George Eastman le regaló su primera cámara Kodak porque era amigo de la familia. Ese detalle, casi anecdótico, desencadenó una carrera de más de seis décadas que convertiría a Frances Benjamin Johnston en la primera fotorreportera reconocida de la historia. Nació el 15 de enero de 1864 en Grafton, Virginia Occidental, en plena Guerra Civil estadounidense, y murió el 16 de mayo de 1952 en Nueva Orleans, dejando atrás más de 25.000 fotografías.
Vivió lo suficiente para verlo casi todo, aunque la fama tardó en llegar. Los escritos feministas de los años setenta del siglo XX la rescataron del olvido, veinte años después de su muerte. Su historia es la de alguien que nunca esperó permiso para entrar a ningún sitio.
Una familia que empujaba hacia adelante
Su madre, Frances Antoinette Johnston, era periodista del Baltimore Sun y una firme defensora de los derechos de las mujeres. Ese doble legado —el periodismo y el feminismo— lo absorbió Frances desde niña, creciendo en Washington D.C. en el epicentro del poder político estadounidense. A los diecinueve años se graduó en el Notre Dame Convent Collegiate Institute en Maryland y ese mismo año viajó a París para estudiar pintura y dibujo en la Academia Julien, una de las pocas que admitía mujeres.
En París tomó una decisión que marcó el resto de su vida: cuando regresara a Estados Unidos, no se casaría. Quería vivir de su arte. El matrimonio no entraba en sus planes, y tampoco el anonimato. Al volver a Washington, recibió formación fotográfica y de laboratorio de Thomas Smillie, director de fotografía del Smithsonian Institution. Así, con una Kodak prestada y un mentor de excepción, empezó a construir algo que entonces no tenía nombre: una carrera en el fotoperiodismo.



«La fotógrafa de la corte americana»
En 1895, con treinta y un años, abrió su propio estudio en Washington D.C. Era la única mujer con estudio fotográfico comercial en la ciudad. Por su objetivo pasaron Susan B. Anthony, Mark Twain, Booker T. Washington y Alice Roosevelt, entre decenas de personalidades. Pronto se convirtió en la fotógrafa no oficial de la Casa Blanca durante las administraciones de Benjamin Harrison, Grover Cleveland, William McKinley, Theodore Roosevelt y William Howard Taft. Life la llamó «la fotógrafa de la corte americana».
Pero el retrato no era su única herramienta. Johnston era corresponsal del Bain News Service, uno de los primeros servicios de fotografía de prensa de Estados Unidos. Cuando necesitaba acceder a un acorazado para fotografiar al almirante George Dewey tras la victoria naval en la bahía de Manila, no dudó en localizar al subsecretario de Marina, Theodore Roosevelt, en su casa de Oyster Bay para obtener una carta de recomendación. La carta llegó. Las fotos también.
En 1901, en la Exposición Panamericana de Búfalo, obtuvo lo que sería el último retrato del presidente William McKinley con vida, minutos antes de su asesinato. Era el tipo de instante que define una carrera. Y Johnston estaba ahí.

La «Nueva Mujer» que molestaba verla
Hacia 1896 realizó el autorretrato que hoy la define ante la historia. Sentada frente a una chimenea en su estudio de Washington, sostiene un cigarrillo en una mano y una jarra de cerveza en la otra. Las enaguas asoman por debajo del vestido. La postura es relajada, casi masculina. En la repisa de la chimenea, seis retratos de hombres que ella misma había fotografiado.
La imagen se tituló «La Nueva Mujer» y causó revuelo. No era un accidente. Era un manifiesto visual. Johnston creía que la fotografía podía ser una herramienta de emancipación, no solo de documentación. En 1897 publicó en el Ladies’ Home Journal el artículo «Lo que una mujer puede hacer con una cámara», en el que animaba a las mujeres a encontrar independencia económica a través del oficio fotográfico. Decía con esa mezcla característica de pragmatismo y ambición: «La fotografía como profesión debería atraer particularmente a las mujeres». La frase sonaba entonces casi a provocación.
En 1900 fue más allá. Junto a Zaida Ben-Yusuf, organizó una exposición colectiva de veinte fotógrafas en la Exposición Universal de París, que luego viajó a San Petersburgo, Moscú y Washington D.C.. Ese mismo año fue nombrada delegada al Congreso Internacional de Fotografía en París. No pedía un sitio en la mesa. Lo construía.






