Hiroshi Hamaya: la calma antes del disparo

Si me hubier­an enseña­do a Hiroshi Hamaya cuan­do empecé en fotografía, igual habría tar­da­do bas­tante más en com­prar mi primer ultra gran angu­lar absur­do. Sus imá­genes son todo lo con­trario a la urgen­cia del gear: son tiem­po, cli­ma y pacien­cia hechos foto, una especie de med­itación con Leica y botas llenas de nieve. Hamaya nació en Tokio en 1915 y acabó sien­do cono­ci­do sobre todo por su tra­ba­jo en las zonas rurales del Japón del mar del Japón y el noreste, mucho más lejos de los neones que de los tem­p­los turís­ti­cos. Entre medias pasó por la fotografía aérea, la pro­pa­gan­da de guer­ra, las protes­tas políti­cas y, final­mente, una especie de retiro en el paisaje, como si nece­si­tara limpiar la mira­da de tan­to rui­do humano. Su car­rera es un buen mapa de todo lo que la fotografía puede ser cuan­do no la reduci­mos a fil­tros boni­tos y megapíx­e­les.

Hamaya empezó a intere­sarse por la fotografía de joven, y en 1935 se com­pró su primera Leica mien­tras tra­ba­ja­ba para la Ori­en­tal Pho­to Indus­try Com­pa­ny, lo que ya nos cuen­ta algo de su relación con la téc­ni­ca: prác­ti­ca, lig­era, prepara­da para la calle y el via­je, nada de cámaras enormes que sólo salen del estu­dio en días espe­ciales. Tam­bién se for­mó en fotografía aérea, lo que tal vez explique parte de ese sen­ti­do del espa­cio y del ter­ri­to­rio que más tarde llenaría sus imá­genes de paisaje rur­al y mon­tañoso. En los años trein­ta y cuarenta, como tan­tos otros fotó­grafos japone­ses, se vio atra­pa­do en la maquinar­ia pro­pa­gandís­ti­ca de la guer­ra y colaboró con revis­tas mil­itares como «Front», fotografian­do aviones y tan­ques con una estéti­ca inqui­etan­te­mente atrac­ti­va. Esa expe­ri­en­cia acabaría chocan­do con su pro­gre­si­vo interés por los campesinos de Niiga­ta y otras pre­fec­turas del mar del Japón, donde des­cubrió un Japón que no enca­ja­ba del todo en la nar­ra­ti­va hero­ica del Impe­rio. Ahí empieza el Hamaya que nos intere­sa de ver­dad cuan­do sal­imos con la cámara al cam­po o a la cos­ta, bus­can­do algo más que paisajes boni­tos.

Nieve, barro y rituales: el Japón rural según Hamaya

Su nom­bre quedaría engan­cha­do para siem­pre a un libro: «Yuki­gu­ni», tra­duci­do como «Snow Coun­try» o «Snow Land», pub­li­ca­do en 1956 y ded­i­ca­do a las regiones nevadas del noreste japonés. El proyec­to arrancó en 1940, cuan­do Hamaya empezó a fotografi­ar la vida agrí­co­la tradi­cional en la zona, doc­u­men­tan­do invier­no tras invier­no un paisaje donde la nieve no es dec­o­ra­do, sino un per­son­aje con mala leche y per­son­al­i­dad propia. Lo intere­sante es que no se que­da en la postal líri­ca: esa nieve pesa, inco­mu­ni­ca pueb­los, mod­i­fi­ca cuer­pos, ropa y arqui­tec­tura, y todo eso aparece en sus fotografías con un tono que mez­cla respeto, curiosi­dad y una especie de melan­colía acti­va. La serie se mueve entre esce­nas de campesinos tra­ba­jan­do, retratos sobrios, cer­e­mo­nias, fies­tas y pequeños gestos cotid­i­anos, muchas veces envuel­tos en ven­tis­cas o en un blan­co casi cegador. Nada de blan­cos per­fec­tos de catál­o­go: aquí la nieve es den­sa, man­cha­da, casi rui­dosa, y eso la hace mucho más creíble para cualquiera que haya inten­ta­do expon­er cor­rec­ta­mente un paisaje inver­nal sin matar las som­bras.

