Graciela Iturbide, fotografiar sin domesticar el misterio

Una mujer avan­za por el desier­to de Sono­ra con una grabado­ra portátil en la mano. Viste una indu­men­taria seri y parece cam­i­nar hacia otro tiem­po. Sin embar­go, el apara­to elim­i­na cualquier nos­tal­gia cómo­da. La fotografía, tit­u­la­da «Mujer ángel», no resuelve la con­tradic­ción. La deja res­pi­rar.

Ese gesto resume una parte esen­cial de Gra­ciela Itur­bide. Sus imá­genes obser­van con pre­cisión, pero rec­haz­an cer­rar cuan­to encuen­tran. Un pájaro puede ser un ani­mal, una heri­da, un pre­sa­gio o nada de eso. Una fies­ta con­ser­va su ale­gría y tam­bién cier­ta som­bra. El doc­u­men­to no desa­parece bajo el sím­bo­lo. El sím­bo­lo tam­poco pide per­miso para entrar.

En 2025, el Pre­mio Prince­sa de Asturias de las Artes recono­ció más de medio siglo de tra­ba­jo. La elec­ción acer­có su obra de man­era espe­cial al públi­co asturi­ano. Durante su dis­cur­so, Itur­bide recordó que la fotografía no repro­duce la ver­dad, sino una inter­pretación de la real­i­dad. Tam­bién cor­rigió una lec­tura fre­cuente de sus imá­genes. Cuan­do alguien afir­ma que sus fotografías son Méx­i­co, ella responde que son Gra­ciela Itur­bide.

Acercarse sin tomar posesión

Itur­bide nació en Ciu­dad de Méx­i­co en 1942 y llegó a la fotografía des­de el cine. En 1969 ingresó en el Cen­tro Uni­ver­si­tario de Estu­dios Cin­e­matográ­fi­cos de la UNAM. Allí cono­ció la obra de Manuel Álvarez Bra­vo, que después sería mae­stro, ami­go y com­pañero de via­jes. Él no le entregó una fór­mu­la mex­i­cana. Le enseñó a mirar sin apresurar el hal­laz­go.

La influ­en­cia resul­ta vis­i­ble, aunque nun­ca servil. Ambos com­partieron interés por los obje­tos desplaza­dos, las fies­tas, la muerte y los acci­dentes visuales. Tam­bién entendieron que la calle puede pro­ducir imá­genes más extrañas que cualquier dec­o­ra­do. Itur­bide, sin embar­go, con­struyó pron­to otro rit­mo. Su fotografía depende de la con­viven­cia, la espera y una cer­canía que no con­funde con­fi­an­za con propiedad.

Ella ha descrito la cámara como un pre­tex­to para cono­cer el mun­do y cono­cerse. La frase parece sen­cil­la, pero cam­bia la direc­ción del tra­ba­jo doc­u­men­tal. El fotó­grafo no lle­ga úni­ca­mente para explicar a otras per­sonas. Tam­bién acep­ta salir trans­for­ma­do, des­ori­en­ta­do y cor­regi­do por aque­l­lo que pres­en­cia. Esa dis­posi­ción evi­ta que la ima­gen fun­cione como una cap­tura colo­nial del otro.

Su méto­do no con­siste en escon­der­se con un teleob­je­ti­vo. Ha expli­ca­do que uti­liza una focal nor­mal para aprox­i­marse y estable­cer una relación direc­ta. En esa dis­tan­cia aparece una autor­ización implíci­ta, aunque no susti­tuya al cuida­do ni al con­sen­timien­to. La cámara sigue sien­do vis­i­ble. Su pres­en­cia for­ma parte del encuen­tro, con todas sus ten­siones.

En 1978 tra­ba­jó con el antropól­o­go Luis Bar­jau entre el pueblo seri del desier­to de Sono­ra. El encar­go pro­cedía del Insti­tu­to Nacional Indi­genista mex­i­cano. Per­manecieron allí durante varias sem­anas y regre­saron después para con­tin­uar el proyec­to. De aque­l­la expe­ri­en­cia surgió «Los que viv­en en la are­na», pub­li­ca­do en 1981.

