Rinko Kawauchi y la luz diminuta

Una corti­na se infla jun­to a una ven­tana. Unas bur­bu­jas se reú­nen en el desagüe. La luz toca una mano durante ape­nas un instante. En las fotografías de Rinko Kawauchi, estas esce­nas no fun­cio­nan como adornos del­i­ca­dos. Son acon­tec­imien­tos com­ple­tos, aunque sucedan lejos del estru­en­do.

Su obra recuer­da algo fácil de olvi­dar cuan­do lle­va­mos una cámara. La real­i­dad no nece­si­ta com­por­tarse de for­ma extra­or­di­nar­ia para pro­ducir una ima­gen inten­sa. A veces bas­ta una variación mín­i­ma, una coin­ci­den­cia cromáti­ca o un gesto que desa­pare­cerá antes de recibir nom­bre.

Esa aten­ción expli­ca parte de su atrac­ti­vo, pero no todo. Kawauchi no se limi­ta a colec­cionar instantes bel­los. Los orde­na has­ta con­ver­tir­los en relatos sobre el tiem­po, la frag­ili­dad, la famil­ia y los cic­los nat­u­rales. La fotografía indi­vid­ual impor­ta. El espa­cio entre dos fotografías impor­ta todavía más.

La atención antes que el espectáculo

Rinko Kawauchi nació en 1972 en la pre­fec­tura japone­sa de Shi­ga. Estudió fotografía y dis­eño grá­fi­co en el actu­al Seian Uni­ver­si­ty of Art and Design. Tras grad­uarse en 1993, tra­ba­jó en ámbitos com­er­ciales y pub­lic­i­tar­ios antes de con­cen­trarse en su obra per­son­al.

Ese apren­diza­je grá­fi­co resul­ta deci­si­vo para com­pren­der su trayec­to­ria. Su mira­da no ter­mi­na al pul­sar el dis­parador. Tam­bién pien­sa en tamaños, rit­mos, már­genes, repeti­ciones y pausas. La cámara recoge mate­ri­ales. La edi­ción establece las rela­ciones que per­mi­tirán leer­los.

Su reconocimien­to cre­ció con una decisión poco con­ven­cional. En 2001 pub­licó simultánea­mente «Utatane», «Han­abi» y «Hanako». Los tres libros pre­senta­ban reg­istros dis­tin­tos, aunque com­partían una sen­si­bil­i­dad basa­da en la obser­vación cer­cana. Un año después recibió el pre­mio Kimu­ra Ihei, uno de los prin­ci­pales reconocimien­tos fotográ­fi­cos japone­ses.

«Utatane» fijó muchos ras­gos aso­ci­a­dos des­de entonces con su tra­ba­jo. Apare­cen obje­tos domés­ti­cos, ani­males, cuer­pos, ali­men­tos, refle­jos y pequeñas alteraciones de la luz. El col­or suele man­ten­erse con­tenido, con blan­cos lumi­nosos, verdes suaves y tonos que pare­cen res­pi­rar. Sin embar­go, esa apari­en­cia nun­ca garan­ti­za tran­quil­i­dad.

En Kawauchi, lo her­moso puede rozar la inqui­etud. La vida aparece jun­to a la enfer­medad, el nacimien­to jun­to a la muerte y la cel­e­bración jun­to al des­gaste. Esa con­viven­cia evi­ta que sus imá­genes se con­vier­tan en una dec­o­ración vaporosa. La del­i­cadeza no elim­i­na el con­flic­to. Lo vuelve más silen­cioso.

La serie «AILA», pub­li­ca­da en 2004, pro­fun­dizó en esa ten­sión. Su títu­lo sig­nifi­ca famil­ia en tur­co. Las fotografías exam­i­nan nacimien­tos, ani­males, plan­tas y ras­tros cor­po­rales. El resul­ta­do enlaza vital­i­dad y desapari­ción sin ofre­cer una morale­ja sen­cil­la.

Tam­bién «Cui Cui» se ale­ja de cualquier sen­ti­men­tal­is­mo automáti­co. Kawauchi fotografió durante trece años la vida de su famil­ia. En el libro apare­cen reuniones, comi­das, una boda, la muerte del abue­lo y nuevos nacimien­tos. Nada que­da sep­a­ra­do del resto. La intim­i­dad se con­vierte en una for­ma de medir el tiem­po.

Esta aten­ción a lo cer­cano podría con­fundirse con una estéti­ca de la inocen­cia. Sería una lec­tura demasi­a­do cómo­da. Kawauchi obser­va con asom­bro, pero tam­bién con con­cien­cia de la pér­di­da. Sus destel­los son breves porque aque­l­lo que ilu­mi­nan está cam­bian­do. La belleza surge pre­cisa­mente de esa inesta­bil­i­dad.

