«Madame Disdéri»: la fotógrafa que borraron de la historia

Una pionera con nombre propio

Geneviève Élis­a­beth Fran­cart nace en París alrede­dor de 1817, en una ciu­dad que todavía no sabe que la fotografía está a pun­to de cam­biar­lo todo. De su infan­cia sabe­mos muy poco, ape­nas migas admin­is­tra­ti­vas y algu­na ref­er­en­cia dis­per­sa, como si la his­to­ria hubiera deci­di­do que su vida empez­a­ba cuan­do aparece un hom­bre con cámara en esce­na. En 1843 se casa con André-Adolphe-Eugène Dis­déri, un per­son­aje que ter­mi­nará sien­do famoso por las cartes de vis­ite, esos pequeños retratos baratos que se inter­cam­bi­a­ban como tar­je­tas de visi­ta. Ella apor­ta el apel­li­do Fran­cart, él el Dis­déri, y jun­tos se lan­zan a un nego­cio que mez­cla ries­go económi­co, exper­i­mentación téc­ni­ca y un mat­ri­mo­nio que no va a ser pre­cisa­mente de postal román­ti­ca.

Antes de ser “Madame Dis­déri” en los pies de foto, Geneviève ya se esta­ba ensu­cian­do las manos con quími­ca y pla­cas sen­si­bles. En torno a 1848 la pare­ja se insta­la en Brest, en el extremo oeste de Bre­taña, y abre un estu­dio de daguer­roti­pos en el 65 de la rue de Siam, lejos del bril­lo parisi­no pero en un puer­to que hierve de marineros, com­er­cio y movimien­to. Imag­i­na entrar allí: olor a pro­duc­tos quími­cos, corti­nas para con­tro­lar la luz, fon­dos pin­ta­dos, sil­las incó­modas para man­ten­er qui­etos a los mod­e­los, y un mat­ri­mo­nio proban­do fór­mu­las para hac­er fun­cionar una empre­sa en una ciu­dad de provin­cias. Ese es el con­tex­to en el que Geneviève empieza a for­jarse como pro­fe­sion­al, no como ayu­dante dec­o­ra­ti­va, sino como alguien capaz de sosten­er un estu­dio por sí mis­ma cuan­do toque.

Brest: exteriores imposibles y negocio en marcha

La fotografía de medi­a­dos del XIX no esta­ba pen­sa­da para salir a la calle y pasear tran­quil­a­mente con la cámara, por mucho que hoy nos cueste imag­i­narlo. Los tiem­pos de exposi­ción lar­gos, el aparatoso equipo y los pro­ce­sos como el daguer­rotipo hacían que el retra­to en estu­dio fuese el rey, y que cualquier exte­ri­or fuese casi un acto de cabezon­ería téc­ni­ca. Sin embar­go, en Brest, Geneviève se atreve a mirar más allá del dec­o­ra­do pin­ta­do y saca la cámara fuera, hacia ruinas, cemente­rios y arqui­tec­tura, como quien decide igno­rar el man­u­al y pro­bar por su cuen­ta.

Entre 1856 y 1858 real­iza una serie de vis­tas de la ciu­dad y sus alrede­dores que se cono­cen como «Brest et ses envi­rons», un con­jun­to de 28 imá­genes cen­tradas sobre todo en temas arqui­tec­tóni­cos. Ahí están, por ejem­p­lo, la «Ruine de l’abbaye de la Pointe Saint-Math­ieu près de Brest» y el «Cimetière de Plougas­tel» (Grupo en el cemente­rio de Plougas­tel-Daoulas), dos fotografías que la sacarían del anon­i­ma­to más de un siglo después gra­cias a colec­cionistas y museos. No hablam­os de cualquier cosa: exte­ri­ores real­iza­dos con téc­ni­ca de colodión húme­do, pre­sum­i­ble­mente, en un momen­to en el que ese pro­ce­so todavía se esta­ba asen­tan­do, y con todas las inco­mo­di­dades que eso impli­ca.

Lo fasci­nante de estas vis­tas es que, en una época dom­i­na­da por el retra­to frontal, ella se atreve a mirar el paisaje urbano y los espa­cios de memo­ria. Un cemente­rio en Plougas­tel no es pre­cisa­mente el encar­go cómo­do que entra por la puer­ta del estu­dio, pero le per­mite tra­ba­jar con com­posi­ciones más libres, jugar con la pro­fun­di­dad y explo­rar algo dis­tin­to al bus­to de tres cuar­tos con fon­do neu­tro. Brest y sus ruinas se con­vierten en su lab­o­ra­to­rio al aire libre, una especie de patio trasero donde pro­bar lo que la téc­ni­ca puede sopor­tar. Si hoy te gus­ta salir con la cámara a cazar arqui­tec­tura o cemente­rios, estás mucho más cer­ca de Geneviève de lo que parece.

Mien­tras tan­to, el estu­dio sigue rodan­do, porque el roman­ti­cis­mo está muy bien, pero las cuen­tas hay que pagar­las. En 1852, André decide irse a París, arras­tran­do prob­le­mas económi­cos y ambi­ciones may­ores, y la deja a ella sola en Brest, con el estu­dio, los clientes y los ries­gos. Él se con­ver­tirá en el famoso Dis­déri de las cartes de vis­ite, y ella quedará pega­da a un “Madame Dis­déri” genéri­co que bor­ra su nom­bre de pila y su propia his­to­ria. Sin embar­go, durante al menos dos décadas, es ella quien mantiene vivo el estu­dio en Brest, aten­di­en­do retratos, pro­ducien­do cartes de vis­ite y soste­nien­do un nego­cio que no aparece en los grandes relatos de la fotografía, pero que fun­ciona­ba día tras día.

