Volver al lugar donde pasó el tiempo

Una fotografía antigua aparece en una caja famil­iar. Recono­ce­mos la plaza, aunque algo no enca­ja. Fal­ta un edi­fi­cio, sobra una roton­da y los árboles pare­cen recién plan­ta­dos. La esce­na no está muer­ta. Está esperan­do que alguien vuel­va con una cámara.

Ese regre­so tiene un nom­bre bas­tante seco: refo­tografía. Con­siste en localizar el pun­to des­de el que se tomó una ima­gen ante­ri­or y recon­stru­ir su encuadre. El pro­ced­imien­to parece sen­cil­lo has­ta que lleg­amos al lugar. Entonces des­cub­ri­mos que el fotó­grafo esta­ba más alto, más lejos o donde aho­ra aparca un auto­bús.

La rec­om­pen­sa supera el juego visu­al del antes y el después. Dos imá­genes bien rela­cionadas enseñan cómo una ciu­dad nego­cia con su memo­ria. Tam­bién rev­e­lan cam­bios ambi­en­tales, usos desa­pare­ci­dos y pequeñas con­tinuidades. Una barandil­la puede sobre­vivir a tres fachadas. Una mon­taña puede pare­cer inmóvil mien­tras el glaciar retro­cede.

El archivo también funciona como mapa

La refo­tografía nació vin­cu­la­da a la obser­vación cien­tí­fi­ca del ter­ri­to­rio. Sus antecedentes sis­temáti­cos alcan­zan el seguimien­to de glacia­res europeos durante la déca­da de 1880. Des­de entonces, inves­ti­gadores y fotó­grafos han uti­liza­do imá­genes repeti­das para estu­di­ar veg­etación, erosión, incen­dios, urban­ización y trans­for­ma­ciones cul­tur­ales.

El USGS mantiene varias colec­ciones con­stru­idas medi­ante este méto­do. En Glac­i­er Nation­al Park, sus equipos reunieron unas sesen­ta pare­jas fotográ­fi­cas. Las vis­tas históri­c­as fueron real­izadas entre 1887 y 1943. Las nuevas imá­genes, tomadas entre 1997 y 2019, bus­caron exac­ta­mente los mis­mos pun­tos.

La colec­ción del suroeste esta­dounidense amplía esa escala tem­po­ral durante más de un siglo. Allí con­viv­en cañones, rib­eras, pre­sas, cam­pa­men­tos y zonas alter­adas por usos humanos. La fotografía no susti­tuye otros datos cien­tí­fi­cos, pero ofrece una evi­den­cia visu­al direc­ta. A veces, un cam­bio ocu­pa media ima­gen y no nece­si­ta grá­fi­cos.

El Moun­tain Lega­cy Project tra­ba­ja con una ambi­ción todavía may­or. Su archi­vo reúne más de 120.000 fotografías históri­c­as de mon­tañas cana­di­ens­es. Muchas fueron real­izadas entre 1861 y 1958 por topó­grafos y explo­radores. El proyec­to ha pro­duci­do más de 8.000 pare­jas repeti­das para estu­di­ar cam­bios ecológi­cos y ter­ri­to­ri­ales.

Sin embar­go, no hace fal­ta una cordillera para que el méto­do fun­cione. Una calle cono­ci­da con­tiene sufi­cientes capas. Tam­bién sir­ven una estación, una fábri­ca cer­ra­da, una playa, una car­retera rur­al o el patio famil­iar. El tiem­po tra­ba­ja con pacien­cia y acep­ta encar­gos pequeños.

En Sala­man­ca, las fotografías de Venan­cio Gom­báu ofre­cen un pun­to de par­ti­da espe­cial­mente fér­til. La Fil­mote­ca de Castil­la y León con­ser­va fon­dos vin­cu­la­dos al fotó­grafo y ha difun­di­do su obra en pub­li­ca­ciones y exposi­ciones. Sus vis­tas per­miten recono­cer edi­fi­cios, calles, cel­e­bra­ciones y for­mas de ocu­par el espa­cio.

Con Asturias ocurre algo pare­ci­do cuan­do abri­mos un archi­vo munic­i­pal o famil­iar. Las fotografías de puer­tos, minas, pueb­los y bar­rios obreros incluyen pis­tas que siguen pre­sentes. Una ladera, una torre, el per­fil de una nave o una esquina pueden devolver­nos la ori­entación. El archi­vo deja de ser una vit­ri­na. Se con­vierte en una guía de cam­po.

Encontrar la cámara que ya no está

Antes de salir con­viene estu­di­ar la ima­gen sin roman­ti­cis­mo. Hay que localizar ele­men­tos esta­bles y sep­a­rar lo per­ma­nente de lo cir­cun­stan­cial. Las mon­tañas, cor­nisas, esquinas y alin­ea­ciones sue­len ayu­dar más que los coches. Un árbol puede engañarnos. Una faro­la tam­bién puede haber cam­bi­a­do tres veces.

