Nederlands Fotomuseum, seis millones de fotos en un edificio centenario

Entrar en el Ned­er­lands Foto­mu­se­um pro­duce una sen­sación rara. Se te encoge algo por den­tro. El almacén San­tos, en el bar­rio por­tu­ario de Katen­drecht, lle­va des­de 1901 acu­mu­lan­do capas de his­to­ria. Primero fueron sacos de café lle­ga­dos des­de Brasil. Luego, décadas de aban­dono. Aho­ra, mil­lones de fotografías. El edi­fi­cio abrió sus puer­tas como museo el 7 de febrero de 2026. Rot­ter­dam tiene des­de entonces un nue­vo cen­tro de gravedad visu­al.

Lle­gar has­ta aquí no fue fácil ni rápi­do. El museo nació en 1989 con el nom­bre de Ned­er­lands Foto Archief. Era un modesto archi­vo guber­na­men­tal que crecía en silen­cio. En 2003 todo cam­bió gra­cias a Hein Wertheimer, abo­ga­do y fotó­grafo afi­ciona­do. Al morir dejó un lega­do de 11,2 mil­lones de euros para crear un museo de fotografía. Ese dinero, com­bi­na­do con apoyo insti­tu­cional, con­vir­tió el archi­vo en el Ned­er­lands Foto­mu­se­um. Durante años ocupó el edi­fi­cio Las Pal­mas, antiguo taller de la Hol­land-Amer­i­ca Line en la Wil­helmi­nakade. Buen sitio, pero com­par­tido y sin espa­cio sufi­ciente para una colec­ción en expan­sión con­tin­ua.

La mudan­za al almacén San­tos tiene su pro­pio guion, casi nov­e­l­e­sco. En 2023 la empre­sa ale­m­ana Stil­w­erk aban­donó sus planes de con­ver­tir el edi­fi­cio en unos grandes almacenes. Jus­to entonces apare­ció la Fun­dación Droom en Daad, bra­zo filantrópi­co de la famil­ia Van der Vorm. Donó 38 mil­lones de euros para que el museo com­prara el inmue­ble. Se dice que fue la may­or donación jamás hecha a un museo neer­landés. Todo enca­jó de golpe, como cuan­do un neg­a­ti­vo rev­ela la ima­gen que esper­abas.

Del café brasileño al daguerrotipo holandés

El Pakhuis San­tos fue dis­eña­do por J.J. Kan­ters y Stok Wzn entre 1901 y 1902. Alma­cenó café proce­dente del puer­to brasileño que le da nom­bre durante décadas. Su estruc­tura de ladrillo, vigas de madera y colum­nas de acero rojo es arqui­tec­tura por­tu­ar­ia pura. En el año 2000 obtu­vo la condi­ción de mon­u­men­to nacional. Eso lo pro­te­gió del der­ri­bo, pero com­plicó cualquier inter­ven­ción futu­ra.

La trans­for­ma­ción cor­rió a car­go de dos estu­dios de arqui­tec­tura. Ren­ner Hainke Wirth Zirn Architek­ten, de Ham­bur­go, y WDJAr­chi­tecten, de Rot­ter­dam. Optaron por una inser­ción respetu­osa: nuevos ele­men­tos con­viv­en con la fábri­ca orig­i­nal sin tocar­la ape­nas. El gesto más lla­ma­ti­vo es la coro­na dora­da que rema­ta el edi­fi­cio. Dos plan­tas aña­di­das envueltas en alu­minio per­fora­do que bril­la suave­mente al atarde­cer. Por den­tro, un gran atrio cen­tral atraviesa las seis plan­tas históri­c­as. Trae luz nat­ur­al has­ta los nive­les infe­ri­ores. Las vigas de madera orig­i­nales quedan a la vista. Los cortes en los for­ja­dos mar­can el recor­ri­do del vis­i­tante.