Colodión, «carte de visite» y una autoría raspada

El salto de Dis­déri a París coin­cide con el auge de una idea que lo haría famoso: la carte de vis­ite, ese for­ma­to pequeño, económi­co y mul­ti­plic­a­ble que democ­ra­ti­za el retra­to fotográ­fi­co. La patente es suya, la glo­ria tam­bién, pero detrás de esa maquinar­ia empre­sar­i­al hay mucho tra­ba­jo de orga­ni­zación, gestión de estu­dio y pro­duc­ción seri­a­da, donde Geneviève tuvo un papel más impor­tante del que se ha recono­ci­do. Inves­ti­ga­ciones recientes la señalan como socia, admin­istrado­ra y fotó­grafa acti­va en Dis­déri & Cie, no solo como esposa resid­ual, y la mues­tran impli­ca­da tan­to en el estu­dio de Brest como en la expan­sión parisi­na.

Hay un detalle casi de nov­ela negra: el ras­pa­do de las cartes de vis­ite. Algunos ejem­plares orig­i­nales que reconocían su tra­ba­jo como «Mme Dis­déri» habrían sido lit­eral­mente ras­pa­dos, bor­ran­do su nom­bre de la super­fi­cie de la car­tuli­na para dejar solo la mar­ca aso­ci­a­da a él. Pien­sa en ello la próx­i­ma vez que veas una fir­ma rara en el rever­so de una tar­je­ta antigua: alguien pudo decidir qué nom­bre merecía sobre­vivir. Esa operación, más sim­bóli­ca que téc­ni­ca, es casi una metá­fo­ra per­fec­ta de lo que le pasó en los man­uales de his­to­ria de la fotografía.

Cuan­do hoy revisamos su trayec­to­ria, las piezas enca­jan de for­ma incó­mo­da para el rela­to habit­u­al. No fue sim­ple­mente “la mujer que se quedó en Brest mien­tras él tri­un­fa­ba en París”, sino una figu­ra que supo adap­tarse a los cam­bios de pro­ce­so, del daguer­rotipo al colodión, que pro­tag­o­nizó algu­nas de las primeras vis­tas exte­ri­ores en Fran­cia y que par­ticipó del boom de la carte de vis­ite como empre­saria. Que su nom­bre com­ple­to haya queda­do escon­di­do durante décadas dice más de cómo orga­ni­zamos la memo­ria que de la cal­i­dad de su tra­ba­jo.

De Brest a París: últimos años y legado silencioso

Hacia prin­ci­p­ios de la déca­da de 1870, el estu­dio de Brest empieza a ago­tarse, como si el ciclo estu­viera lle­gan­do al final. Después de más de veinte años de activi­dad, Geneviève se trasla­da a París y abre un nue­vo estu­dio en la cap­i­tal, retoman­do el retra­to en una ciu­dad ya sat­u­ra­da de fotó­grafos, novedades téc­ni­cas y com­pe­ten­cia fer­oz. No es el gesto de una debu­tante, sino el de alguien que conoce per­fec­ta­mente el ofi­cio y está dis­pues­ta a seguir tra­ba­jan­do has­ta el final.

Muere en París el 18 de diciem­bre de 1878, en un hos­pi­tal, con alrede­dor de 61 años, y su nom­bre desa­parece casi por com­ple­to de la cir­cu­lación, sal­vo men­ciones pun­tuales en reper­to­rios y archivos. Los lis­ta­dos com­er­ciales indi­can que su estu­dio sigu­ió acti­vo has­ta el momen­to de su muerte, lo que sig­nifi­ca que estu­vo tra­ba­jan­do prác­ti­ca­mente toda su vida adul­ta, en un entorno que no se lo ponía nada fácil a una mujer fotó­grafa. Mien­tras su mari­do engord­a­ba la leyen­da alrede­dor de su papel en la carte de vis­ite, la suya qued­a­ba reduci­da a nota al pie, a “madame”, a figu­ra bor­rosa en las esquinas de los tex­tos.

En las últi­mas décadas, his­to­ri­ado­ras e inves­ti­gadores han empeza­do a recon­stru­ir su trayec­to­ria con cier­ta mala leche, en el buen sen­ti­do, desen­ter­ran­do doc­u­men­tos, car­tas com­er­ciales, estam­pas y crédi­tos bor­ra­dos. La Geneviève que aparece aho­ra es mucho más com­ple­ja: fotó­grafa pio­nera en Brest, co-respon­s­able del éxi­to de las cartes de vis­ite, gesto­ra de estu­dios a su nom­bre y auto­ra de vis­tas exte­ri­ores que se ade­lan­tan a usos de la fotografía que después dare­mos por nat­u­rales. Recu­per­ar­la no es solo una cuestión de jus­ti­cia poéti­ca, sino de enten­der mejor cómo fun­ciona­ba real­mente la fotografía del XIX, con mucho tra­ba­jo invis­i­ble y más mujeres de las que fig­u­ran en las por­tadas de los libros.

Si hoy volve­mos a mirar las ruinas de Saint-Math­ieu o el cemente­rio de Plougas­tel sabi­en­do quién esta­ba detrás de la cámara, la lec­tura cam­bia. Ya no son solo vis­tas antiguas de Bre­taña, sino el ras­tro de una pro­fe­sion­al que jugó fuerte con los límites téc­ni­cos de su tiem­po, en un con­tex­to social que prefer­ía que las mujeres salier­an en las fotos, no que las hicier­an. Y ahí está la gra­cia: al volver a decir su nom­bre entero, Geneviève Élis­a­beth Dis­déri, no solo rescata­mos una biografía, sino una man­era de enten­der la his­to­ria de la fotografía como algo menos hero­ico y más humano, lleno de talleres pequeños, deu­das, quími­cos y deci­siones incó­modas sobre quién fir­ma qué.

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