Ramón Masats, ironía en blanco y negro

Hay fotó­grafos que nece­si­tan grandes gestos para lla­mar la aten­ción y luego está Ramón Masats, que parecía estar siem­pre en segun­do plano, casi aparta­do, pero cla­van­do el dis­paro visu­al en el momen­to exac­to. Nació en 1931 en Cal­das de Mont­bui, en ple­na Cataluña de pos­guer­ra, y ter­minó con­vir­tién­dose en uno de los nom­bres impre­scindibles para enten­der la fotografía españo­la del siglo XX. De joven fue más bien un tipo inqui­eto, poco ami­go de los estu­dios reglados, y encon­tró en la cámara una especie de bil­lete de sal­i­da de aque­l­la real­i­dad estrecha y gris.

Su entra­da en la fotografía pro­fe­sion­al coin­cide con esa España que empieza a resque­bra­jarse por den­tro mien­tras en la super­fi­cie se mantiene el dec­o­ra­do ofi­cial de pro­ce­siones, toros y dis­cur­sos solemnes. Masats se mete jus­to ahí, entre bam­bali­nas, donde el dec­o­ra­do se agri­eta y enseñan los clavos que lo sostienen. Lo hace con un blan­co y negro duro, con negros pro­fun­dos y com­posi­ciones muy direc­tas, sin adornos, que recuer­dan más a un puñe­ta­zo que a una cari­cia. Esa for­ma de mirar le val­ió pron­to el reconocimien­to en revis­tas, con­cur­sos y exposi­ciones, pero tam­bién cier­ta inco­mo­di­dad para un país acos­tum­bra­do a la postal amable.

Biografía a pie de calle

Masats se dio a cono­cer en los años cin­cuen­ta y primeros sesen­ta, en ple­na ebul­li­ción de una nue­va gen­eración de fotó­grafos que querían romper con el pic­to­ri­al­is­mo y la fotografía de salón. For­mó parte del grupo AFAL, aque­l­la especie de revuelta fotográ­fi­ca que des­de Almería ayudó a conec­tar a los autores españoles con lo que esta­ba pasan­do fuera, tan­to en repor­ta­je como en fotografía de autor. Des­de muy pron­to, su ter­ri­to­rio nat­ur­al fueron las calles, las fies­tas pop­u­lares, los pueb­los cas­ti­ga­dos por la pobreza y las ciu­dades que crecían sin plan­i­ficar demasi­a­do.

La cámara le lle­va por media España y su tra­ba­jo empieza a pub­li­carse en medios como «La Gac­eta Ilustra­da», «Revista» o «Des­ti­no», donde sus fotos fun­cio­nan como pequeñas cróni­cas visuales que dicen mucho más de lo que el tex­to se atrevía a con­tar. Su visión no es la del tur­ista curioso, sino la de alguien que se mez­cla, se acer­ca y espera, con pacien­cia, a que el encuadre se ordene y ese instante raro suce­da delante del obje­ti­vo. En 1960 recibe el Pre­mio Nacional de Fotografía y eso con­sol­i­da su nom­bre den­tro del cir­cuito cul­tur­al, aunque él nun­ca tuvo mucha pacien­cia con los for­mal­is­mos de ese mun­do.

A medi­a­dos de los sesen­ta, cuan­do su lengua­je fotográ­fi­co está ya muy definido, decide girar hacia el cine y la tele­visión, algo que a muchos les sonó a traición en su momen­to. Sin embar­go, ese salto tiene todo el sen­ti­do del mun­do si pien­sas en cómo con­struía sus series: ya había una nar­ra­ti­va, una for­ma de mon­tar men­tal­mente las fotografías como si fuer­an planos en secuen­cia. A pesar de esa aparente reti­ra­da de la fotografía de pren­sa, su lega­do seguía cir­cu­lan­do en libros, exposi­ciones y colec­ciones, has­ta el pun­to de que el Museo Reina Sofía con­ser­va hoy un con­jun­to impor­tante de su tra­ba­jo, con varias piezas de la serie «Neu­tral Cor­ner».