«Mujer ángel», real­iza­da en 1979, pertenece a ese tra­ba­jo. Una mujer cam­i­na de espal­das hacia la lla­nu­ra mien­tras sostiene una grabado­ra. La ima­gen enfrenta tradi­ción, tec­nología, ais­lamien­to y movimien­to sin redac­tar una morale­ja. Tam­poco pre­sen­ta a los seris como super­vivientes detenidos fuera de la his­to­ria. Lo con­tem­porá­neo ya está den­tro del encuadre, aunque algunos espec­ta­dores pre­fier­an no ver­lo.

Juchitán no cabe en una leyenda

Ese mis­mo año, el artista Fran­cis­co Tole­do invitó a Itur­bide a fotografi­ar Juchitán de Zaragoza, en Oax­a­ca. La fotó­grafa regresó durante años y vivió en casas de mujeres juchite­cas. No resolvió la ciu­dad en una visi­ta breve. Tra­ba­jó, rev­eló, volvió a mirar y regresó con nuevas pre­gun­tas.

Juchitán suele describirse des­de fuera medi­ante dos ata­jos. Uno lo con­vierte en un matri­ar­ca­do per­fec­to. El otro trans­for­ma su vida cotid­i­ana en una reser­va de exo­tismo. Las fotografías de Itur­bide con­tienen poder femeni­no, mer­ca­do, deseo, humor, políti­ca, religión y cel­e­bración. Tam­bién mues­tran con­tradic­ciones. Ningu­na comu­nidad real cabe limpia­mente en una eti­que­ta turís­ti­ca.

«Nues­tra Seño­ra de las Igua­nas» nació en 1979 den­tro de ese pro­ce­so. Zobei­da Díaz llev­a­ba igua­nas sobre la cabeza para vender­las en el mer­ca­do. Itur­bide real­izó var­ios fotogra­mas mien­tras ambas inter­ac­tu­a­ban. Las hojas de con­tac­to mues­tran risas, varia­ciones y una con­struc­ción com­par­ti­da del retra­to. La ima­gen final es solemne, pero su ori­gen incluye juego.

Las igua­nas pare­cen for­mar una coro­na y el con­trapic­a­do con­cede a Díaz una pres­en­cia mon­u­men­tal. Resul­ta ten­ta­dor inven­tar una diosa pre­his­páni­ca y ter­mi­nar allí. Sin embar­go, la fotografía con­ser­va datos bas­tante con­cre­tos. Hay tra­ba­jo, com­er­cio, ani­males, una mujer iden­ti­fi­ca­da y una calle de Juchitán. El mis­te­rio no reem­plaza esa real­i­dad. Nace de ella.

La ima­gen ter­minó integra­da en murales, señales y edi­fi­cios de la propia ciu­dad. Esa apropiación local impor­ta tan­to como su cir­cu­lación inter­na­cional. No elim­i­na las pre­gun­tas sobre rep­re­sentación, pero com­pli­ca la idea de una mira­da exclu­si­va­mente exter­na. Itur­bide tam­bién expu­so el tra­ba­jo en Juchitán, para que las mujeres fotografi­adas pudier­an ver­lo antes de quedar con­ver­tidas en iconos.

El proyec­to con­tin­uó has­ta finales de los años ochen­ta y desem­bocó en «Juchitán de las mujeres», pub­li­ca­do en 1989. Allí apare­cen bodas, mer­ca­dos, fies­tas, cemente­rios, vida domés­ti­ca y retratos de mux­es. No for­man un catál­o­go antropológi­co cer­ra­do. La secuen­cia fun­ciona como una con­ver­sación pro­lon­ga­da, desigual y afec­ti­va entre la fotó­grafa y quienes acep­taron su pres­en­cia.

