Trucos muy poco serios para fotografiar nubes

Fotografi­ar nubes es la mejor excusa para salir con la cámara inclu­so cuan­do no tienes ni idea de qué fotografi­ar. Al final el cielo siem­pre está hacien­do algo raro, aunque des­de la ven­tana parez­ca un plano blan­co depri­mente. Y lo diver­tido es que, cuan­to más miras hacia arri­ba, más te cam­bia la for­ma de mirar todo lo demás.

La primera vez que me tomé en serio las nubes volví a casa con una tar­je­ta llena de cie­los que­ma­dos, hor­i­zontes tor­ci­dos y tex­turas ausentes. El típi­co dra­ma. El fotómetro se volvía loco con tan­to con­traste, el his­togra­ma parecía un elec­tro­car­dio­gra­ma y yo insistía en dis­parar en automáti­co porque total, “qué difí­cil va a ser fotografi­ar nubes”. Muy difí­cil, resul­ta.

La gra­cia de las nubes está jus­to en ese dese­qui­lib­rio entre luces muy fuertes y som­bras pro­fun­das, sobre todo cuan­do el sol se aso­ma entre capas y crea con­traluces de nov­ela. Si la cámara decide por ti, suele ele­gir una solu­ción gris y triste, ni blan­co ni negro, que mata cualquier dra­ma del cielo. El primer paso para tomárse­las en serio es asumir que hay que tra­ba­jar en man­u­al o, como mín­i­mo, con pri­or­i­dad a la aper­tu­ra y com­pen­sación de exposi­ción a mano.

Cuan­do el cielo man­da y el sue­lo solo acom­paña, mido direc­ta­mente sobre las nubes más lumi­nosas y subex­pon­go entre un paso y un paso y medio. Es la for­ma más ráp­i­da de con­ser­var detalle en las altas luces y evi­tar ese blan­co sin tex­tu­ra que parece un folio col­ga­do enci­ma del paisaje. Si el primer plano me que­da un poco oscuro, ya me pre­ocu­paré en el rev­e­la­do, pero si que­mo las nubes, lo úni­co que se puede recu­per­ar después es frus­tración.

Componer con nubes, no solo con tierra

Hay días de tor­men­ta débil en los que las nubes cam­bian tan rápi­do que pasar de medición matri­cial a pun­tu­al mar­ca una difer­en­cia tremen­da. Medir sobre una zona de gris medio en el cielo, una nube que no sea ni la más bril­lante ni la más oscu­ra, ayu­da a clavar una base des­de la que ajus­tar con la rue­da de com­pen­sación. Es un baile con­tin­uo entre dos ideas: pro­te­ger el cielo y no matar del todo el resto de la esce­na.

En com­posi­ción, las nubes te oblig­an a decidir quién man­da en la foto, y con­viene tomar par­tido muy pron­to. Si las nubes son las pro­tag­o­nistas, bajo el hor­i­zonte sin pudor, a veces has­ta el primer quin­to infe­ri­or del encuadre, para que el cielo ocupe casi todo el peso visu­al. En esos casos el paisaje se con­vierte en una excusa, una pequeña línea de tier­ra que sirve solo para dar escala y un pun­to de ancla­je a tan­to caos atmos­féri­co.

Cuan­do las nubes son más anod­i­nas pero el paisaje fun­ciona, hago jus­to lo con­trario, subo el hor­i­zonte y uso las nubes solo como tex­tu­ra de fon­do. Entonces entran en juego las diag­o­nales que cre­an los ban­cos de nubes, las líneas que siguen el vien­to y que se pueden usar para diri­gir la mira­da hacia un edi­fi­cio, un árbol soli­tario o una mon­taña. Un gran angu­lar ayu­da a exager­ar estas líneas y a colo­car al espec­ta­dor casi deba­jo del cielo, como si estu­viera a pun­to de tragárse­lo.