Un ojo irónico entre procesiones y boxeadores

Si hay una pal­abra que se repite cuan­do se habla de Masats es ironía. No es una ironía cru­el, aunque a veces suene despi­ada­da, sino una mez­cla de lucidez y dis­tan­cia que le per­mite mostrar la esce­na sin maquil­lar­la, pero tam­bién sin morali­na explíci­ta. Esa ironía se ve en sus imá­genes de fies­tas reli­giosas y tradi­ciones, donde siem­pre hay algo que chirría: una mira­da per­di­da, un gesto cansa­do, un detalle fuera de sitio en medio del rit­u­al. La pro­ce­sión sale, las autori­dades posan muy serias, pero en una esquina del encuadre hay alguien bostezan­do, un niño dis­traí­do o una val­la mal colo­ca­da que rompe la solem­nidad.

Su serie sobre San Fer­mín, por ejem­p­lo, no se cen­tra en los tópi­cos del encier­ro hero­ico, sino en la resaca colec­ti­va, los corre­dores esti­ran­do en un patio inte­ri­or, los curiosos aso­ma­dos des­de bal­cones imposi­bles, y esa mez­cla de ale­gría y can­san­cio que que­da cuan­do baja la adren­a­li­na. Lo mis­mo ocurre en las imá­genes de pueb­los castel­lanos o manche­gos: no hay postal bucóli­ca, hay pol­vo, caras duras, ropa gas­ta­da y, de repente, una com­posi­ción tan pre­cisa que trans­for­ma toda esa crudeza en algo casi her­moso.

El doc­u­men­tal «El ojo iróni­co», emi­ti­do den­tro de la serie «Impre­scindibles» de RTVE, cuen­ta muy bien esa man­era de mirar. Le vemos hablar de sus fotos sin solem­nidad, con cier­ta sor­na, como si lo que hubiera hecho fuera sim­ple­mente estar ahí y dis­parar cuan­do toca­ba, aunque sabe­mos que detrás hay un instin­to bru­tal y un ofi­cio afi­la­do. El tono del doc­u­men­tal cuadra con su per­son­al­i­dad: nada de pom­pa, mucha anéc­do­ta, y sobre todo esa sen­sación de que su obra sigue sien­do incó­mo­da porque no enca­ja en una ver­sión com­plac­i­ente de la his­to­ria reciente de España.

El contraste como forma de contar

For­mal­mente, la fotografía de Masats no bus­ca florit­uras téc­ni­cas, sino efi­ca­cia visu­al. Tra­ba­ja con un blan­co y negro con­trasta­do y com­posi­ciones limpias, muchas veces apoy­adas en diag­o­nales, fon­dos muy sen­cil­los y fig­uras recor­tadas con fuerza. Eso hace que la ima­gen se lea muy rápi­do, que el golpe llegue casi de inmedi­a­to, como si fuera el títu­lo per­fec­to para una noti­cia que todavía no se ha escrito.

En fotos como «Neu­tral cor­ner. Ring» o sus esce­nas de box­eo en Madrid, la com­posi­ción es casi geométri­ca: cuer­das, esquinas, esquinas del cuadrilátero y cuer­pos que flotan den­tro del espa­cio encuadra­do. La vio­len­cia del com­bate se mez­cla con la cal­ma del espec­ta­dor abur­ri­do, el humo, los ros­tros ten­sos, y todo se orde­na en una especie de core­ografía de luces y som­bras. Algo pare­ci­do ocurre en sus imá­genes del Museo del Pra­do, donde la solem­nidad del arte con­vive con guardas, vis­i­tantes dis­traí­dos y esce­nas muy ter­re­nales que desmon­tan la idea de museo como tem­p­lo inac­ce­si­ble.