La clave de «Snow Coun­try» no está sólo en lo que enseña, sino en cómo lo hace. Hamaya se acer­có a estas comu­nidades con una acti­tud casi etno­grá­fi­ca, influ­i­do por el tra­ba­jo del etnól­o­go Keizo Shibu­sawa, intere­sa­do en doc­u­men­tar unos rit­uales y for­mas de vida que sen­tía en peli­gro ante la mod­ern­ización acel­er­a­da de Japón tras la guer­ra. No es un tur­is­mo exóti­co con cámara, sino un con­vivir pro­lon­ga­do, algo que se nota en la nat­u­ral­i­dad con que la gente parece igno­rar la pres­en­cia del fotó­grafo, como si for­mara parte del mobil­iario humano del pueblo. Para quien hace hoy fotografía de via­je o doc­u­men­tal, esta es una lec­ción incó­mo­da: no bas­ta con lle­gar, dis­parar y mar­charse con una tar­je­ta llena de clichés; hace fal­ta tiem­po, escucha y algo pare­ci­do a la impli­cación emo­cional. Téc­ni­ca­mente, sus com­posi­ciones sue­len ser muy claras, con un uso ele­gante de la pro­fun­di­dad y un equi­lib­rio entre figu­ra y entorno que sirve tan­to a la lec­tura doc­u­men­tal como al plac­er pura­mente visu­al de perder­se en las tex­turas de la nieve o de la madera enve­je­ci­da.

Ura Nihon y mirar “por detrás” un país

Un año después de «Snow Coun­try» llegó «Ura Nihon» o «Japan’s Back Coast», pub­li­ca­do en 1957 y cen­tra­do en la fran­ja costera del mar del Japón, con­sid­er­a­da durante mucho tiem­po la parte “de espal­das” del país, lejos del bril­lo indus­tri­al del Pací­fi­co. El títu­lo ya es una declaración de inten­ciones: Hamaya no quiere mostrarnos el Japón de la postal ni el del tur­is­mo, sino ese rever­so donde las condi­ciones climáti­cas son duras, la economía es pre­caria y la mod­ernidad lle­ga a trompi­cones. Aquí desa­parece parte del encan­to alpino de la nieve y aparece un tono algo más áspero, más direc­to, en el que el mar, el vien­to y las estruc­turas por­tu­ar­ias se con­vierten en esce­nario de una exis­ten­cia cotid­i­ana nada glam­ourosa. El enfoque sigue sien­do human­ista, pero el paisaje gana un peso todavía may­or, como si los per­son­ajes fuer­an sostenidos, mold­ea­d­os y, a veces, atra­pa­dos por ese entorno físi­co tan par­tic­u­lar. Para quienes fotografi­amos cos­ta, acan­ti­la­dos o pueb­los marineros, es un recorda­to­rio con­tun­dente: el paisaje no es un telón, es un per­son­aje y, como tal, hay que retratar­lo.

Ambos libros, «Snow Coun­try» y «Ura Nihon», están con­sid­er­a­dos hoy clási­cos del fotoli­bro japonés de pos­guer­ra, y apare­cen sis­temáti­ca­mente cita­dos en estu­dios y antologías como ejem­p­los de cómo el doc­u­men­tal­is­mo puede con­ver­tirse en lit­er­atu­ra visu­al sin perder el con­tac­to con la real­i­dad social. De hecho, la obra de Hamaya se encuadra en la lla­ma­da fotografía pre­ocu­pa­da o “con­cerned pho­tog­ra­phy”, ese tipo de fotografía com­pro­meti­da con los prob­le­mas de su tiem­po, que acabaría reunién­dose en libros colec­tivos como «The Con­cerned Pho­tog­ra­ph­er 2», donde com­parte espa­cio con nom­bres como Gor­don Parks o W. Eugene Smith. Que un fotó­grafo tan ded­i­ca­do a su pro­pio país ter­mine dialo­gan­do visual­mente con cole­gas de todo el mun­do nos recuer­da lo potente que puede ser cen­trarse en lo local para hablar de lo uni­ver­sal. Para un fotó­grafo actu­al, obse­sion­a­do quizá con via­jar lejos para sen­tirse rel­e­vante, la lec­ción es clara: tu “snow coun­try” puede estar en el bar­rio de al lado, si sabes mirar con sufi­ciente pro­fun­di­dad. Y sí, a veces eso impli­ca fotografi­ar en días de per­ros, con llu­via hor­i­zon­tal y dedos entu­me­ci­dos; Hamaya no parece haber­le tenido miedo a eso.