Por eso con­viene aban­donar el comod­ín del real­is­mo mági­co. Itur­bide lo ha rec­haz­a­do como una eti­que­ta impues­ta sobre artis­tas lati­noamer­i­canos muy dis­tin­tos. Sus esce­nas no nece­si­tan una expli­cación sobre­nat­ur­al. Lo insól­i­to pertenece a la vida obser­va­da, al instante, al encuadre y a nues­tra lim­i­ta­da capaci­dad para inter­pre­tar­los.

El blanco y negro abre preguntas

Itur­bide ha tra­ba­ja­do prin­ci­pal­mente con pelícu­la en blan­co y negro, luz nat­ur­al y cámaras de 35 milímet­ros o for­ma­to medio. Esa elec­ción no con­vierte sus fotografías en doc­u­men­tos neu­trales. Toda tra­duc­ción monocro­ma mod­i­fi­ca el mun­do. Elim­i­na infor­ma­ción, sep­a­ra tonal­i­dades y reor­ga­ni­za la aten­ción.

En su caso, esa reduc­ción evi­ta muchas veces que el col­or fol­clóri­co domine la lec­tura. Los vesti­dos, las flo­res o los dec­o­ra­dos fes­tivos no desa­pare­cen, pero dejan de fun­cionar como reclam­os inmedi­atos. El ojo se desplaza hacia los gestos, las miradas, las tex­turas y las rela­ciones entre cuer­pos. Tam­bién percibe mejor las som­bras, que en Itur­bide nun­ca son un sim­ple fon­do.

El blan­co y negro con­cen­tra, aunque tam­bién puede mon­u­men­talizar. Una copia rica en negros pro­fun­dos vuelve solemne inclu­so una situación cotid­i­ana. Ahí existe un ries­go. La dig­nidad visu­al puede con­ver­tirse en ide­al­ización, y el sím­bo­lo puede bor­rar el con­tex­to. Itur­bide evi­ta ese cierre medi­ante secuen­cias, retornos y fotografías donde el humor desmon­ta cualquier grandeza exce­si­va.

Sus pájaros expli­can bien esa aper­tu­ra. A veces ocu­pan el cielo como una escrit­u­ra imposi­ble. Otras veces apare­cen muer­tos, atra­pa­dos o unidos al cuer­po de la fotó­grafa. Se han rela­ciona­do con la pér­di­da de su hija Clau­dia y con un pro­ce­so ínti­mo de due­lo. Esa lec­tura es per­ti­nente, pero no debería con­ver­tirse en con­traseña uni­ver­sal.

Un ave con­tinúa sien­do mate­ria, movimien­to y azar antes de vol­verse metá­fo­ra. Itur­bide no domes­ti­ca esa ambigüedad. La bus­ca. En «¿Ojos para volar?», dos pájaros cubren sus ojos durante un autor­re­tra­to. La ima­gen habla de visión, ceguera, iden­ti­dad y deseo de escapar. Tam­bién con­ser­va la rareza físi­ca de dos cuer­pos ani­males apoy­a­dos sobre un ros­tro.

Con los años, la figu­ra humana fue per­di­en­do pres­en­cia en algunos proyec­tos. Aparecieron paisajes, cac­tus inter­venidos, obje­tos encon­tra­dos y líneas de som­bra. El cam­bio no supone aban­donar el doc­u­men­tal­is­mo. Amplía aque­l­lo que puede doc­u­men­tarse. Una plan­ta ven­da­da en el Jardín Etnobotáni­co de Oax­a­ca con­tiene cuida­dos, cien­cia, cul­tura y una extraña vul­ner­a­bil­i­dad.

Su serie sobre el baño de Fri­da Kahlo sigu­ió un camino pare­ci­do. Los corsés, medica­men­tos, próte­sis y pren­das no ofre­cen un retra­to con­ven­cional. Son restos car­ga­dos por el uso y el dolor. Itur­bide vuelve a tra­ba­jar des­de lo con­cre­to. Después per­mite que los obje­tos acu­mulen res­o­nan­cias sin obligar­los a declarar una sola ver­dad.