Tam­bién merece la pena mirar el cielo con un teleob­je­ti­vo, algo que a menudo se olvi­da. Com­prim­ir capas de nubes con una focal larga, sobre todo en días de tor­men­ta, hace que las for­mas parez­can mon­tañas gaseosas, casi abstrac­tas, que fun­cio­nan muy bien en blan­co y negro. Incluir un ele­men­to recono­ci­ble, como un edi­fi­cio o una ante­na ridícu­la, rema­ta la escala y minia­tur­iza al resto del mun­do.

La tex­tu­ra es el ver­dadero tesoro cuan­do el cielo está nubla­do pero no dramáti­co, ese típi­co día gris que invi­ta a quedarse en casa. A menudo hay varia­ciones sutiles, nubes altas mez­cladas con estratos y pequeños hue­cos de luz que se rev­e­lan si subes un poco el con­traste y tra­ba­jas con cur­vas en edi­ción. Un polar­izador puede ayu­dar a mar­car difer­en­cias entre zonas del cielo, aunque hay que ten­er cuida­do con los grandes angu­lares para no crear un cielo con ban­das oscuras raras.

Nubes en movimiento y filtros ND

La fies­ta empieza de ver­dad cuan­do entran en juego las largas exposi­ciones y los fil­tros de den­si­dad neu­tra. Las nubes dejan de ser for­mas estáti­cas para con­ver­tirse en pince­ladas, en tra­zos que dibu­jan el movimien­to del vien­to sobre el sen­sor. Para con­seguir­lo, la rec­eta es sim­ple en teoría: trípode, dis­parador remo­to o tem­po­rizador, ISO bajo, diafrag­ma mod­er­ada­mente cer­ra­do y un fil­tro ND que te per­mi­ta alargar la exposi­ción has­ta var­ios segun­dos o inclu­so min­u­tos.

En pleno día, sin fil­tro no vas a ningu­na parte, sal­vo a con­seguir un cielo que­ma­do y un archi­vo direc­to a la papel­era. Para lograr exposi­ciones de diez, veinte o trein­ta segun­dos con luz abun­dante, un ND de seis a diez pasos suele ser lo que hace fal­ta. Un ND1000, esos famosos diez pasos, per­mite trans­for­mar nubes ráp­i­das en velos suaves, sobre todo cuan­do sopla bien el vien­to y las capas se mueven a dis­tin­ta veloci­dad.

Lo intere­sante de las nubes en movimien­to es que no todas via­jan igual, ni en la mis­ma direc­ción ni a la mis­ma veloci­dad, y ahí está la gra­cia. Si apun­tas hacia donde se dirige el vien­to, las nubes pare­cen con­verg­er hacia un pun­to de fuga, cre­an­do una sen­sación de túnel que lle­va la mira­da al cen­tro del encuadre. Si dis­paras con el vien­to lat­er­al, los tra­zos se vuel­ven líneas que cruzan la esce­na y pueden reforzar diag­o­nales o inclu­so con­trade­cir­las a propósi­to.

Plan­i­ficar un poco tam­poco está de más, aunque a veces el mejor plan es salir y acep­tar el caos atmos­féri­co que toque. Obser­var el vien­to antes de mon­tar el trípode da pis­tas: si las nubes ape­nas se mueven, nece­si­tas exposi­ciones más largas para gener­ar tra­zo vis­i­ble; si vue­lan, con cin­co o diez segun­dos ya puedes obten­er resul­ta­dos muy mar­ca­dos. Ajus­tar la aper­tu­ra per­mite equi­li­brar esa relación entre tiem­po y pro­fun­di­dad de cam­po, espe­cial­mente si hay ele­men­tos en primer plano.

Por la noche las nubes se con­vierten en ali­adas ines­per­adas en vez de estor­bo. Con exposi­ción larga y algo de con­t­a­m­i­nación lumíni­ca, las nubes reco­gen la luz de la ciu­dad y dibu­jan ban­das cál­i­das sobre el cielo oscuro, casi como si alguien estu­viera pin­tan­do con lin­ter­nas gigantes sobre la atmós­fera. Con tiem­pos de var­ios segun­dos o min­u­tos, las nubes for­man flu­jos suaves que con­trastan con edi­fi­cios, rocas o árboles per­fec­ta­mente definidos.