Protesta, rabia y una Leica en Tokio

Sería fácil encasil­lar a Hamaya como el señor de los paisajes neva­dos, pero entonces nos perderíamos un giro fasci­nante en su trayec­to­ria: su impli­cación en las protes­tas con­tra la ren­o­vación del Trata­do de Seguri­dad entre Esta­dos Unidos y Japón en 1960, cono­ci­das como las protes­tas del Anpo. Hamaya regresó a Tokio para fotografi­ar a estu­di­antes y ciu­dadanos mov­i­liza­dos con­tra lo que con­sid­er­a­ban una imposi­ción políti­ca, y el resul­ta­do fue el libro «Ikari to kanashi­mi no kiroku», tra­duci­do como «A Record of Anger and Sad­ness» o «A Chron­i­cle of Grief and Anger» según la edi­ción. Aquí el tono visu­al cam­bia de for­ma notable: la nieve deja paso a mul­ti­tudes den­sas, pan­car­tas, empu­jones, ros­tros ten­sos y un cier­to caos con­tro­la­do, muy lejos de la serenidad rur­al de Niiga­ta. Sin embar­go, su for­ma de mirar mantiene algo con­stante: la aten­ción a los gestos, la con­cien­cia del con­tex­to y una sen­si­bil­i­dad que no bus­ca el golpe sen­sa­cional­ista sino el cli­ma emo­cional de la esce­na. Es como si hubiera traslada­do su capaci­dad de leer la relación entre per­sona y paisaje a la relación entre per­sona y masa urbana, susti­tuyen­do mon­tañas por edi­fi­cios y nevadas por gru­pos de policías.

Este libro es tam­bién el refle­jo de su propia desilusión políti­ca: las protes­tas no lograron fre­nar el trata­do, y la “rabia y tris­teza” del títu­lo no sue­nan en abso­lu­to a dis­tan­ci­amien­to pro­fe­sion­al. Des­de el pun­to de vista téc­ni­co y nar­ra­ti­vo, el tra­ba­jo mues­tra otro reg­istro útil para cualquiera que haga fotografía de calle o doc­u­men­tal urbana: la capaci­dad de man­ten­erse en medio del jaleo sin perder clar­i­dad com­pos­i­ti­va ni caer en el puro rui­do. Las imá­genes no son per­fec­tas en el sen­ti­do académi­co; hay cuer­pos cor­ta­dos, diag­o­nales abrup­tas, encuadres un poco tor­ci­dos, pero todo eso con­tribuye a la sen­sación de estar ahí, den­tro de la marea humana, res­ba­lan­do jun­to a la mul­ti­tud. Para quienes ven­i­mos de pasear por la ciu­dad cámara en mano, este Hamaya urbano es una ref­er­en­cia potente: demues­tra que se puede ser poéti­co sin ser blan­do, políti­co sin ser pan­fle­tario y visual­mente refi­na­do sin dejar de estar al bor­de del empu­jón. Después de esa eta­pa, quizá cansa­do del rui­do, fue derivan­do cada vez más hacia el paisaje puro y duro, casi como si nece­si­tara volver a escuchar el vien­to sin consignas de fon­do.

De Magnum al paisaje: el fotógrafo del clima

En 1960, el mis­mo año de las protes­tas, Hamaya se con­vir­tió en el primer fotó­grafo japonés en entrar en Mag­num Pho­tos, lo que ya indi­ca el peso que había alcan­za­do su tra­ba­jo a niv­el inter­na­cional. No es un detalle menor: Mag­num ha sido, históri­ca­mente, el club de los doc­u­men­tal­is­tas con una mez­cla rara de com­pro­miso, autoría y cier­to aura de leyen­da, y que un japonés se fil­tre en ese eco­sis­tema en ple­na Guer­ra Fría dice bas­tante sobre cómo se le veía des­de fuera. A par­tir de los años sesen­ta, sin embar­go, su mira­da fue vol­cán­dose cada vez más hacia el paisaje, con libros ded­i­ca­dos a los paisajes de Japón en gen­er­al, a Chi­na y, muy espe­cial­mente, al monte Fuji, que retrató como una pres­en­cia casi soli­taria, a medio camino entre la geología y el mito nacional. Des­de 1960 has­ta aprox­i­mada­mente 1980 su pro­duc­ción se cen­tró en fotografi­ar entornos nat­u­rales, muchas veces tra­ba­jan­do la idea de “fûdo”, su con­cep­to para describir la relación entre la per­sona y su medio, incluyen­do cli­ma, flo­ra, fau­na y con­fig­u­ración del ter­ri­to­rio. Es como si hubiera deci­di­do que, para enten­der a la gente, había que enten­der primero el aire que res­pi­ran y el sue­lo que pisan.