Nueve plan­tas que res­pi­ran fotografía por cada gri­eta del ladrillo. Exposi­ciones, depósi­tos abier­tos, talleres de restau­ración vis­i­bles tras cristal. Una bib­liote­ca con la may­or colec­ción de libros de fotografía de Europa. Un cuar­to oscuro total­mente equipa­do. Has­ta un restau­rante en la azotea con vis­tas al sky­line de Rot­ter­dam. La plan­ta baja, con café, tien­da y sala de estar fotográ­fi­ca, es de acce­so libre. A nadie se le pide entra­da para cruzar el umbral. El museo quiere ser parte de la calle, no una for­t­aleza con taquil­la.

Seis millones y medio de razones para mirar

La colec­ción supera los 6,5 mil­lones de obje­tos fotográ­fi­cos. Eso la sitúa entre las may­ores del mun­do. Se esti­ma que alcan­zará los 7,5 mil­lones en 2028. Pero el número impor­ta menos que lo que con­tiene. Aquí se guardan más de 175 archivos com­ple­tos de fotó­grafos neer­lan­deses. Son fon­dos ínte­gros con neg­a­tivos, hojas de con­tac­to y cuader­nos de tra­ba­jo. Tam­bién maque­tas de libros y ano­ta­ciones per­son­ales. No es solo la foto final col­ga­da en la pared. Es el pro­ce­so entero.

Entre esos archivos desta­ca el de Ed van der Elsken, quizá el fotó­grafo neer­landés más influyente del siglo XX. Su fon­do, adquiri­do jun­to al Rijksmu­se­um en 2019, com­prende unas 10.000 piezas. Fotografió la bohemia parisi­na de los cin­cuen­ta, las calles de Áms­ter­dam y Tokio. Doc­u­men­tó su propia muerte con una cámara de vídeo. Sus hojas de con­tac­to, llenas de gara­batos y mar­cas de col­or, resul­tan casi tan expre­si­vas como las copias finales. Tam­bién están los fon­dos de Cas Oorthuys, cro­nista de la recon­struc­ción holan­desa de pos­guer­ra. Y los de Ata Kandó, con retratos y paisajes que mez­clan emo­ción y geometría.

Hay piezas que van mucho más allá del siglo XX. La más antigua es un daguer­rotipo de 1842. Ape­nas tres años después de que Daguerre pre­sen­tara su inven­to en París. En el otro extremo apare­cen tra­ba­jos de Viviane Sassen, Gil­leam Trapen­berg o Jaya Pelu­pessy. Explo­ran ter­ri­to­rios donde la fotografía se cruza con la escul­tura y la insta­lación. La colec­ción tam­bién incluye fotografía colo­nial de gran val­or. Kass­ian Céphas retrató la corte del sultán de Yogyakar­ta a finales del XIX. Augus­ta Curiel dirigió un estu­dio en Para­mari­bo en las primeras décadas del XX.

El museo se toma la con­ser­vación muy en serio. El Open Depot alma­ce­na la colec­ción en condi­ciones climáti­cas con­tro­ladas y a la vista del públi­co. Pare­des de cristal per­miten obser­var cómo los espe­cial­is­tas cat­a­lo­gan y restau­ran las piezas. Es un gesto bril­lante. Con­ver­tir el tra­ba­jo invis­i­ble del archi­vo en parte de la expe­ri­en­cia del vis­i­tante. Rod­er­ick van der Lee, direc­tor interi­no, explicó que en la antigua sede los depósi­tos esta­ban ocul­tos. Aquí el dis­eño se pen­só para hac­er vis­i­ble lo que nor­mal­mente que­da detrás de puer­tas cer­radas.

La Galería de Honor y el marco vacío

Uno de los espa­cios más sug­er­entes del museo es la Galería de Hon­or de la Fotografía Neer­lan­desa. Se inau­guró en junio de 2021 y es una prim­i­cia mundi­al. Ningún país había crea­do antes un canon visu­al per­ma­nente ded­i­ca­do a la fotografía. La selec­ción reúne 99 imá­genes icóni­cas en seis temas y seis peri­o­dos. Des­de 1842 has­ta la actu­al­i­dad. Nom­bres como Anton Cor­bi­jn, Erwin Olaf, Ed van der Elsken, Ata Kandó y Viviane Sassen. Las imá­genes fueron elegi­das por un comité de fotó­grafos y exper­tos.