Las fotos que nadie quería ver
En 1899, el Hampton Normal and Agricultural Institute de Virginia la contrató para documentar la vida cotidiana del centro. Hampton había sido fundado en 1868 para dar educación a los esclavos recién liberados, y en 1899 tenía casi mil estudiantes, en su mayoría afroamericanos e indígenas norteamericanos. Johnston pasó varias semanas entre diciembre de 1899 y enero de 1900 fotografiando aulas, talleres, laboratorios y actividades al aire libre.
El resultado fue un conjunto de casi 150 fotografías de una precisión compositiva extraordinaria. Colocaba la cámara a la distancia justa para capturar el ambiente del aula y permitir leer lo que había en la pizarra. Los estudiantes no miraban a cámara —en aquella época, una mirada directa de un hombre negro a una mujer blanca podía tener consecuencias graves. La serie se exhibió en la Exposición Universal de París de 1900, en el marco de la muestra «El negro americano». Johnston daba visibilidad a quienes el sistema prefería mantener invisibles.
También documentó las condiciones de trabajo de los mineros de carbón en Shenandoah, Pensilvania, en 1891, y de los de Mesabi Range, Minnesota, en 1903. Y a los salineros, y a las trabajadoras del calzado. No era solo una cronista del poder; era también una cronista del trabajo y la desigualdad. Esa combinación —el acceso a la élite y la mirada hacia los márgenes— la convierte en una figura singular en la historia de la fotografía documental.

El sur que se desmoronaba
Alrededor de 1910, su interés fue desplazándose hacia la arquitectura y los jardines. En 1913, abrió un estudio en Nueva York junto a Mattie Edwards Hewitt, su pareja durante varios años y también fotógrafa de interiores y exteriores de reconocido mérito. Juntas produjeron series fotográficas de la arquitectura neoyorquina durante los años veinte.
Pero fue en el sur donde Johnston dejó su impronta más duradera. En 1927, un proyecto privado la llevó a documentar las históricas mansiones de Fredericksburg, Virginia. El éxito de aquella exposición la animó a diseñar algo más ambicioso: el Carnegie Survey of the Architecture of the South (CSAS), financiado con seis subvenciones de la Carnegie Corporation durante la década de 1930. El resultado fue más de 7.100 fotografías de aproximadamente 1.700 estructuras y espacios en Virginia, Maryland, las Carolinas, Georgia, Alabama, Louisiana y otros estados del sur.
Viajó miles de kilómetros en coche, muchas veces sola, para fotografiar casas pequeñas, molinos, iglesias, grandes mansiones y edificios públicos. Todo ese material fue donado a la Biblioteca del Congreso para uso público. En reconocimiento a esta labor, fue nombrada miembro honorario del Instituto Americano de Arquitectos. Sus colecciones fueron adquiridas por el Museo Metropolitano de Arte, el Museo de Bellas Artes de Virginia y el Museo de Arte de Baltimore.

El legado que sobrevivió al olvido
La Segunda Guerra Mundial ralentizó sus viajes. El racionamiento de gasolina la fue confinando, aunque nunca del todo. Continuó fotografiando hasta su muerte, a los ochenta y ocho años, en Nueva Orleans. Antes de morir declaró que estaba contenta de no haberse «casado por dinero». Una última provocación, coherente con toda una vida.
Su legado —más de 25.000 fotografías repartidas entre la Biblioteca del Congreso, el Smithsonian y varios museos— no fue plenamente reconocido hasta que el feminismo de los años setenta la recuperó como referente. Hoy se la considera no solo la primera fotorreportera de la historia, sino también una de las fundadoras de la fotografía documental social en Estados Unidos. Una mujer que nunca supo —o no quiso saber— lo que no se podía hacer con una cámara.