Editar sin matar el cielo

En esas noches, man­ten­er el ISO bajo ayu­da a evi­tar el rui­do que devo­ra los gra­di­entes suaves del cielo. Un trípode sóli­do, un dis­parador, y ajus­tar el bal­ance de blan­cos para con­tro­lar los tonos anaran­ja­dos son pasos bási­cos para que la esce­na no parez­ca un apoc­alip­sis de sodio. Tam­bién con­viene vig­i­lar las zonas muy ilu­mi­nadas que pueden que­marse antes de que las nubes ter­mi­nen de describir su movimien­to.

La edi­ción es el lugar donde muchos cie­los se estrel­lan, nun­ca mejor dicho. Subir clar­i­dad y tex­tu­ra como si no hubiera un mañana puede destrozar la suavi­dad de las nubes y dejar un aspec­to arti­fi­cial, con con­tornos raros y halos. Tra­ba­jar por zonas con más­caras, reducien­do exposi­ción en las partes altas del cielo y lev­an­tan­do un poco las som­bras del paisaje, suele dar resul­ta­dos más creíbles y con­tro­la­dos.

Las her­ramien­tas de ajuste local, ya sea en Cam­era Raw, Light­room o sim­i­lares, per­miten enfa­ti­zar una nube conc­re­ta para con­ver­tir­la en pro­tag­o­nista, mien­tras el resto del cielo que­da en segun­do plano. Se puede jugar con cur­vas especí­fi­cas, subi­en­do lig­era­mente las altas luces de una zona conc­re­ta y bajan­do los negros solo alrede­dor, para dar vol­u­men sin recur­rir a fil­tros agre­sivos. Si el cielo tiene demasi­a­da infor­ma­ción en col­or, pasar a blan­co y negro pone el foco sobre las for­mas y el con­traste.

Tam­bién exis­ten téc­ni­cas más rad­i­cales, como reem­plazar el cielo en edi­ción cuan­do el orig­i­nal no apor­ta nada, pero ese ya es otro debate éti­co y estéti­co. Lo que sí tiene sen­ti­do es con­stru­ir una pequeña bib­liote­ca propia de cie­los, fotografi­a­dos inclu­so sin paisaje, para com­bi­na­r­los después en proyec­tos más exper­i­men­tales o com­posi­ciones expre­sa­mente irreales. Todos esos archivos de nubes sueltas, tex­turas raras y tor­men­tas a medias aca­ban sien­do un fon­do de armario muy útil.

Al final, fotografi­ar nubes es menos una cuestión de equipo y más de aten­ción. Es apren­der a leer el cielo como quien lee un mapa, enten­der lo que viene en los próx­i­mos min­u­tos y colo­carse donde la luz va a hac­er algo intere­sante. Es acep­tar que muchas veces la mejor foto de nubes ocurre cuan­do guardas la cámara, y decidir guardar­la un poco más tarde.

Cuan­do empiezas a colec­cionar cie­los, des­cubres que ya no hablas del tiem­po como todo el mun­do. De repente un día “hor­ri­ble” para cualquiera se con­vierte en una fies­ta de con­trastes, o una tarde plana se sal­va por una úni­ca nube que pasa jus­to donde debe. Y ahí estás, con el trípode clava­do en un pra­do o en una acera, nego­cian­do con la atmós­fera como si los cúmu­los fuer­an actores que cobran por min­u­to.

Lo mejor es que no hace fal­ta via­jar lejos para jugar con las nubes. Un paseo por la ciu­dad, el puer­to o una car­retera secun­daria cualquiera sirve de esce­nario, siem­pre que estés dis­puesto a mirar más al cielo que al móvil. Las nubes, al fin y al cabo, son la excusa per­fec­ta para seguir salien­do con la cámara cuan­do ya no se te ocur­ren más temas, y eso ya es mucho decir.

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