No hay arti­fi­cios de lab­o­ra­to­rio, vira­dos sofisti­ca­dos o tru­cos de moda. Lo que man­da es el encuadre, la dis­tan­cia exac­ta al suje­to y ese pun­to de vista lig­era­mente desplaza­do que hace que la esce­na parez­ca nor­mal y extraña al mis­mo tiem­po. Es como si el mun­do estu­viera mín­i­ma­mente desajus­ta­do y él se lim­i­tara a mostrar­lo tal cual, sin gri­tar, pero con una clar­i­dad incó­mo­da.

Neutral Corner y otras series clave

Entre sus series más recono­ci­das, «Neu­tral Cor­ner» ocu­pa un lugar cen­tral, tan­to a niv­el for­mal como sim­bóli­co. Retra­ta el mun­do del box­eo en España, con espe­cial aten­ción a esos momen­tos muer­tos entre asaltos, cam­bios de esquina, gestos cansa­dos y miradas hacia fuera del ring. Lo intere­sante es que Masats no se deja fasci­nar solo por el golpe, por la espec­tac­u­lar­i­dad del impacto, sino por la ten­sión que lo rodea, por la mecáni­ca casi buro­cráti­ca del com­bate.

El títu­lo, esa “esquina neu­tral” donde el box­eador debe esper­ar, parece describir muy bien su propia posi­ción como fotó­grafo: cer­ca del com­bate, pero no absorbido por ningu­na de las partes, obser­van­do des­de un lugar donde nadie se supone que ten­ga demasi­a­do pro­tag­o­nis­mo. El Reina Sofía con­ser­va varias imá­genes de esta serie en su colec­ción, lo que ayu­da a enten­der el peso que tiene den­tro de la his­to­ria de la fotografía españo­la.

Fuera del ring, están sus imá­genes de fies­tas, pueb­los y ciu­dades en trans­for­ma­ción, muchas de ellas pre­sentes en exposi­ciones como «Ramón Masats, el fotó­grafo silen­cioso», orga­ni­za­da por Foto Colecta­nia. Allí se revisan cer­ca de tres décadas de su pro­duc­ción, des­de sus primeros repor­ta­jes has­ta sus incur­siones pos­te­ri­ores, y se refuerza esa idea del “silen­cio” como for­ma de estar en el mun­do con la cámara al hom­bro.

Tam­bién habría que sumar su tra­ba­jo más direc­ta­mente lig­a­do a la cul­tura pop­u­lar y al cine, como sus fotografías del roda­je de «El Cid» con Charl­ton Hes­ton, donde de nue­vo le intere­sa tan­to la maquinar­ia del espec­tácu­lo como la estrel­la prin­ci­pal. Masats mira focos, extras, téc­ni­cos y todo lo que nor­mal­mente se que­da fuera del foco mediáti­co, pero que sostiene la ima­gen final que el públi­co ve.

Del fotolibro al cine y la televisión

Su obra cir­culó muy pron­to en for­ma de fotoli­bros, un for­ma­to que enca­ja­ba con esa vocación nar­ra­ti­va que ya esta­ba en sus series. Libros como los ded­i­ca­dos a fies­tas pop­u­lares o a cier­tas regiones españo­las fun­cio­nan hoy como doc­u­men­tos históri­cos y como ejer­ci­cios de edi­ción muy afi­na­dos, donde impor­ta tan­to la foto indi­vid­ual como la secuen­cia y el rit­mo de lec­tura.

Ese modo de pen­sar en secuen­cias expli­ca bas­tante bien su salto al cine y la tele­visión a medi­a­dos de los sesen­ta. Deja el repor­ta­je fotográ­fi­co en primer plano para diri­gir y realizar pro­gra­mas, doc­u­men­tales y piezas audio­vi­suales, tra­ba­jan­do, entre otros, para Tele­visión Españo­la. En ese ter­reno apli­ca la mis­ma mez­cla de obser­vación, ironía y gus­to por los momen­tos raros, aunque aho­ra con movimien­to y sonido. No es que aban­done la fotografía, sino que la desplaza, la con­vierte en parte de un lengua­je más amplio donde el mon­ta­je se vuelve cen­tral.

