver literalmente al pasado sino de recuperar cierta materialidad, cierto peso, cierta experiencia sensorial que la digitalización ha desmaterializado hasta hacerla invisible.

Velocidad, privacidad y la búsqueda de lo intencional
Y luego está la cuestión del tiempo y la atención, que es probablemente el motor más profundo de todo este movimiento. Vivimos en una cultura de la instantaneidad donde todo tiene que pasar ya, donde la gratificación debe ser inmediata, donde el simple hecho de esperar se percibe como un fallo del sistema. La fotografía digital con smartphone ha llevado esto al extremo: haces la foto, la ves inmediatamente, la editas sobre la marcha, la subes a Instagram en cuestión de segundos. El ciclo completo dura menos de un minuto. Y precisamente por eso resulta tan fácil olvidarla, porque no ha habido ningún proceso, ninguna anticipación, ninguna implicación emocional más allá del impulso inicial de documentar. La Flashback ONE35 rompe deliberadamente ese ciclo insertando fricción en el proceso: tienes que pensar qué disparar porque los disparos son limitados, no puedes revisar compulsivamente el resultado porque no hay pantalla, y tienes que esperar para ver el resultado final. Esa espera, lejos de ser un defecto, es precisamente lo que hace que las fotografías importen más.
El fotógrafo Garry Winogrand llevó esta filosofía al extremo: cuando murió en 1984 dejó tras de sí aproximadamente 2.500 rollos de película sin revelar, 4.100 rollos revelados pero nunca positivados, y otros 3.000 rollos positivados pero sin editar. Su razonamiento era que necesitaba distancia temporal entre el momento de hacer la fotografía y el de evaluarla, para eliminar cualquier apego emocional al momento y poder juzgar la imagen objetivamente. La Flashback ONE35 no llega a tanto, obviamente, pero el principio es similar: separar la captura de la visualización para recuperar algo de claridad sobre lo que realmente importa.
No todo el mundo está convencido, claro. Las reseñas de la cámara oscilan entre el entusiasmo y la perplejidad irritada. Por un lado están los que celebran su simplicidad liberadora, la calidad de las emulaciones de película, y esa sensación genuina de estar usando algo especial cada vez que sacas la cámara. Por otro lado están los que se quejan de que el rendimiento en baja luz es terrible —cosa lógica considerando que usa un sensor diminuto y un objetivo fijo— de que la aplicación es a veces errática, y sobre todo de que depender de los servidores de Flashback para «revelar» las fotos plantea problemas tanto de conveniencia como de privacidad. Porque efectivamente, todas tus imágenes pasan por sus servidores antes de llegar a tu teléfono, lo cual significa que técnicamente Flashback tiene acceso a cada foto que haces. Para algunos esto es un precio aceptable por la experiencia completa; para otros es un dealbreaker absoluto.
También existe un debate sobre si todo esto no es más que una moda pasajera destinada a agotarse en cuanto pase la novedad. Después de todo, el mercado ya está saturado de alternativas similares: la Camp Snap, una cámara sin pantalla de 8 megapíxeles diseñada originalmente para campamentos de verano americanos donde no se permiten dispositivos electrónicos; la Paper Shoot, construida con materiales reciclables y con carcasas intercambiables; el Echolens; y una infinidad de clones chinos que prometen la misma experiencia por una fracción del precio. Todas compiten en el mismo nicho de «fotografía lo-fi digital», todas prometen liberarte de la tiranía de las pantallas, y todas se enfrentan al mismo dilema existencial: ¿cuánta gente está realmente dispuesta a sacrificar calidad y conveniencia a cambio de una experiencia más «auténtica»?
La respuesta, al menos por ahora, parece ser: bastante más de lo que cabría esperar. En noviembre de 2024, Mullen y Salisbury aparecieron en Shark Tank Australia buscando inversión. Pedían 500.000 dólares australianos a cambio del 7% de la empresa. Maxine Horne, fundadora de Vita Group, les ofreció esa cantidad pero por el 20% de la compañía. Después de negociar llegaron a un acuerdo por el 10%. David Fogarty, otro de los tiburones del programa, calificó la Flashback como «el mejor producto para regalar que he visto» y predijo que sus creadores acabarían siendo millonarios. Flashback proyecta facturar 15 millones de dólares en los próximos doce meses, impulsados principalmente por las ventas navideñas. No está nada mal para un producto que básicamente consiste en hacer que la fotografía sea más difícil de lo que tendría que ser.

El síntoma de una generación harta de algoritmos
Al final, la historia de Flashback ONE35 cuenta menos sobre tecnología que sobre nuestro momento cultural. Vivimos rodeados de dispositivos que prometen hacernos la vida más fácil, más rápida, más eficiente. Y sin embargo cada vez más gente busca exactamente lo contrario: herramientas que introduzcan fricción, que nos obliguen a ir más despacio, que nos hagan pensar antes de actuar. Es el mismo impulso que explica el auge de los cuadernos analógicos en la era de Notion, la popularidad de las máquinas de escribir mecánicas entre escritores jóvenes, o el resurgimiento de los relojes de cuerda manual cuando todos llevamos en el bolsillo un cronómetro atómico sincronizado con satélites. No se trata de rechazar la tecnología sino de recuperar cierta intencionalidad, cierto peso, cierta presencia que la eficiencia digital ha disuelto.
La Flashback ONE35 no es objetivamente mejor que tu smartphone para hacer fotografías. Su sensor es minúsculo, su óptica es mediocre, no tiene ningún control manual, y el resultado final depende de algoritmos de procesamiento en servidores remotos. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que te obliga a salir del automatismo, a prestar atención, a estar realmente presente en el momento que estás fotografiando en lugar de vivirlo a través de una pantalla. Y cuando finalmente ves las fotos —ya sea inmediatamente o después de 24 horas de espera— tienen ese grano característico, esos colores ligeramente desviados, esas imperfecciones deliberadas que hacen que se parezcan a recuerdos reales en lugar de a renders digitales perfeccionados.
Quizá dentro de cinco años todo esto nos parezca una rareza, una moda absurda de mediados de los 2020 que desapareció tan rápidamente como llegó. O quizá, por el contrario, estamos viendo el inicio de un cambio más profundo en nuestra relación con la tecnología, donde volvemos a valorar lo lento sobre lo rápido, lo limitado sobre lo infinito, lo imperfecto sobre lo pulido. Kelric Mullen y Mackenzie Salisbury no tienen una respuesta definitiva, pero mientras tanto siguen vendiendo cámaras a un ritmo que ni ellos mismos esperaban. Porque resulta que en pleno 2025, cuando puedes hacer fotografía computacional con inteligencia artificial desde tu teléfono, hay muchísima gente que lo que realmente quiere es simplemente volver a ese momento en que hacer una foto era especial, limitado, y requería pensar antes de apretar el botón. Y si eso implica esperar 24 horas para ver el resultado, pues que así sea.