El primer obje­ti­vo con­siste en encon­trar la posi­ción, no la focal. Esta dis­tin­ción evi­ta muchas vueltas inútiles. Si el primer plano y el fon­do no guardan la mis­ma relación, mover el zoom ape­nas dis­im­u­la el error. Hay que desplazarse hacia delante, atrás o lat­eral­mente has­ta cor­re­gir la par­ala­je.

Una focal equiv­o­ca­da tam­bién puede empu­jarnos hacia un pun­to fal­so. Los estu­dios téc­ni­cos sobre refo­tografía advierten que ese error altera la pro­por­ción entre obje­tos cer­canos y lejanos. Por eso con­viene comen­zar con una focal nor­mal o mod­er­ada­mente angu­lar. Después se ajus­ta el encuadre mien­tras se com­prue­ba la per­spec­ti­va.

Las líneas arqui­tec­tóni­cas son exce­lentes tes­ti­gos. Una cor­nisa que cor­ta otra facha­da señala la direc­ción cor­rec­ta. La con­ver­gen­cia ver­ti­cal ayu­da a esti­mar la incli­nación de la cámara. La altura puede deducirse obser­van­do dónde aparece el hor­i­zonte o cómo se sola­pan bal­cones, muros y teja­dos.

Lle­var la fotografía antigua en el telé­fono resul­ta prác­ti­co, aunque una copia impre­sa sigue sien­do sor­pren­den­te­mente efi­caz. Podemos dibu­jar sobre ella e indicar coin­ci­den­cias. Algu­nas apli­ca­ciones per­miten super­pon­er­la con trans­paren­cia sobre la cámara. Fun­cio­nan bien como ayu­da, pero no susti­tuyen la obser­vación. La pan­talla tam­bién sabe dis­traer.

El trípode apor­ta pre­cisión cuan­do el pun­to ya está local­iza­do. Per­mite vari­ar la altura con cal­ma y com­parar pequeñas desvia­ciones. Con­viene reg­is­trar la posi­ción GPS, la altura aprox­i­ma­da, la focal equiv­a­lente y la ori­entación. Una fotografía del mon­ta­je puede ahor­rar otra inves­ti­gación den­tro de cin­co años.

Mark Klett con­vir­tió estas deci­siones en parte cen­tral del Repho­to­graph­ic Sur­vey Project, ini­ci­a­do en 1977. Su equipo regresó a vis­tas del oeste esta­dounidense tomadas durante expe­di­ciones del siglo XIX. No bus­ca­ba sola­mente copi­ar el encuadre. Tam­bién intenta­ba com­pren­der las elec­ciones de aque­l­los fotó­grafos y sus efec­tos sobre la inter­pretación.

El proyec­to atendía a la posi­ción, la com­posi­ción, el mar­co, la estación y la hora. Esa pre­cisión no debe trans­for­marse en una cár­cel. Repe­tir la luz tiene sen­ti­do cuan­do las som­bras expli­can la arqui­tec­tura o el relieve. En otros casos, esper­ar once meses puede añadir rig­or y quitar espon­tanei­dad.

La estación impor­ta si la veg­etación ocul­ta edi­fi­cios o mod­i­fi­ca el paisaje. La hora resul­ta deci­si­va cuan­do una facha­da que­da com­ple­ta­mente a con­traluz. El cli­ma merece ano­tarse, sobre todo en proyec­tos ambi­en­tales. Pero una nube dis­tin­ta no inval­i­da la com­para­ción. El mun­do nun­ca fir­ma dos veces la mis­ma fotografía.

Mostrar dos tiempos sin hacer ruido

La edi­ción comien­za antes de abrir el pro­gra­ma. Hay que decidir qué quer­e­mos com­parar. Si el proyec­to estu­dia arqui­tec­tura, intere­san las líneas y los volúmenes. Si obser­va vida urbana, quizá importe man­ten­er per­sonas, trá­fi­co y señales. Una coin­ci­den­cia per­fec­ta puede ser menos rev­e­lado­ra que una difer­en­cia bien expli­ca­da.

El díp­ti­co con­tinúa sien­do la pre­sentación más clara. La ima­gen antigua aparece jun­to a la nue­va y el lec­tor con­tro­la la com­para­ción. El Repho­to­graph­ic Sur­vey Project uti­lizó habit­ual­mente esta fór­mu­la. Fun­ciona porque no obliga a ele­gir vence­do­ra. Ambas fotografías con­ser­van su tex­tu­ra, su época y sus lim­ita­ciones.

La super­posi­ción resul­ta útil para com­pro­bar el reg­istro. Con una opaci­dad mod­er­a­da apare­cen desplaza­mien­tos, demo­li­ciones y crec­imien­tos. Sin embar­go, puede con­fundir cuan­do las esce­nas con­tienen demasi­a­do detalle. Es mejor reser­var­la para cam­bios con­cre­tos. Un edi­fi­cio desa­pare­ci­do se entiende. Cin­cuen­ta escaparates mez­cla­dos pro­ducen papil­la visu­al.