El libro como segunda cámara

La aportación más fér­til de Kawauchi quizá no resi­da en su pale­ta. Está en la man­era de con­stru­ir secuen­cias. Una fotografía de espuma puede pre­ced­er a una nube. Una heri­da puede encon­trar eco en una fru­ta abier­ta. Dos imá­genes ale­jadas por su asun­to quedan unidas medi­ante for­ma, col­or o tem­per­atu­ra emo­cional.

Ese pro­ced­imien­to no expli­ca las fotografías. Las acti­va. La primera ima­gen deja un resid­uo que mod­i­fi­ca la sigu­iente. Después, la segun­da obliga a regre­sar men­tal­mente a la ante­ri­or. El lec­tor no recibe una nar­ración cer­ra­da. Par­tic­i­pa en un mon­ta­je hecho de aso­cia­ciones, inter­rup­ciones y recuer­dos.

La propia Kawauchi ha descrito la creación de fotoli­bros como una for­ma de ordenar sus pen­samien­tos. La secuen­cia le per­mite comu­nicar ideas medi­ante conex­iones intu­iti­vas. Tam­bién bus­ca rev­e­lar sím­bo­los y provo­car emo­ciones dis­tin­tas, sin reducir el con­jun­to a una úni­ca inter­pretación.

El dis­eño grá­fi­co rea­parece aquí como una dis­ci­plina invis­i­ble. Ele­gir una ima­gen no bas­ta. Hay que decidir cuán­do lle­ga, cuán­to espa­cio ocu­pa y qué sucede al pasar pági­na. Inclu­so una hoja vacía puede retrasar una rev­elación. El papel, la encuader­nación y el for­ma­to reg­u­lan la veloci­dad de lec­tura.

«Illu­mi­nance», pub­li­ca­do en 2011, resume bien este méto­do. El libro reunió imá­genes tomadas durante unos quince años, proce­dentes de encar­gos y tra­ba­jos per­son­ales. No inten­ta recon­stru­ir ese peri­o­do cronológi­ca­mente. Su unidad nace de res­o­nan­cias visuales y emo­cionales, no de fechas con­sec­u­ti­vas.

El títu­lo tam­bién evi­ta una inter­pretación demasi­a­do dulce. La ilu­mi­nación siem­pre impli­ca una zona que per­manece en som­bra. Kawauchi uti­liza res­p­lan­dores, refle­jos y altas luces, pero no fin­ge que todo sea vis­i­ble. Sus fotografías recono­cen los límites de la per­cep­ción. Cada apari­ción con­ser­va una parte inac­ce­si­ble.

La edi­ción con­mem­o­ra­ti­va de «Illu­mi­nance», pub­li­ca­da en 2021, reúne 130 imá­genes. El vol­u­men mantiene el orden con­ce­bido para la pub­li­cación orig­i­nal. Esa con­tinuidad con­fir­ma que la secuen­cia no era un envolto­rio pro­vi­sion­al. Forma­ba parte sus­tan­cial de la obra.

En «Halo», pub­li­ca­do en 2017, la relación entre motivos se vuelve más expan­si­va. Ban­dadas de aves, chis­pas, estrel­las y cer­e­mo­nias apare­cen como varia­ciones de un mis­mo impul­so. Las imá­genes fueron tomadas en Japón, Chi­na y Reino Unido. El mon­ta­je aprox­i­ma lugares dis­tin­tos medi­ante movimien­tos y den­si­dades seme­jantes.

Kawauchi ha expli­ca­do que comien­za a imag­i­nar el orden después de proce­sar las fotografías. Mez­cla motivos difer­entes para des­cubrir conex­iones que no resulta­ban evi­dentes al tomar­las. Ese méto­do con­vierte el archi­vo en un ter­ri­to­rio cre­ati­vo. Fotografi­ar abre posi­bil­i­dades. Edi­tar decide cuáles pueden con­ver­sar.

Sus proyec­tos pos­te­ri­ores ampli­aron la escala sin aban­donar esta lóg­i­ca. «Amet­suchi» obser­va las que­mas con­tro­ladas de los pas­ti­za­les de Aso y sus pro­ce­sos de regen­eración. «M/E» enlaza glacia­res, vol­canes, paisajes cer­canos y expe­ri­en­cias domés­ti­cas. Lo minús­cu­lo y lo plan­e­tario ocu­pan el mis­mo tiem­po.

El cam­bio de escala resul­ta impor­tante. Kawauchi no sostiene que una gota y un glaciar sean equiv­a­lentes. Pro­pone que ambos pueden pertenecer a una mis­ma red de trans­for­ma­ciones. La secuen­cia no bor­ra las difer­en­cias. Con­struye un cam­po donde esas difer­en­cias empiezan a pro­ducir sen­ti­do.

Aprender a editar lo cercano

La obra de Kawauchi ofrece una lec­ción prác­ti­ca para cualquier fotó­grafo. No con­siste en copi­ar sus tonos pas­tel, sobre­ex­pon­er las altas luces o bus­car insec­tos jun­to a una ven­tana. Una estéti­ca puede imi­tarse en min­u­tos. Una for­ma de aten­ción exige tiem­po.