Pero el detalle más inteligente es el cen­tési­mo mar­co. Está vacío. Rep­re­sen­ta la ima­gen que no se eligió, que se desconoce o que aún no se val­o­ra. Los vis­i­tantes pueden pro­pon­er su propia fotografía para com­ple­tar la selec­ción. Un guiño par­tic­i­pa­ti­vo que trans­for­ma el canon en algo vivo, dis­cutible, abier­to. En un medio tan democráti­co como la fotografía, tiene todo el sen­ti­do del mun­do. Uno entra esperan­do ver imá­genes históri­c­as y sale pen­san­do en qué foto fal­ta. Pocas exposi­ciones per­ma­nentes con­siguen eso.

Un museo que se mueve como la ciudad que lo acoge

La inau­gu­ración en el Pakhuis San­tos llegó con dos exposi­ciones tem­po­rales potentes. «Rot­ter­dam in Focus: The City in Pho­tographs 1843–Now» reúne más de 300 fotografías. Recor­ren la ima­gen de la ciu­dad des­de la foto más antigua cono­ci­da de Rot­ter­dam has­ta tomas actuales con drones. La mues­tra, comis­ari­a­da por Frits Gier­st­berg y Joop de Jong, no sigue un orden cronológi­co. Pre­fiere una lóg­i­ca aso­cia­ti­va que imi­ta cómo la ciu­dad se super­pone a sí mis­ma. Estará abier­ta has­ta mayo de 2026.

La segun­da exposi­ción explo­ra temas como la ecología, el colo­nial­is­mo y el cuer­po como archi­vo vivo. Su dis­eño corre a car­go de Mai­son the Faux, colec­ti­vo inter­dis­ci­pli­nar neer­landés. Tra­ba­jan en la fron­tera entre moda, per­for­mance e insta­lación. Un ejem­p­lo claro de que el museo no se con­for­ma con exhibir imá­genes bel­las. Quiere provo­car con­ver­sa­ciones y ten­sar los límites del medio fotográ­fi­co.

Todo enca­ja en un plan más amplio. La Fun­dación Droom en Daad no invir­tió solo en el Foto­mu­se­um. For­ma parte de una estrate­gia para trans­for­mar Rot­ter­dam en polo cul­tur­al europeo. En mayo de 2025 abrió el Fenix Muse­um, ded­i­ca­do al arte y la migración. Hay planes para una casa de la dan­za y nuevos espa­cios musi­cales. Katen­drecht, el bar­rio donde se alza San­tos, lle­va años en regen­eración. El museo no cae ahí por casu­al­i­dad. Lle­ga cuan­do el bar­rio nece­si­ta un ancla cul­tur­al.

Cada tres meses rotan las obras más frágiles. La bib­liote­ca ocu­pa una plan­ta entera y es de libre acce­so. Hay un cuar­to oscuro oper­a­ti­vo bau­ti­za­do Hein Wertheimer, abier­to a pro­fe­sion­ales y afi­ciona­dos. En la plan­ta sép­ti­ma, dieciséis aparta­men­tos de cor­ta estancia alo­jan a artis­tas res­i­dentes o inves­ti­gadores. El museo no es un lugar al que se va y del que se vuelve. Es un espa­cio para quedarse un rato largo. O para volver a menudo.

Salir y cam­i­nar por el muelle del Rijn­haven pro­duce un efec­to extraño. Miras puentes, grúas, agua gris y edi­fi­cios nuevos con ojos dis­tin­tos. Como si las fotografías recal­i­braran algo por den­tro. Rot­ter­dam siem­pre fue una ciu­dad que se rein­ven­ta. Aho­ra tiene un museo que hace lo mis­mo con la man­era de mirar.

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