Las tran­si­ciones deslizantes fun­cio­nan espe­cial­mente bien en pan­talla. El Moun­tain Lega­cy Project ofrece com­para­ciones alin­eadas medi­ante un con­trol móvil. El gesto per­mite recor­rer la trans­for­ma­ción sin ocul­tar com­ple­ta­mente ningu­na ima­gen. Tam­bién exige un reg­istro cuida­doso. Si las líneas saltan, el efec­to ter­mi­na hablan­do del mon­ta­je.

No con­viene cor­re­gir la fotografía antigua has­ta volver­la con­tem­poránea. Su con­traste, su gra­no y sus bor­des for­man parte del doc­u­men­to. Podemos limpiar daños que difi­cul­ten la lec­tura y ajus­tar nive­les con pru­den­cia. La nue­va ima­gen tam­poco nece­si­ta imi­tar un vira­do antiguo. La difer­en­cia mate­r­i­al cuen­ta otra parte del tiem­po.

Cami­lo José Ver­gara demues­tra cuán­to puede cre­cer esta metodología. Des­de la déca­da de 1970 ha regre­sa­do a bar­rios y edi­fi­cios de varias ciu­dades esta­dounidens­es. Su archi­vo, deposi­ta­do en la Library of Con­gress, supera las 18.000 fotografías. Las secuen­cias mues­tran dete­ri­oro, demoli­ción, reuti­lización, gen­tri­fi­cación y per­sis­ten­cias ines­per­adas.

Ese tra­ba­jo recuer­da que una pare­ja de imá­genes puede impre­sion­ar, pero una serie per­mite pen­sar. El segun­do regre­so con­fir­ma un cam­bio. El quin­to des­cubre un patrón. El déci­mo puede rev­e­lar que la aparente recu­peración solo desplazó un prob­le­ma. Fotografi­ar el tiem­po exige con­tinuidad, no úni­ca­mente pun­tería.

Diez regresos para construir un proyecto

Un proyec­to pro­pio puede comen­zar con diez fotografías antiguas. No hace fal­ta escoger las más boni­tas. Con­viene bus­car var­iedad y posi­bil­i­dades reales de acce­so. Una ima­gen famil­iar puede con­vivir con una postal, una vista munic­i­pal o una fotografía encon­tra­da en un mer­ca­do. El cri­te­rio común será el ter­ri­to­rio cer­cano.

Durante el primer mes local­izamos los lugares y real­izamos prue­bas. Algu­nas imá­genes caerán porque el pun­to ha desa­pare­ci­do o quedó den­tro de una vivien­da. Otras exi­girán per­misos. Esas difi­cul­tades tam­bién infor­man sobre la trans­for­ma­ción. Una calle públi­ca con­ver­ti­da en recin­to pri­va­do ya cuen­ta una his­to­ria antes de dis­parar.

Después podemos repar­tir los regre­sos durante un año. Las esta­ciones mod­i­fi­carán árboles, som­bras, ropa y activi­dad. No será nece­sario repe­tir cada lugar cua­tro veces. Bas­tará con dejar que el cal­en­dario inter­ven­ga cuan­do aporte sig­nifi­ca­do. Una playa en agos­to y enero puede con­tener dos ciu­dades dis­tin­tas.

Cada sal­i­da debería ter­mi­nar con una ficha breve. Fecha, hora, coor­de­nadas, focal, altura y obser­va­ciones serán sufi­cientes. Tam­bién con­viene ano­tar dudas sobre el lugar y cam­bios pre­vis­i­bles. Ese pequeño archi­vo pro­tege el proyec­to de nues­tra memo­ria. La memo­ria es exce­lente nar­rado­ra, pero pési­ma téc­ni­ca de lab­o­ra­to­rio.

Al finalizar, las diez pare­jas pueden pre­sen­tarse como díp­ti­cos, secuen­cias o tran­si­ciones. Un mapa sen­cil­lo ayu­dará a rela­cionarlas sin con­ver­tir el tra­ba­jo en inven­tario. Los pies de foto deben iden­ti­ficar lugar, fechas y autorías. Después pueden añadir una obser­vación conc­re­ta. Lo que fal­ta suele ser tan impor­tante como lo recién con­stru­i­do.

Volver al mis­mo lugar cam­bia nues­tra man­era de fotografi­ar­lo. Dejamos de perseguir sola­mente el instante y comen­zamos a recono­cer dura­ciones. La cámara se con­vierte en una her­ramien­ta de com­para­ción. El bar­rio empieza a mostrar cos­turas. Inclu­so una esquina abur­ri­da adquiere espe­sor cuan­do sabe­mos que allí hubo otra cosa.

Den­tro de un año, el proyec­to no estará ter­mi­na­do. Ten­drá una primera capa. Esa es su mejor noti­cia. Las fotografías antiguas nos prestan un pun­to de vista, pero esper­an que alguien con­tinúe la con­ver­sación. Regre­sar con­siste pre­cisa­mente en eso: colo­car el trípode, mirar dos veces y dejar una ima­gen para quien vuel­va después.

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