El primer paso sería reducir el ter­ri­to­rio. Una casa, una calle o una ruti­na famil­iar con­tienen mate­r­i­al sufi­ciente. Durante varias sem­anas pueden fotografi­arse gestos repeti­dos, cam­bios de luz, restos de comi­da, plan­tas, cuer­pos, obje­tos desplaza­dos y señales del cli­ma. La con­tinuidad impor­ta más que la var­iedad inmedi­a­ta.

Con­viene tra­ba­jar sin impon­er un tema demasi­a­do rígi­do. La cámara puede reg­is­trar aque­l­lo que provo­ca una reac­ción, aunque todavía no sep­a­mos expli­car­la. Esa lib­er­tad no sig­nifi­ca dis­parar sin cri­te­rio. Sig­nifi­ca acep­tar que algu­nas rela­ciones solo apare­cerán después, cuan­do exista una can­ti­dad sufi­ciente de imá­genes.

La edi­ción debería comen­zar fuera de la pan­talla. Imprim­ir copias pequeñas mod­i­fi­ca la relación con el archi­vo. Las fotografías pueden moverse, sep­a­rarse y for­mar pare­jas pro­vi­sion­ales. Una ima­gen téc­ni­ca­mente per­fec­ta puede resul­tar muda. Otra, menos evi­dente, quizá encuen­tre su lugar al lado de una for­ma seme­jante.

Las aso­cia­ciones no tienen que depen­der del asun­to. Un cír­cu­lo puede respon­der a otro cír­cu­lo. Un rojo débil puede rea­pare­cer varias pági­nas después. Un gesto puede con­tin­uar en el movimien­to de una rama. Tam­bién fun­cio­nan los con­trastes. El silen­cio de una habitación cam­bia después de una ima­gen rui­dosa.

Hay que vig­i­lar una tentación fre­cuente. Una serie domés­ti­ca no mejo­ra por acu­mu­lar fotografías agrad­ables. Nece­si­ta fric­ción, acci­dentes y cam­bios de tem­per­atu­ra. Si todas las imá­genes son­ríen del mis­mo modo, la lec­tura se aplana. La vida cotid­i­ana tam­poco mantiene un úni­co tono.

El rit­mo nace de alternar prox­im­i­dad y dis­tan­cia. Un detalle inten­so puede nece­si­tar después una esce­na abier­ta. Varias imá­genes den­sas pueden pedir una pausa. La repeti­ción sirve cuan­do intro­duce una difer­en­cia. Una taza fotografi­a­da cada mañana solo intere­sa si per­mite percibir qué ha cam­bi­a­do alrede­dor.

Tam­bién con­viene dejar pre­gun­tas sin respon­der. La secuen­cia no debe fun­cionar como un pie de foto exten­di­do. Su poten­cia aparece cuan­do sug­iere conex­iones sin clausurar­las. El lec­tor nece­si­ta espa­cio para recor­dar expe­ri­en­cias propias. Allí comien­za la intim­i­dad ver­dadera del fotoli­bro.

Kawauchi demues­tra que la cámara puede aten­der sin invadir. Su posi­ción físi­ca, favore­ci­da durante años por la Rollei­flex de visor supe­ri­or, con­tribuye a esa relación menos frontal. Sin embar­go, el apara­to no expli­ca la obra. Lo deci­si­vo es una disponi­bil­i­dad con­stante ante lo que parece secun­dario.

Mirar así mod­i­fi­ca inclu­so los días sin fotografías. Una som­bra sobre la mesa deja de ser un fon­do. El vapor de una olla adquiere duración. La famil­ia ya no aparece úni­ca­mente durante cel­e­bra­ciones. Tam­bién existe en sus pausas, repeti­ciones, ausen­cias y obje­tos com­par­tidos.

La vida cotid­i­ana tiene pocos fue­gos arti­fi­ciales, sal­vo cuan­do lle­gan los fue­gos arti­fi­ciales. Kawauchi los fotografió, pero tam­poco se dejó engañar por el estru­en­do. En «Han­abi», la explosión ter­mi­na con­ver­ti­da en luz, humo y tiem­po. El espec­tácu­lo vuelve a ser una mate­ria frágil.

Quizá ahí resi­da la pre­cisión de su tra­ba­jo. No embel­lece lo ordi­nario para volver­lo excep­cional. Des­cubre que lo ordi­nario ya con­tiene nacimien­to, des­gaste, deseo, miedo y desapari­ción. Después orga­ni­za esas señales con pacien­cia, como quien acer­ca dos con­chas y escucha una ter­cera cosa.

Sus libros no piden salir cor­rien­do hacia lugares remo­tos. Piden mirar mejor aque­l­lo que ya esta­ba cer­ca. La rec­om­pen­sa no es encon­trar una obra maes­tra cada mañana. Es con­stru­ir una sen­si­bil­i­dad capaz de recono­cer cuán­do una ima­gen dimin­u­ta comien­za a ilu­mi­nar a las demás.

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