Para quienes ven­i­mos del mun­do fotográ­fi­co, puede pare­cer una pequeña traición ver a un autor así “irse” a la tele, pero en real­i­dad habla de algo muy con­tem­porá­neo: la necesi­dad de cam­biar de for­ma­to sin renun­ciar a una mira­da propia. Vien­do hoy el doc­u­men­tal «El ojo iróni­co», se entiende que su ver­dadera fidel­i­dad era a esa for­ma de obser­var más que a un soporte con­cre­to.

Cómo mirar hoy a Masats (y aprender algo en el intento)

Acer­carse hoy al tra­ba­jo de Masats des­de nues­tra dieta visu­al sat­u­ra­da de redes, fil­tros y scroll infini­to es casi como limpiar la pan­talla y volver a un sis­tema oper­a­ti­vo más aus­tero. Sus fotos piden tiem­po, reposo, y una lec­tura en la que el detalle pesa tan­to como la anéc­do­ta prin­ci­pal. No nece­si­tas saber cada nom­bre, cada lugar, cada con­tex­to políti­co para entrar en sus imá­genes, pero si te detienes un poco empiezan a apare­cer capas escon­di­das por todas partes.

Una bue­na for­ma de ver su tra­ba­jo es pen­sar en esce­nas, no en fotos sueltas. Imag­i­nar qué pasó un segun­do antes y un segun­do después de lo que está con­ge­la­do en el papel ayu­da a enten­der por qué ese momen­to y no otro. Tam­bién resul­ta útil fijarse en los már­genes del encuadre, donde colo­ca muchas veces las gri­etas: el per­son­aje que mira fuera de cam­po, la mano que entra a medias, la som­bra que no enca­ja del todo.

Si lo miras con ojos de fotó­grafo en acti­vo, hay varias lec­ciones intere­santes. La primera, la impor­tan­cia de encon­trar tu tono, tu “acti­tud” frente al mun­do, más allá de los pre­sets y esti­los pre­fab­ri­ca­dos. La segun­da, la pacien­cia para esper­ar el gesto pre­ciso en con­tex­tos aparente­mente banales, esos momen­tos en los que mucha gente guardaría la cámara porque “no pasa nada”. Y la ter­cera, la capaci­dad de com­bi­nar cer­canía y dis­tan­cia: estar den­tro de la esce­na, pero sin perder nun­ca una cier­ta fri­al­dad analíti­ca.

Ver a Masats con un visor digital en la mano

Es fácil que mires a Masats pen­san­do qué habría hecho hoy con una mir­ror­less silen­ciosa, un ISO limpio y ráfa­ga casi infini­ta. Prob­a­ble­mente habría segui­do tra­ba­jan­do cer­ca de la calle, de las ruti­nas, de esos espa­cios inter­me­dios donde la vida se escapa de los dis­cur­sos ofi­ciales. Lo intere­sante es que su fotografía no depende de un tipo de cámara conc­re­ta, sino de una dis­posi­ción men­tal: mirar con mala leche, pero tam­bién con una cier­ta ter­nu­ra por los per­son­ajes que retra­ta.

Si sales a fotografi­ar con Masats en mente por Sevil­la o por cualquier pueblo andaluz, la clave no estará tan­to en bus­car la copia lit­er­al de sus esce­nas como en detec­tar tus propias esquinas neu­trales. Esos lugares donde la gente espera, se aburre o se prepara para algo. Puede ser la para­da del bus, un ban­co de plaza, la cola del bar de espe­cial­i­dad de café o el back­stage impro­visa­do de una pro­ce­sión.

En lugar de obse­sion­arte con lo espec­tac­u­lar, su enfoque te empu­ja a quedarte un poco más, a mirar cómo se colo­can los cuer­pos, cómo se cruzan las miradas, dónde entra la luz. Y, sobre todo, a acep­tar que la ironía no se fuerza, se encuen­tra. Que el gesto extraño, el detalle que desmon­ta la esce­na, lle­ga cuan­do estás lo bas­tante pre­sente y lo bas­tante cómo­do como para no perseguir­lo a gri­tos.

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