En 1986 recibió el Infin­i­ty Award al Mae­stro de la Fotografía del Inter­na­tion­al Cen­ter of Pho­tog­ra­phy, un reconocimien­to que con­solidó su esta­tus de ref­er­en­cia para gen­era­ciones pos­te­ri­ores, tan­to den­tro como fuera de Japón. Su tra­ba­jo ha sido obje­to de ret­ro­spec­ti­vas en museos como el Tokyo Pho­to­graph­ic Art Muse­um y el Kawasa­ki City Muse­um, y sigue pre­sente en galerías y colec­ciones de Europa y Esta­dos Unidos, donde se val­o­ra tan­to su dimen­sión doc­u­men­tal como su capaci­dad líri­ca. Para los fotó­grafos que dis­fru­ta­mos com­bi­nan­do ciu­dad y cam­po, su trayec­to­ria com­ple­ta plantea una especie de arco vital atrac­ti­vo: del cielo vis­to des­de un avión, al bar­ro de los pueb­los neva­dos, a las mar­eas humanas de Tokio y, final­mente, a montes y costas con­tem­pla­dos casi en silen­cio. Téc­ni­ca­mente, su uso de la escala y del hor­i­zonte, su for­ma de inte­grar la figu­ra humana en el paisaje sin que se con­vier­ta en un sim­ple “ele­men­to de escala” y su sen­si­bil­i­dad hacia el cli­ma son her­ramien­tas que se pueden estu­di­ar foto a foto. No es un fotó­grafo de fras­es con­tun­dentes, sino de pre­gun­tas visuales que tar­dan en asen­tarse, como esos días de llu­via fina que pare­cen no empa­par y al final lo dejan todo cal­a­do.

Qué podemos aprender hoy de Hamaya

Mirar a Hamaya des­de 2026, con cámaras mir­ror­less capaces de ver en la oscuri­dad y redes sociales devo­ran­do imá­genes en segun­dos, tiene algo de ejer­ci­cio de higiene visu­al. Lo primero que enseña es el val­or del tiem­po: sus proyec­tos impor­tantes se coci­nan durante años, inclu­so décadas, y eso se nota en la pro­fun­di­dad con que retra­ta no sólo lugares, sino esta­ciones, cic­los y trans­for­ma­ciones. Lo segun­do es la impor­tan­cia de enten­der el con­tex­to más allá de lo pura­mente fotogéni­co, ya sea a través de la antropología, la políti­ca o la geografía, porque sus imá­genes se apoy­an en una com­pren­sión bas­tante sól­i­da del mun­do que mira. Lo ter­cero tiene que ver con la coheren­cia: inclu­so cuan­do cam­bia de nieve a protes­ta, o de protes­tas a montes, hay una especie de hilo invis­i­ble que conec­ta su man­era de encuadrar, de respetar a los suje­tos y de aten­der a la atmós­fera. Y lo cuar­to, quizá lo más útil para cualquiera que camine con cámara por Gijón o por un camino rur­al, es que el paisaje nun­ca es neu­tro: siem­pre está car­ga­do de his­to­rias, ten­siones y memo­rias, inclu­so cuan­do parece vacío.

Si te intere­sa la fotografía edi­to­r­i­al y los fotoli­bros, Hamaya es tam­bién una mina de ideas sobre cómo con­stru­ir un libro que no sea sim­ple­mente un catál­o­go de imá­genes boni­tas. La secuen­ciación de «Snow Coun­try» o «Japan’s Back Coast», la alter­nan­cia entre planos gen­erales y detalles, la for­ma en que deja res­pi­rar al lec­tor entre esce­nas inten­sas, todo eso se puede tra­ducir a la lóg­i­ca de maque­tar revis­tas, libros o proyec­tos per­son­ales. Su pres­en­cia en antologías como «The Con­cerned Pho­tog­ra­ph­er 2» lo sitúa además en un diál­o­go con autores occi­den­tales que puede resul­tar útil para enten­der difer­en­cias cul­tur­ales en la man­era de abor­dar temas sim­i­lares, des­de la pobreza rur­al has­ta la recon­struc­ción de ciu­dades tras la guer­ra. Al final, lo que engan­cha de Hamaya es esa mez­cla rara de dis­ci­plina, curiosi­dad y vul­ner­a­bil­i­dad que se cuela en las imá­genes, como si admi­tiera que no lo entiende todo, pero aun así insiste en mirar con aten­ción. Y quizá esa sea la mejor enseñan­za que podemos impor­tar­le hoy, entre noti­fi­ca­ciones y prisas: salir, mirar, quedarse un rato más cuan­do apetece vol­verse a casa, y dejar que el paisaje, sea urbano o rur­al, ten­ga tiem­po de con­tes­tarnos.

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