El Pre­mio Prince­sa de Asturias llegó cuan­do esta obra ya forma­ba parte de la his­to­ria fotográ­fi­ca inter­na­cional. No la cer­ró con una medal­la. Más bien recordó la vigen­cia de una prác­ti­ca lenta, físi­ca y aten­ta. En una cul­tura visu­al sat­u­ra­da de respues­tas instan­táneas, Itur­bide con­tinúa defen­di­en­do el dere­cho de una fotografía a no expli­carse por com­ple­to.

Mirar sus imá­genes exige aban­donar dos como­di­dades. La primera con­siste en creer que mues­tran la esen­cia de Méx­i­co. La segun­da pre­tende reducir­las a un sueño exóti­co. Entre ambas aparece un ter­ri­to­rio más fér­til. Allí con­viv­en per­sonas conc­re­tas, cul­turas vivas, deci­siones for­males y acon­tec­imien­tos que nadie había pre­vis­to.

Quizá esa sea su gran lec­ción para cualquier fotó­grafo doc­u­men­tal. Acer­carse no sig­nifi­ca poseer. Esper­ar no garan­ti­za com­pren­der. Una bue­na ima­gen puede apor­tar conocimien­to y con­ser­var, al mis­mo tiem­po, una zona indó­cil. El mis­te­rio no es fal­ta de infor­ma­ción. A veces es la for­ma más hon­es­ta de recono­cer sus límites.

Suscríbete al boletín

Cada semana historias fascinantes para mentes curiosas

Suscribirse
Categorías
Etiquetas
Todasaltas lucesAlton LimitedAmerican GothicanalógicoAnatol JosephoAndy WarholÁngulo de BrewsterAnna AtkinsArchivo fotográficoarquitecturaÁsiaastrofotografíaAsturiasAsturias ruralAtlanteautorretratoBenjamina MiyarBerenice AbbottBernice Palmerbiografíablanco y negrobotánicacables y farolascámarasCangas de OnísChilecianotipoClaudia DonosocomposiciónCondensaciónCoraoCPLcreativoCristina García RoderoDerechos civilesDescenso del SellaDictadura chilenaDistancia focaldocumentalDOF Simulatordutch angleEarly ColorEast VillageeclipseEktacolorEktapanEl infarto del almaElla WatsonencuadreEnfoque automáticoEspañaExposiciónexposicionesFarm Security AdministrationfiestasFiltro polarizadorfiltrosfotografíaFotografía de guerraFotografía de paisajefotografía en colorFotografía en otoñoFotografía españolafotografía éticaFotografía urbanafotografía vernáculafotógrafosfotográfosfotomatón analógicoFotoperiodismoFotorreporterismoFrances Benjamin Johnstongeneracion zGeorge R. LawrenceGijónGonzalo JuanesGordon ParksGraciela IturbideGrandes angularesHarlemHelen LevitthiperfocalhistoriaHolandainsectosJapónJosé OrniajugueteKodachromeKodakKodak BrownieKumamotoLa calle del aguaLa manzana de AdánLaia AbrilLang Jingshanlarga exposicióLee MillerLegoLife MagazineLightroomLuigi GhirriLumixMagnumMagnum PhotosMammoth CameraMan RaymediodíaMicro 4/3Molotov ManmujeresmuseosNew York SchoolNicaraguaNieblanitideznochenocturnosnubesNueva YorkO. Winston LinkobjetivoobjetivosObjetivos fijosOlympusOM SystemPaisaje atmosféricoPanasonicParísPaz ErrázurizpelículaperspectivaPhotomatonPlaymobilPolarizador circularPolaroidPremio Princesa de Asturiasprofundidad de campoRed JacksonReflejosReframing Historyretrato automáticoRetrato documentalretroRinko KawauchiRolleiflexSalamancaSaul LeitersecuenciasSegunda Guerra MundialSeries fotográficasSiglo XIXsimetríaslowsnapshotsoftwaresolSonystreetphotoSusan MeiselastécnicatecnologíateleobjetivoterremotoTG-7TitanictrenestrucosVenancio GombáuveranoViaggio in Italiaviajesvintage